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22 Nov 2008
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Goles son Amores
Antonio Pérez Collado. El ansiado triunfo de la sección española de fútbol en la reciente Eurocopa no podía llegar en mejor momento. Ha sido como un bálsamo que calma todas las dolencias de la sociedad española. De haberse repetido la trayectoria habitual, la que consistía en regresar a casa sin pasar de los cuartos de final, el país podría haber sufrido otra decepción por culpa de sus costosos ídolos, viéndose expuesto al trance de despertar cualquiera de estos calurosos días con la sensación de que todo va mal: en el fútbol
de selecciones no levantábamos un trofeo desde 1964, Fernando Alonso no gana una carrera, el paro se acerca peligrosamente al 11%, los precios suben dos o tres veces más que los salarios, las hipotecas cada mes son más difíciles de pagar, la UE amenaza con la jornada de las 65 horas semanales y con encerrar durante 18 meses a todo aquel trabajador inmigrante (pobre y de piel oscura, principalmente) que se encuentre en este paraíso sin los papeles en regla. Goles son Amores
Antonio Pérez Collado. El ansiado triunfo de la sección española de fútbol en la reciente Eurocopa no podía llegar en mejor momento. Ha sido como un bálsamo que calma todas las dolencias de la sociedad española. De haberse repetido la trayectoria habitual, la que consistía en regresar a casa sin pasar de los cuartos de final, el país podría haber sufrido otra decepción por culpa de sus costosos ídolos, viéndose expuesto al trance de despertar cualquiera de estos calurosos días con la sensación de que todo va mal: en el fútbol
de selecciones no levantábamos un trofeo desde 1964, Fernando Alonso no gana una carrera, el paro se acerca peligrosamente al 11%, los precios suben dos o tres veces más que los salarios, las hipotecas cada mes son más difíciles de pagar, la UE amenaza con la jornada de las 65 horas semanales y con encerrar durante 18 meses a todo aquel trabajador inmigrante (pobre y de piel oscura, principalmente) que se encuentre en este paraíso sin los papeles en regla.


Pero el fútbol lo puede todo y a todos hace soñar. Ya lo sabían los dirigentes del impero romano, que no habían inventado todavía el noble juego del balompié, pero que tenían el circo y el pan suficiente como para que el pueblo no se preocupara de la cosa pública ni se diera cuenta de su propia miseria. Dos mil años después la cosa parece que no ha cambiado mucho, aunque ahora sería un despilfarro que los leones se comieran a tan valiosos gladiadores como se han convertido nuestros admirados héroes del balón. Las arcas de los modernos estados no podrían hacer frente a tan alto costo; igual que les pasó a los últimos emperadores en la decadente Roma, que hubieron de suspender el circo, no porque fuera un espectáculo cruel, sino porque se había convertido en una sangría para las finanzas imperiales.

Encima, la épica victoria española llega en el segundo mandato de Rodríguez Zapatero, cuando hasta los niños que coleccionan cromos de Torres, Casillas y hasta de Raúl saben que ni Aznar, ni Suárez ni nadie desde el infausto Caudillo había podido contar con una España en lo más alto del olimpo futbolístico continental. El esperado triunfo llega cuando más necesitado estaba el gobierno de una buena noticia que celebrar, porque la situación económica no está para tirar cohetes (por mucho que nos aseguren que esto no es una crisis, sino una desaceleración) ni parece que los datos del empleo y otros referentes sobre el nivel de bienestar del país vayan a detener su ligera pero perceptible caída.

Y con media España luciendo en la calle la camiseta roja y la otra media pegada al televisor en casa, es evidente que tampoco el referéndum de Ibarretxe es ya una amenaza para la unidad de la patria. De nuevo el deporte puede más que la política. Una pena que Raúl no haya estado en Viena y que en motos y Fórmula 1 estemos tan flojillos como andamos este año, porque si no fuera por esos pequeños traspiés en los circuitos ningún otro país (de los grandes) podría tosernos.

Pero como ocurrió después de la gloriosa gesta de 1964, las alegrías pasarán tarde o temprano (y mira que las televisiones están alargando las celebraciones) y tendremos que acostumbrarnos a lidiar con nuestras propias vidas que, arriesgándome a errar, no son tan placenteras como las horas y los días que siguieron a la hazaña de Viena. Habrá que asumir que no llegamos a fin de mes, que se acaba el enésimo contrato-basura, que el chico no encuentra trabajo después de acabar dos carreras y que los pisos, a pesar de no subir al ritmo de los últimos años, son un bien al que hemos de sacrificar el salario de casi toda nuestra etapa laboral. Menos mal que en Europa, que están pendientes de todo, ya han visto que va a ser necesario trabajar más horas y más años… por nuestro bien.

Y como nosotros somos tan europeos como el primero (o más, porque no sólo somos campeones del vigente deporte rey, es que además somos los únicos que hemos aprobado la constitución de la UE y el Tratado de Lisboa sin dudar un momento) pues ya tenemos a nuestras más despejadas mentes de las clases política, empresarial y sindical negociando sin mucho ruido –el ruido queda para la celebración de los goles- un nuevo acuerdo que permita a la patronal ajustar sus costes salariales para no ver amenazados sus cuantiosos beneficios. Se está hablando, con la bendición de Bruselas (faltaría más) y por si la afición no lo sabe todavía, de hacer más flexibles las condiciones de trabajo (jornada, horarios, vacaciones, categorías profesionales, etc.) y de controlar los salarios, evitando que suban por encima de las previsiones del IPC del gobierno. Discutible manía ésta de controlar solamente los salarios, cuando no hay quien quiera o pueda controlar los precios.
Pero bueno, esto son pequeñas preocupaciones de sindicalistas trasnochados; lo importante ahora es seguir soñando que somos los mejores.

Antonio Pérez Collado



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