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21 Nov 2008
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Joan Margarit
"Conocía muy bien tu piel dorada,
la señal de peligro de tus ojos azules"






 


        De "Poesía amorosa completa":


        Amada Regina
        Caligrafía
        Canción de cuna
        Cosas en común
        Edad roja
        Embraceable you
        En torno a la protagonista de un poema
        Faros en la noche
        Flores blancas en la niebla
        Historia en un ático
        Horarios nocturnos
        Iniciación
        Interior perdido
        La carta            
        La combinación
        Las mil y una noches
        Mujer de invierno
        No te volveré a ver
        Paisaje cerca del aeropuerto          
        Remolcadores entre la niebla

        

        De "Joana":

        ¿A quién ama Gilbert Grape?
        Cuadro con pájaros
        Horarios nocturnos
        La espera 
        La muchacha del semáforo
        La profesora de alemán
        Mientras tú duermes
        Noche de junio
        Oración para  J.M.R.
        Pasajera
        Primer verano sin ti 
        Profesor Bonaventura Bassegoda   
        Soneto en dos ciudades  
        Súplica  
        Un cuento   
        Una fotografía colgada en la pared



    

    

        De "Poesía amorosa completa":

        AMADA REGINA


        En todas las ciudades busco siempre
        un hotel que llevara el nombre de ella.
        El Regina de Roma y su fachada
        severa y gris, fascista, de granito.
        El Regina de Londres, frente a un parque
        tristísimo al crepúsculo. El Regina
        con las piedras negruzcas de Bruselas.
        El cálido Regina de París,
        junto al «quai» solitario de barcazas.
        El Regina y su zócalo de moho
        lamido por las aguas oscuras de Venecia.
        Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
        el último Regina, en el bullicio
        del centro, en Barcelona,
        le acogió con sus gélidos espejos
        y con su delicada marquesina
        de hierro y de cristal en la calle Bergara.
        Regina amada, hoteles y mujer:
        algunos negros bultos en la noche,
        la caldera encendida y los neones
        de tu nombre, violentos de tanta soledad.
        Ciudades que están llenas de imprevistos
        hitos de amor.

        * * *

        CALIGRAFÍA

        Ha apoyado la frente en el cristal
        frío, empañado, con trasluz de invierno.
        Escribe el nombre de ella y, a través
        de las líneas que traza con el dedo,
        la ha visto en un paraje solitario
        con el mar y las rocas en la noche.
        Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
        alzan el vuelo como un resplandor
        al paso de un falucho. Se ha engañado:
        detrás de la ventana hay una calle
        que el alba hace más triste, sin un alma,
        con coches aparcados.
        Tras las líneas comienza a amanecer:
        el sol naciente borrará ese nombre
        en la escarcha rosada del cristal.

        * * *

        COSAS EN COMÚN

        Habernos conocido
        un otoño en un tren que iba vacío;
        La radiante, aunque cruel
        promesa del deseo.
        La cicatriz de la melancolía
        y el viejo afecto con el que entendemos
        los motivos del lobo.
        La luna que acompaña al tren nocturno
        Barcelona-París.
        Un cuchillo de luz para los crímenes
        que por amor debemos cometer.
        Nuestra maldita e inocente suerte.
        La voz del mar, que siempre te dirá
        dónde estoy, porque es nuestro confidente.
        Los poemas, que son cartas anónimas
        escritas desde donde no imaginas
        a la misma muchacha que un otoño
        conocí en aquel tren que iba vacío.

        * * *

        EDAD ROJA

        A Àlex Susanna


        Tanto tiempo has tardado en aprender
        que llegas tarde al gran amor:
        Que nunca habrás vivido una edad de oro.
        Las rosas de Ronsard
        nunca serán perfume en tu mirada,
        ningún otoño habrá de deshojar,
        en los brazos de nadie, lentos pétalos.
        Con el olvido tapas los espejos
        igual que acostumbraban en las casas
        donde había un difunto.
        No vuelven las mujeres con las cuales
        cambiabas años de tu soledad
        por un fugaz momento de ternura.
        Tan ardiente es la vida en el otoño,
        que en las horas de angustia no podrás
        amar ni a la mujer que ya has perdido.

        * * *

        EMBRACEABLE YOU

        Es triste poner Gershwin sin poder abrazarte.
        Somos el blanco y negro de una vieja película:
        las parejas bailando, y los barcos de guerra
        que han de zarpar al alba. Quizá fui aquel muchacho
        que pereció en combate, y tú aquella muchacha
        que nunca olvidaría la canción.
        Vivimos en la sombra su mañana perdido
        en oscuros bailables. Pero hoy, aquella música
        se toca en los conciertos y nadie ya la baila.
        Hemos errado el tiempo, destruido los recuerdos.
        La fiesta está acabando: guarda el último baile
        -la luz de oro del saxo y una pieza de Gershwin-
        para cuando se acerque
        la hora de embarcar en el buque de guerra.

        * * *

        EN TORNO A LA PROTAGONISTA DE UN POEMA

        Conocía muy bien tu piel dorada,
        la señal de peligro de tus ojos azules.
        Sueños de profesor que comenzaba
        a perder su futuro. Hace mucho surgiste
        entre aquellos muchachos y muchachas
        del bar acristalado de nuestra Escuela blanca,
        desde donde veíamos el mar.
        Me preguntan quién eres. Quizás, un día, expertos
        en soledad y en crímenes pasados
        buscarán, amparada en las palabras,
        la sombra de tu nombre y no hallarán
        sino cartas violeta de la noche
        y el rastro, entre papeles, de unos ojos azules.

        * * *

        FAROS EN LA NOCHE

        Intento seducirte en el pasado.
        Las manos al volante y esta luz
        de club nocturno del tablier me dejan
        -fantasía invernal- bailar contigo.
        Detrás de mí, igual que un gran camión,
        el mañana hace ráfagas de luces.
        No lo conduce nadie y me adelanta,
        pero ahora tú y yo viajamos juntos
        y el coche puede ser el dos caballos
        de los años sesenta hacia París.
        "Je ne regrette rien" canta Edith Piaf.
        Bajo la ventanilla, entra la noche
        fria de la autopista, y el pasado
        se aproxima de cara, velozmente:
        cruza y me ciega sin bajar las luces.

        * * *

        FLORES BLANCAS EN LA NIEBLA

        Sábanas grises de la escarcha
        cubrían el bancal de los almendros;
        pero llegaron lluvias como máscaras
        y la hierba borró los espejos del frío.
        En la invernal mirada un aire cálido
        comenzaba a mentir
        a aquellas alas grises
        de pájaros erráticos en árboles desnudos.
        En una sola noche de tibieza
        con reflejos de sombra en el espejo,
        los almendros se abrieron en sus flores.
        Tú llegaste también
        en un tiempo de frío y soledad:
        El amor fue la brisa
        sobre la escarcha gris. Las flores olvidadas
        extendían olor a primavera
        en el ámbito helado, nieve cálida
        de breves flores blancas. Con tristeza
        las recuerdo durante aquel invierno
        que en una sola noche las heló.

        * * *

        HISTORIA EN UN ÁTICO

        La vida convirtiéndose -¿recuerdas?-
        en viajes y trabajo.
        La terraza, las vistas, y nosotros
        mirando hacia otra parte: así acostumbra
        a iniciarse el error: Pero al final,
        hacía tanto frío que una tarde
        cerramos la terraza de aquel ático.
        Sabes lo que te ofrezco: un viejo buitre
        a quien el miedo hace volar más alto
        y que prepara su vertiginoso
        descenso hacia las últimas carroñas.
        Del confuso negocio del amor
        quedan sólo las últimas monedas
        de un tesoro saqueado. Conversemos,
        ya que nosotros siempre hemos hablado,
        y la conversación tiene el calor
        que desea quien sube a un tren nocturno
        como el que se me lleva: mi pasado
        se borra y el futuro ya no es nadie.
        Es otra clase de felicidad.

        * * *

        HORARIOS NOCTURNOS


        Acostado a tu lado, oigo los trenes.
        Cruzan mi frente sus fugaces luces
        rasgando el horror tibio de esta noche.
        La pausa de silencio me deja una luz roja,
        una nota sobre este pentagrama
        de cables y de vías oscuras y brillantes.
        Acostado a tu lado,
        oigo cómo se alejan con el ruido más triste.
        Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos.
        Quizá el último acierto
        sea -abrazado a ti-
        dejar pasar los trenes en la noche.

        * * *

        INICIACIÓN

        Calles estrechas con esquinas tristes,
        rótulos anunciando en los balcones
        lavajes y la cura de venéreas.
        Lances de amor, permanganato, el alba.
        La primera mujer
        en un cuarto con sábanas heladas.
        La luna tiene el rostro
        de aquella pobre puta de Madrid.
        La ciudad gris, como la policía.
        Fue en un mítico viaje clandestino.
        No quiero añadir más literatura.
        Ni me marcó ni me hizo sentir sucio.
        Sólo un tanteo previo
        para irme acostumbrando a este misterio
        que une dentro de mí mi amor por ti
        a un peligro de oscuros callejones.

        * * *

        INTERIOR PERDIDO

        En el fondo del cuarto, un dorado de mujer
        se va apagando igual que una bujía.
        El oro de la piel
        en la penumbra de alba donde nunca
        llegaré a abrir los ojos es la herida
        de tu cuerpo desnudo en el espejo.
        Hoy eres una carta
        en la que tu voz ronca se armoniza
        con sueños fracasados y, desnuda,
        bailas conmigo lentamente, hendida
        por el mañana inútil de un instante
        fijado al recordar sin esperanza.
        Oscurece y me acerco a aquel hotel
        para buscar tu cuerpo
        carbonizado, ausente, pero allí
        tan sólo está la noche, una luz roja
        que en una calle en obras mece el viento.

        * * *

        LA CARTA


        Mirabas siempre hacia adelante
        como si allí estuviese el mar. Creabas
        de esta manera un movimiento de olas
        ajeno y mítico en alguna playa.
        Nos unía la fuerza peligrosa
        que da al amor la soledad.
        Aún hace temblar entre mis dedos,
        de forma imperceptible este papel.
        Camino abandonado entre tú y yo,
        cubierto por las cartas, hojas muertas.
        Pero sé que el camino persiste.
        Si abandono la mano sobre el pequeño fajo,
        la siento descansar sobre tu espalda.
        Solías escuchar hacia adelante
        como si allí estuviese el mar, ya transformado
        en una voz cansada, ronca y cálida.
        Poco nos une aún: sólo el temblor
        de este papel tan fino entre los dedos.

        * * *

        LA COMBINACIÓN

        A Mari Carmen Parma


        Sola entre dos infiernos
        -el de la libertad y el de la edad-,
        ya no he podido abrir la caja fuerte.
        La puerta con sus cifras giratorias,
        es la ruleta en la que ya no sé
        de qué forma apostar:
        desde el primer suspiro conservé,
        acorazada luz, aquella rosa.
        Estoy desnuda en nuestro dormitorio
        con la ventana abierta y la lámpara apagada,
        oigo el rumor urbano de la noche
        mientras la leve brisa me acaricia.
        Ahora, la muchacha y el muchacho
        que tú y yo un día fuimos permanecen
        siempre muy cerca, están dentro mí:
        un olor conocido o una canción
        puede hacerlos salir, pero si quiero hablarles,
        ya han desaparecido. Vivimos a merced
        de lo que de nosotros ignorábamos,
        tal si entre los derechos que tuviese la vida
        hubiera un misterioso derecho a no saber.
        El metálico nido custodia nuestros sueños.
        Estoy llorando. La combinación
        era esta: la fecha de tu muerte.

        * * *

        LAS MIL Y UNA NOCHES

        Me miras: el presente son tus ojos,
        unos instantes que se desvanecen
        y no puedo cambiar: Pero también
        son un mañana que ya estaba escrito
        en el fugaz espejo de la infancia.
        Y se convertirán en el ayer,
        la suma indiferencia de los años.
        Después serán recuerdo, un mundo gris
        donde te mire aunque no pueda verte.
        Tras el recuerdo habrán de ser olvido:
        nadie sabrá por qué estabas mirándome
        ni  por qué hay este pozo en tu lugar.
        Cada instante una historia diferente
        de las mil y una noches en tus ojos.

        * * *

        MUJER DE INVIERNO


        Hoy que la soledad
        es la última forma del amor,
        esta triste ciudad ha hecho que pierda
        lo que había perdido, ya, de ti.
        ¿A qué has venido?
        ¿Quién eres, si eres sólo
        la imagen en el fondo del pozo de mí mismo?
        He quemado tu cuerpo en mi interior,
        todo ha llegado demasiado tarde.

        * * *

        NO TE VOLVERÉ A VER

        Es esta piel violeta de una noche
        que dejamos pendiente.
        Y tu silencio suena como un saxo
        de oro negro en el fondo
        de los días sin ti.
        En tu pecho jadea el contrabajo,
        y en tu flanco, tan cálido de sombra
        que siempre soñaré cuando mi mano
        lenta avance hacia ti.
        Músicos en penumbra, los instrumentos de oro
        en sus bocas lilosas: ya, la vida
        no me devolverá la que aposté
        a tu cuerpo desnudo cuando eras una fiesta.
        No queda más que -al piano- un negro ciego,
        nuestro amor: toca solo en la sombra
        y mi sueño se duerme entre sus dedos.

        * * *

        PAISAJE CERCA DEL AEROPUERTO


        Guarda un aire burgués de veraneo
        y a la vez de escapadas clandestinas,
        pero ya es un suburbio. La ciudad
        surge en el horizonte de la playa.
        Comienza a amanecer, los albañiles
        encienden una hoguera al pie de una obra.
        Calles entre jardines silenciosos
        acaban en la playa, y el asfalto
        se cubre de un sutil tapiz de arena.
        Despintado y cerrado, hay un viejo club náutico
        mirando el herrumbriento sol que surge
        despacio desde el mar.
        Un avión sobrevuela a baja altura:
        una pátina rosa recubre el fuselaje
        por el lado del mar.
        Vulgares, atestadas en verano,
        dignas y desoladas en invierno,
        son igual que el amor estas afueras.

        * * *

        REMOLCADORES ENTRE LA NIEBLA

        Amiga de la noche, reluciente,
        lúcido disco de la luna:
        avanzas junto a mí por la playa, iluminas
        estancias con espejos para amantes
        a los que aflije el plazo de una noche.
        Tú y yo cruzamos la ciudad caída.
        Hay hojas de periódico arrastrándose
        como heridas de guerra, son gaviotas
        que mueren en el agua de algún muelle.
        También cartas de amor que pasan cuentas
        como viejos recibos de negocios.
        El viaje hacia la sombra nos exije
        decidir compañía: yo he escogido
        esos ríos espesos, relucientes
        de dos armas doradas, dos trompetas:
        una cálida y negra, la de Clifford
        como un fuego en la nieve de las calles
        y la blanca, que apenas puede oirse
        en la pútrida noche con letreros
        de los hoteles tristes de Chet Baker.
        Paso junto a amenazas de paredes
        y escaleras de metro con los bultos
        de los que duermen bajo los cartones.
        Son las sombras que tocan en la noche.
        Esperaba un acuerdo sobre fines
        y nunca hallé finalidad alguna.
        Esperé incluso la pasión del náufrago
        por encender un fuego frente al mar
        pero nadie deseaba ser salvado.
        Creí que contaría con la gente
        en asuntos de versos y valores.
        No sabía que todas estas cosas
        sólo indicaban cómo envejecía:
        de pronto todo el mundo estaba lejos
        y, mientras, yo escribía este poema
        sabiendo que el mañana estaba hecho
        de un arte para mí desconocido.
        Conocí a una mujer: bailaba y, juntos,
        escuchamos un "Autumn leaves" como este
        que en la Rambla, magnánimos, los plátanos
        murmuran con las hojas en la noche.
        Era una mujer de orden, tenía bellas manos:
        ¡Dios, era mi mujer! Cómo bailaba
        cantándome al oído cada pieza,
        cómo reía cuando la abrazaba.
        Hoy abrazo a la noche y escucho el «Loverman»
        en el que Parker equivoca el tiempo.
        Los faroles lejanos son los ojos
        vidriosos de algún perro.
        La música consuela, nada más:
        está dentro de mí junto a mis penas,
        interpretándolas con claridad
        y sentimiento, aunque sin esperanza.
        Ya cayó la ciudad de mi futuro.
        Camino entre leyendas pisoteadas
        del otoño del cuerpo pero aún
        hallo hospitalidad en un relámpago
        del Café de la Ópera: entre tanto,
        al final de la Rambla, en los peldaños
        que bajan por el muelle de barcazas,
        una sirena muerta está flotando
        y es arrastrada por las sucias aguas.

        

        

        De "Joana":

        ¿A QUIÉN AMA GILBERT GRAPE?


        Un sábado en el cine, al declinar la tarde,
        la película tierna, pero dura,
        de un chico deficiente y de su hermano.
        Cogidos de la mano en la penumbra,
        lloramos, vuestra madre y yo, angustiados
        por la muerte, que aún es más injusta
        si dejamos atrás un desamparo.
        Recordadnos felices: lo hemos sido.
        Los ojos de Joana hacen que sea
        más llena aún de afecto nuestra vida
        pero más desolada nuestra muerte.

        * * *

        CANCIÓN DE CUNA

        Duerme, Joana.
        Y que este Loverman oscuro y trágico
        del saxo de tu hermano en Montjuïc
        te pueda acompañar
        toda la eternidad por los caminos
        que son bien conocidos por la música.
        Duerme, Joana, duerme.
        Y a poder ser no olvides
        tus años en el nido
        que dentro de nosotros has dejado.
        Mientras envejecemos,
        conservaremos todos los colores
        que han brillado en tus ojos.
        Duerme, Joana. Esta es nuestra casa,
        y todo lo ilumina tu sonrisa.
        Un tranquilo silencio: aquí esperamos
        redondear estas piedras del dolor
        para que cuanto fuiste sea música,
        la música que llene nuestro invierno.

        * * *

        CUADRO CON PÁJAROS

        El muro es, de este lado, oscuro y triste,
        tal como sucedía en aquel cuento
        que un día te expliqué. Si fuese cierto, hoy
        todos los pájaros que tú pintaste
        te esperarían en el otro lado
        cantando para ti: la parte clara
        de la que hablaba el cuento
        te acogería como yo y tu madre
        si pudieses volver de nuevo a casa.
        Mientras cuento la historia para mí,
        miro los últimos pájaros que pintaste.
        Aquí, en el lado lóbrego del muro,
        ¿de qué forma podría pagar esta ilusión
        de sentirte en la brisa de un instante?

        * * *

        HORARIOS NOCTURNOS

        Acostado a tu lado, oigo los trenes.
        Cruzan mi frente sus fugaces luces
        rasgando el horror tibio de esta noche.
        La pausa de silencio me deja una luz roja,
        una nota sobre este pentagrama
        de cables y de vías oscuras y brillantes.
        Acostado a tu lado,
        oigo cómo se alejan con el ruido más triste.
        Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos.
        Quizá el último acierto
        sea -abrazado a ti-
        dejar pasar los trenes en la noche.

        * * *

        LA ESPERA

        Te están echando en falta tantas cosas.
        Así llenan los días
        instantes hechos de esperar tus manos,
        de echar de menos tus pequeñas manos,
        que cogieron las mías tantas veces.
        Hemos de acostumbramos a tu ausencia.
        Ya ha pasado un verano sin tus ojos
        y el mar también habrá de acostumbrarse.
        Tu calle, aún durante mucho tiempo,
        esperará, delante de tu puerta,
        con paciencia, tus pasos.
        No se cansará nunca de esperar:
        nadie sabe esperar como una calle.
        Y a mí me colma esta voluntad
        de que me toques y de que me mires,
        de que me digas qué hago con mi vida,
        mientras los días van, con lluvia o cielo azul,
        organizando ya la soledad.

        * * *

        LA MUCHACHA DEL SEMÁFORO


        Tienes la misma edad que yo tenía
        cuando empezaba a soñar en encontrarte.
        No sabía aún, igual que tú
        no lo has aprendido aún, que algún día
        el amor es esta arma cargada
        de soledad y de melancolía
        que ahora te está apuntando desde mis ojos.
        Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
        durante tanto tiempo cuando aún no existías.
        Y yo soy aquel hombre hacia el cual
        querrás un día dirigir tus pasos.
        Pero estaré entonces tan lejos de ti
        como ahora tú de mí en este semáforo.

        * * *

        LA PROFESORA DE ALEMÁN

        En aquel Instituto de posguerra
        debí haber aprendido algo de griego
        y adquirido un barniz sobre los clásicos.
        Pero, si aprender algo era difícil,
        nada tenía aún menos futuro
        que el alemán, cubierto por negruzcos
        escombros de Berlín bajo la nieve.
        La mía era una lengua perseguida
        y la suya una lengua derrotada.

        En un aula pequeña del chalé
        donde estaba instalado el Instituto,
        al entrar la encontraba de rodillas
        fregando junto a un cubo, hablando sola.
        No sé alemán y en general no tengo
        buen recuerdo de toda aquella gente,
        pero no olvidé nunca su dolor.

        Ahora que paso cuentas con quién soy
        siento en frías baldosas mis rodillas
        mientras borro el ayer, como ella hacía
        con la roja cenefa del mosaico.

        * * *

        MIENTRAS TÚ DUERMES

        A Joana


        En la plaza humillada por la lluvia
        miro la alta ventana iluminada
        que no quiero perder: no he de rendirme
        a la condena de la vida.
        Este no es ni un lugar de la ciudad:
        nadie en los bancos y, sobre la arena,
        los charcos que reflejan
        la luz del rótulo del hospital.
        El cristal de las puertas automáticas,
        que la luz del vestíbulo ilumina,
        de vez en cuando se abre y deja paso
        a una oscura figura rutinaria.
        Unas muletas cruzan,
        invisibles, la calle y se aproximan
        a uno de los coches aparcados,
        el nuestro, en el que iremos en silencio
        bajo la lluvia hacia el dolor futuro.
        Tu calidez ha sido tan efímera.
        Triste felicidad la de esta calma
        mientras recuerdo
        cuando tú y yo teníamos mañanas
        que nos guardaban las miradas.
        Tenía tanto miedo
        a tener que dejarte sola un día.
        Por débil y pequeña que la luz
        sea en la oscuridad, es mi consuelo:
        no habrá más desamparo ya que el mío.

        * * *

        NOCHE DE JUNIO

        Cuando salí del cine ya había oscurecido.
        En aquel viejo parking, sin luz, iba subiendo
        la rampa áspera y sucia
        porque había aparcado en la terraza.
        Dentro de mí también era dura la cuesta:
        eran aquellos días, los primeros sin ti.
        Pero al llegar arriba, en la intemperie
        había un cálido silencio
        envolviendo la sombra de algún coche:
        las baldosas rojizas, las barandas
        de hierro, delicadas y sencillas,
        y latas con hortensias.
        De repente, al salir a cielo abierto,
        un velo se rasgó y surgió la noche
        de un patio con sus limpias galerías
        y sus iluminadas cristaleras.
        Me detuve sintiéndote muy cerca.
        Y sintiendo que ya, en cualquier instante
        podría hacer surgir tesoros de la muerte.

        * * *

        ORACIÓN PARA J. M. R

        Música del amor; que te escondías
        en sitios negros, dulces, como rosas del jazz,
        enciende el día azul, extiéndete debajo de los pinos
        y haz que brillen las flores, los muros y la tierra.
        Sé aquella agua secreta que esperaba,
        y, un instante, devuélvenos
        la niña eterna que hoy abandonamos
        en pozos invisibles.
        Un poco de un instante, para que nos ayude
        a no llorar de miedo y de vergüenza
        sintiendo su misterio de bondad.
        Danos, música de oro, unas lágrimas limpias
        como la vida que hoy enterraremos.
        Música santa, hazle compañía,
        tú que vienes del otro mundo al nuestro,
        tú que ya sabes cómo es su silencio.

        * * *

        PASAJERA

        En el gran ventanal del aeropuerto
        un alba de luz blanca entre la niebla
        se alza ante la muchacha con un libro
        que nunca alcanzará a poder leer.
        Mi juventud está también ahí,
        en esas páginas de papel biblia
        del grueso tomo encuadernado en pie
        de los rusos del siglo diecinueve.

        Natashas y Nastenkas, silenciosas
        amigas de las cuales aprendí
        a buscar las pequeñas esperanzas
        como si fuesen conchas en la orilla:
        todavía imagino que esperáis
        a que llegue en la nieve y la ventisca
        una abrigada sombra del amor.

        También la chica inmóvil en la silla
        de ruedas sabe que no llegaré.
        Levanta la mirada hacia nostálgico:
        fuselajes de aviones que descansan
        como gaviotas en un mar helado.
        Acoged a mi hija, amigas mías,
        pues yo no tengo rostro para ella:
        mi rostro ya no es más que un ventanal
        de aeropuerto con luz de noches blancas.

        * * *

        PRIMER VERANO SIN TI

        I

        Acantilados de un verdoso gris,
        igual que grandes hachas prehistóricas,
        se hunden en el agua.
        Como quien pela fruta,
        la carretera ciñe una curva, y otra,
        por las viejas colinas abrasadas.

        El coche se detiene ante la playa
        y en el retrovisor no están tus ojos.
        Enfrente, blanco, La Gambina
        con su letrero -HOTEL- color azul
        mirando, en la azotea, hacia el mañana.

        II
        Estás sentada enfrente de las olas:
        las nubes se amontonan sobre el pueblo,
        pero tú estás de cara al horizonte,
        debajo aún del cielo del pasado,
        que es nuestro mejor tiempo.
        El mar, la gente, las embarcaciones,
        todo se está moviendo
        en esta última postal de ti.

        El viento ensaya ráfagas
        que se llevan volando una sombrilla.
        Gotas frías de lluvia sobre la piel caliente
        son como la advertencia de las madres
        recogiendo en los ojos la sombra del peligro
        en una playa abandonada al viento.

        III
        Joana, ahora el temporal resbala
        bajo tus pies cansados.
        Te veo huir: vas con tu lentitud
        cruzando la mirada de la lluvia.
        De pronto ya no estás ni en casa ni en la playa,
        tus retratos sonrientes
        los baten tramontanas del espanto.
        Muchos años clavaste tus muletas
        entre cantos rodados para llegar al mar.
        Bajo el puente de hierro
        -te lo dirán las golondrinas muertas-
        tu amado pueblo de Colera
        nunca más cambiará para tus ojos.

        * * *

        PROFESOR BONAVENTURA BASSEGODA


        Le recuerdo alto y grueso,
        procaz, sentimental. Usted, entonces,
        era una autoridad en Cimientos Profundos.
        Inició siempre nuestra clase así:
        «Señores, buenos días.
        Hoy hace tantos años, tantos meses
        y tantos días que murió mi hija».
        Y solía secarse alguna lágrima.
        Teníamos veinte años, más o menos,
        y el hombre corpulento que usted era
        llorando en plena clase,
        nunca nos hizo sonreír.
        ¿Cuánto hace ya que usted no cuenta el tiempo?
        He pensado en nosotros y en usted,
        hoy que soy una amarga sombra suya
        porque mi hija, ahora hace dos meses,
        tres días y seis horas
        que tiene sus profundos cimientos en la muerte.

        * * *

        SONETO EN DOS CIUDADES

        Le rouge por naître a Barcelone,
        le noir pour mourir a Paris.
                           Leo Ferré: Thank-you, Satan

        Hôtel de l'Avenir, la última noche:
        Paris en los cristales del crepúsculo.
        Qué suerte sonreír al acercarse
        a los sesenta años, la Puerta de las Lilas.

        Qué suerte no haber sido un hombre triste
        ni tú una mujer triste. Las heridas
        nos hacen duros, pero compasivos.
        Qué suerte estas dos hijas. Este hijo.

        Qué suerte poder ver tras los cristales
        una ciudad, la nuestra, que no existe:
        Ferré canta a Verlaine, la lluvia pone

        rojos, negros reflejos en la noche.
        Rojo por nacer en Barcelona,
        Negro por los trenes nocturnos a París.

        * * *

        SÚPLICA

        De esta invernal mañana, amable y tibia,
        por favor, no te vayas,
        quédate sumergida en este patio
        como si hubieses naufragado
        dentro de nuestra vida.
        Bajo el laurel, entre las aspidistras
        de verdes hojas, anchas y románticas,
        por favor, no te vayas, no te vayas.
        Todo está preparado para ti.
        Quédate, por favor, y no te vayas.
        Tu fugaz triunfo sobre el nunca más,
        dime si lo recuerdas: necesito
        unas palabras con la clara y honda
        voz de tu ausencia. Pero te recoges,
        callada, en el pasado,
        un lecho de tristeza fulgurante.
        Así fuiste encerrándote, a lo largo de ocho meses,
        en el capullo de la oscuridad,
        y ahora, horrorizada por la luz,
        surge aleteando la furiosa,
        pálida mariposa de la muerte.
        Pero, si estás muriéndote, aún vives,
        y hago estallar la última alegría
        de tu rostro cansado y las pequeñas
        manos entre las mías. Y repito:
        estar muriéndote es vivir aún.
        De esta invernal mañana, amable y tibia,
        por favor, no te vayas, no te vayas.

        * * *

        UN CUENTO


        No digas nada, Joana,
        tan sólo escúchalo y no digas nada.
        Íbamos caminando en la lluviosa
        mañana por el pueblo adormecido,
        entrábamos despacio
        por una larga calle de adoquines
        que no llevaba hacia ninguna parte.
        Los niños nos llamaban con canciones
        para acercamos al canal, que viésemos
        su casa reflejándose en el agua.
        Te gustaba, ¿recuerdas?,
        ver a los niños. Al marchamos
        quedaban sus caritas pegadas al cristal,
        sus voces apagándose en el agua.
        Llegamos tarde. Demasiado. Tanto
        que siempre volveremos separados:
        ese es el precio por haber podido
        entrar dentro de un cuento.
        Y qué suerte encontrarte ahora aquí,
        de madrugada, convertida en patio:
        esto quiere decir que todo el tiempo
        estabas junto a mí en la oscuridad.

        * * *

        UNA FOTOGRAFÍA COLGADA EN LA PARED

        (Xavier Miserachs)


        El Paseo de Gracia en la nevada
        de aquel invierno en que nos conocimos.
        En primer plano, dándome la espalda,
        se alejan transeúntes:
        quizá soy yo este hombre del paraguas,
        y tal vez la mujer con el gorrito
        de lana seas tú. Al fondo,
        todo se va borrando tras los copos,
        que ponen este velo de neblina.
        Debajo de los árboles parece
        la nave de una blanca catedral.
        Ahora estoy en la fotografía:
        no se oye nada, hay coches aparcados
        y sepultados hasta media rueda.
        Cruzamos solos el Paseo helado,
        entre los plátanos y los herrajes
        negros, medio cubiertos por la nieve,
        de una de las farolas de Gaudí.
        Estamos dentro de aquel mismo invierno
        en donde no sabíamos que el hacha
        del frío ya esperaba para cuando
        el porvenir no fuese nada más
        que el amor de dos viejos a un fantasma.






Reseña biográfica

Poeta español nacido en Sanaüja, Lleida,  en 1938.
Ejerce actualmente su profesión de Arquitectura en la ciudad de Barcelona donde además ocupa una cátedra en la Universidad de Barcelona.
Es uno de los mejores poetas catalanes vivos cuya obra abarca una extensa variedad temática. Su poesía la retrata muy bien Sam Abrams cuando dice que el poeta siendo un sensualista, no puede permitir que su poesía no sea un vehículo para proyectar hacia el mundo su amor sensorial y sensual a las cosas de la vida.
Desde el año de 1980 el poeta decidió utilizar el catalán como lengua literaria, con la que ha publicado casi el total de su obra poética integrada por más de quince libros entre los que destacan: «Mar d’hivern» en 1986, «Llum de pluja» en 1987, «Edat roja» en 1989, «Els motius del llop» en 1993 y «Aiguaforts» en 1995.
 A partir de 1999, el poeta  publicó ediciones bilingües de sus libros «Estación de Francia», «Cien poemas», «Poesía amorosa completa» y «Joana», en memoria de una de sus hijas quien falleció a la edad de treinta años.

Referencia: http://amediavoz.com/margarit.htm








 
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