¡Ausente! la mañana en que me vaya más lejos de lo lejos, al Misterio, como siguiendo inevitable raya, tus pies resbalarán al cementerio.
¡Ausente! La mañana en que a la playa del mar de sombra y del callado imperio, como un pájaro lúgubre me vaya, será el blanco panteón tu cautiverio.
Se habrá hecho de noche en tus miradas; y sufrirás, y tomarás entonces penitentes blancuras laceradas.
¡Ausente! Y en tus propios sufrimientos ha de cruzar entre un llorar de bronces una jauría de remordimientos.
Bordas de hielo
Vengo a verte pasar todos los días, vaporcito encantado siempre lejos... Tus ojos son dos rubios capitanes; tu labio es un brevísimo pañuelo rojo que ondea ¡en un adiós de sangre!
Vengo a verte pasar; hasta que un día, embriagada de tiempo y de crueldad, vaporcito encantado siempre lejos, ¡la estrella de la tarde partirá!
Las jarcias; vientos que traicionan; ¡vientos de mujer que pasó! Tus fríos capitanes darán orden; ¡y quien habrá partido seré yo...!
Deshojación sagrada
¡Luna! Corona de una testa inmensa, que te vas deshojando en sombras gualdas Roja corona de un Jesús que piensa trágicamente dulce de esmeraldas.
¡Luna! Alocado corazón celeste ¿por qué bogas así, dentro de copa llena de vino azul, hacia el oeste, cual derrotada y dolorida popa?
¡Luna! Y a fuerza de volar en vano, te holocaustas en ópalos dispersos: tú eres tal vez mi corazón gitano que vaga en el azul llorando versos...
Desnudo en Barro
Como horribles batracios a la atmósfera, suben visajes lúgubres al labio. Por el Sahara azul de la Substancia camina un verso gris, un dromedario.
Fosforece un mohín de sueños crueles. Y el ciego que murió lleno de voces de nieve. Y madrugar, poeta, nómada, al crudísimo día de ser hombre.
Las Horas van febriles, y en los ángulos abortan rubios siglos de ventura. ¡Quién tira tanto el hilo: quién descuelga sin piedad nuestros nervios, cordeles ya gastados, a la tumba!
¡Amor! Y tú también. Pedradas negras se engendran en tu máscara y la rompen. ¡La tumba es todavía un sexo de mujer que atrae al hombre!.
El Pan Nuestro
Se bebe el desayuno...
Húmeda tierra de cementerio huele a sangre amada. Ciudad de invierno... La mordaz cruzada de una carreta que arrastrar parece una emoción de ayuno encadenada.
Si quisiera tocar todas las puertas y preguntar por no sé quien; y luego ver a los pobres, y, llorando quedos, dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos con las dos manos santas que a un golpe de luz volaron desclavadas de la Cruz.
Pestaña matinal, ¡no os levantéis! !El pan nuestro de cada día dánoslo, Señor...!
Todos mis huesos son ajenos; yo tal vez los robé.
Yo vine a darme lo que acaso estuvo asignado para otro; y pienso que, si no hubiera nacido, ¡otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón... ¡A dónde iré!
Y en esta hora fría, en que la tierra trasciende a polvo humano y es tan triste, quisiera yo tocar todas las puertas, y suplicar a no sé quién, perdón, y hacerle pedacitos de pan fresco aquí, ¡en el horno de mi corazón...!
Entre el dolor y el placer...
Entre el dolor y el placer median tres criaturas, de las cuales la una mira a un muro, la segunda usa de ánimo triste y la tercera avanza de puntillas; pero, entre tú y yo, sólo existen segundas criaturas.
Apoyándose en mi frente, el día conviene en que, de veras, hay mucho de exacto en el espacio; pero, si la dicha, que, al fin, tiene un tamaño, principia, ¡ay! por mi boca, ¿Quién me preguntará por mi palabra?
Al sentido instantáneo de la eternidad corresponde este encuentro investido de hilo negro, pero a tu despedida temporal, tan sólo corresponde lo inmutable, tu criatura, el alma, mi palabra.
Epístola a los transeúntes
Reanudo mi día de conejo mi noche de elefante en descanso.
Y, entre mí, digo: ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros éste es mi grato peso, que me buscará abajo para pájaro éste es mi brazo que por su cuenta rehusó ser ala, éstas son mis sagradas escrituras, éstos mis alarmados campeones.
Lúgubre isla me alumbrará continental, mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.
Pero cuando yo muera de vida y no de tiempo, cuando lleguen a dos mis dos maletas, éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos, ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos, éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades, éste ha de ser mi cuerpo solidario por el que vela el alma individual; éste ha de ser mi ombligo en que maté mis piojos natos, ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
En tanto, convulsiva, ásperamente convalece mi freno, sufriendo como sufro del lenguaje directo del león; y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo, convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.
Idilio muerto
Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mi.
Dónde estarán sus manos que en actitud contrita planchaban en las tardes blancuras por venir; ahora, en esta lluvia que me quita las ganas de vivir.
Qué será de su falda de franela; de sus afanes; de su andar; de su sabor a cañas de mayo del lugar.
Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje, y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!" Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.
La rueda del hambriento
Por entre mis propios dientes salgo humeando, dando voces, pujando, bajándome los pantalones... Vaca mi estómago, vaca mi yeyuno, la miseria me saca por entre mis propios dientes, cogido con un palito por el puño de la camisa.
Una piedra en qué sentarme ¿no habrá ahora para mí? Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz, la madre del cordero, la causa, la raíz, ¿ésa no habrá ahora para mí? ¡Siquiera aquella otra, que ha pasado agachándose por mi alma! Siquiera la calcárida o la mala (humilde océano) o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre ¡ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto, ¡ésa dádmela ahora para mí! Siquiera la torcida y coronada, en que resuena solamente una vez el andar de las rectas conciencias, o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva, va a caer por sí misma, en profesión de entraña verdadera, ¡ésa dádmela ahora para mí!
¿Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí? Ya no más he de ser lo que siempre he de ser, pero dadme una piedra en qué sentarme, pero dadme, por favor, un pedazo de pan en qué sentarme, pero dadme en español algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse y después me iré... Hallo una extraña forma, está muy rota y sucia mi camisa y ya no tengo nada, esto es horrendo.
La violencia de las horas
Todos han muerto. Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: "¡Buenos días, José! ¡Buenos días, María!"
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió, a los ocho días de la madre.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola.
Los dados eternos
Para Manuel González Prada, esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.
Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; me pesa haber tomádote tu pan; pero este pobre barro pensativo no es costra fermentada en tu costado: ¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios; pero tú, que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación. ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos hay candelas, como en un condenado, Dios mío, prenderás todas tus velas, y jugaremos con el viejo dado. Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte del universo todo, surgirán las ojeras de la Muerte, como dos ases fúnebres de lodo.
Dios míos, y esta noche sorda, obscura, ya no podrás jugar, porque la tierra es un dado roído y ya redondo a fuerza de rodar a la aventura, que no puede parar sino en un hueco, en el hueco de inmensa sepultura.
Los heraldos negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes...¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Masa
Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos repitiéronle: "¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: "¡Quédate hermano!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos lo hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazo al primer hombre; echóse a andar...
Para el alma imposible de mi amada
Amada: no has querido plasmarte jamás como lo ha pensado mi divino amor. Quédate en la hostia, ciega e impalpable, como existe Dios.
Si he cantado mucho, he llorado más por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor! ¡Quédate en el seso, y en el mito inmenso de mi corazón!
Es la fe, la fragua donde yo quemé el terroso hierro de tanta mujer; y en un yunque impío te quise pulir. Quédate en la eterna nebulosa, ahí, en la multiesencia de un dulce no ser.
Y si no has querido plasmarte jamás en mi metafísica emoción de amor, deja que me azote, como un pecador.
Piedra negra sobre una piedra blanca
Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia y los caminos...
Poema para ser leído y cantado
Sé que hay una persona que me busca en su mano, día y noche, encontrándome, a cada minuto, en su calzado. ¿Ignora que la noche está enterrada con espuelas detrás de la cocina?
Sé que hay una persona compuesta de mis partes, a la que integro cuando va mi talle cabalgando en su exacta piedrecilla. ¿Ignora que a su cofre no volverá moneda que salió con su retrato?
Sé el día, pero el sol se me ha escapado; sé el acto universal que hizo en su cama con ajeno valor y esa agua tibia, cuya superficial frecuencia es una mina. ¿Tan pequeña es, acaso, esa persona, que hasta sus propio pies así la pisan?
Un gato es el lindero entre ella y yo, al lado mismo de su tasa de agua. La veo en las esquinas, se abre y cierra su veste, antes palmera interrogante... ¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?
Pero me busca y busca. ¡Es una historia!.
Trilce
Hay un lugar que yo me sé en este mundo, nada menos, a donde nunca llegaremos.
Donde, aún si nuestro pie llegase a dar por un instante será, en verdad, como no estarse.
Es ese un sitio que se ve a cada rato en esta vida, andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de mi par de yemas, lo he entrevisto siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie o a puro sentimiento en pelo, que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té se muere por colonizarle para su gran Cualquiera parte.
Mas el lugar que yo me sé, en este mundo, nada menos, hombreado va con los reversos.
-Cerrad aquella puerta que está entreabierta en las entrañas de ese espejo. -¿Esta? - No; su hermana.
-No se puede cerrar. No se puede llegar nunca a aquel sitio -do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.
Video enviado por:Rubén Romero Del equipo de Comunicación Audiovisual Hola, Paris! Realizador Magazin TV "Europa Latina" http://www.europalatina.fr
César Abraham Vallejo Mendoza nació en Santiago de Chuco, un pueblo andino del Perú. Sus padres fueron Francisco de Baula Vallejo Benítez y María de los Santos Mendoza Gurrionero. César fue el menor de once hermanos. Su apariencia mestiza se debe que sus abuelas fueron indias y sus abuelos sacerdotes gallegos. Era “hombre muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo”, según González Ruano.
Sus padres querían dedicarlo al sacerdocio, lo que él en su primera infancia aceptó de muy buena gana; de ahí que existan tantas referencias bíblicas y litúrgicas en sus primeros poemas. Sus estudios primarios los realiza en el mismo Santiago de Chuco, pero desde abril de 1905 hasta 1909 estudia la secundaria en el colegio San Nicolás de Huamachuco. En 1910 se matricula en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo pero se retira por carencias económicas. Apoya a su padre en sus tareas de gobernador y abogado y participa con los trabajadores de las minas de Quiruvilca, lo que recuerda más adelante en su novela El tungsteno. Trabaja en la hacienda azucarera Roma, en el valle de Chicama. Al año siguiente retorna a Trujillo a retomar sus estudios universitarios. Trabaja como profesor a fin de costearse sus estudios. Siendo profesor de primaria tuvo como pequeño alumno al novelista Ciro Alegría. En 1915 culmina su carrera de Letras y el 22 de septiembre expone su tesis de bachiller, El romanticismo en la poesía castellana. En 1916 frecuenta la “bohemia trujillana” (o también, el grupo “El norte”) y se enamora de María Rosa Sandoval. En 1917 conoce a “Mirto” (Zoila Rosa Cuadra), su segunda pareja, pero el romance duró poco y al parecer César intentó suicidarse a causa del desengaño. Como fuera, luego se embarcó en el vapor Ucayali con rumbo a Lima. En la capital encuentra en Clemente Palma a un detractor de su obra (había calificado de mamarracho el poema “El poeta a su amada”). Sin embargo, es este el periodo en que Vallejo conoce a lo más selecto de la intelectualidad limeña. Llegó a entrevistarse con José María Eguren y con Manuel González Prada, a quien los más jóvenes consideraban entonces un maestro y guía.
En 1918 entra a trabajar al colegio Barros. Cuando, en septiembre muere el director y fundador del citado colegio, Vallejo consigue la plaza de director del plantel. Luego, en 1919 es profesor en Guadalupe. Ese año ven la luz los poemas de Los heraldos negros, que muestran huellas del modernismo en su estructura. El poeta toca la angustia existencial, la culpa personal y el dolor, como, por ejemplo, en los conocidos versos "Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡Yo no sé!" o "Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo". Se vendieron relativamente pocos ejemplares, pero el libro fue bien recibido por la crítica. Su madre murió en 1920 y al volver a Santiago de Chuco es encarcelado injustamente durante 105 días, acusado de haber participado en el incendio y saqueo de una casa. En la cárcel escribe la mayoría de los poemas de Trilce. En 1921 sale en libertad condicional y se dirige nuevamente a Lima, pues su cuento “Más allá de la vida y de la muerte” es premiado. En 1922 Antenor Orrego, líder del Grupo Norte, publica los poemas que Vallejo escribió durante su reclusión con el título Trilce, pero es recibido tibiamente por la crítica, que no alcanzaba a comprender la vanguardia. Salvo por el propio Antenor Orrego, quien dijo de Vallejo que "a partir de este sembrador se inicia una nueva época de la libertad, de la autonomía poética, de la vernácula articulación verbal".
Trilce anticipó gran parte del vanguardismo que se desarrollaría en los años 1920 y '30. En este libro Vallejo lleva la lengua española a límites insospechados: inventa palabras, fuerza la sintaxis, emplea la escritura automática y otras técnicas utilizadas por los movimientos "dadá" y "superrealista", tal como el relato onírico Finnegans Wake de James Joyce.
Es admitido nuevamente en el colegio Guadalupe. Con el dinero que le adeudaba el Ministerio de Educación, se embarca con rumbo a Europa, de donde no regresará. Viaja en el vapor Oroya el 17 de junio de 1923, con una moneda de quinientos soles. Arriba a París el 13 de julio. Sus ingresos siempre fueron insuficientes y provenían del periodismo, si bien también había fungido de traductor. Escribía para Variedades y Mundial.
Inicia su amistad con Juan Larrea y con Vicente Huidobro; traba contacto con importantes intelectuales como Pablo Neruda y Tristán Tzara.
En 1926 conoce a su primera compañera francesa, Henriette Maisse, con quien convivirá hasta octubre de 1928. Con el poeta español Juan Larrea funda una revista, pero sigue escribiendo para Variedades y Amauta, la revista de José Carlos Mariátegui. Profundiza sus estudios sobre el marxismo. En 1927 conoce a Georgette Phillipart. Ese año viaja a Rusia. Hacia 1929 sigue colaborando con Variedades, Mundial y el diario El Comercio, como corresponsal oficial. En 1930 el gobierno español le concede una modesta beca para escritores. Retorna a París y después parte a Rusia para participar en el Congreso Internacional de Escritores Solidarios con el Régimen Soviético. Nuevamente regresa a París y se casa con Georgette Phillipart en 1934. Se adhiere al Partido Comunista del Perú fundado por Mariátegui. En 1937 Vallejo y Neruda fundan en España el “grupo hispanoamericano de ayuda a España”. En 1938 es profesor de Lengua y Literatura, pero en marzo sufre de agotamiento físico. El 24 es internado por una enfermedad desconocida, que entra en crisis el 7 y el 8 de abril. Fallece el 15 de abril del '38, un viernes santo con llovizna en París, pero no un jueves, como escribió en un poema famoso. Se le realiza un embalsamiento. Su elogio fúnebre estuvo a cargo de Louis Aragon. El 19 de abril sus restos son trasladados a la Mansión de la Cultura y más tarde al cementerio de Moutrouge. El 3 de abril de 1970 los restos del poeta son trasladados al cementerio de Montparnasse. Se ha acusado a Georgette Phillipart de adueñarse del cadáver, pues los restos de César Vallejo no han sido devueltos al Perú.
Poemas humanos, publicado por la esposa del poeta después de la muerte de Vallejo, es una obra de poesía política y social profundamente humanista, más que izquierdista. Casi todos los poemas de este libro son póstumos, aunque unos pocos fueron publicados por Vallejo en revistas. El poeta nunca indicó un título con el cual agruparlos, pero al revisar entre sus escritos se encontró que tenía planificado un libro de "poemas humanos", razón por la que sus editores eligieron titular así sus trabajos en verso y en prosa.
No menos importante es su breve libro España, aparta de mí este cáliz, obra póstuma de César Vallejo, que sin duda compendia los versos más intensos y hondos que escritor alguno llevó a cabo sobre la Guerra Civil Española 1936-1939.
...tu familia - Benja, despues de lee...
Esta página tiene algo mágico, cada v...
SALUDOS! - UNAS LINEAS BELLAS Y BSTAN...
Felicitaciones maestro. Leí su página...
Es al final de Incertidumbre - que va...