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13 Oct 2008
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Carlos Bazzano
En Asunción hace calor como siempre. Es otoño. Son casi las 11 de la mañana pero ya estamos cerca de los cuarenta grados de sensación térmica. El calendario dice que es el 26 de marzo de 2007; algunos recuerdan el 26 de marzo del 99, otros tratan de olvidarlo.
En la Avenida Mariscal López, se da otro tipo de calor, hay muchos policías por un lado y mucha gente pobre por el otro. Unos policías amenazan a unos dirigentes. Esto sucede en un barrio bastante residencial. Por un lado está la casa donde vive el presidente, a unos metros está la embajada de los EE.UU. y en medio de ambas, una comisaría. Los policías siguen amenazando, el ambiente se vuelve tenso, los pobres preparan sus pancartas para manifestarse, los pobres avanzan. Es como si por un instante el tiempo y el espacio se detuviesen, un instante, solo un instante.
Alguien grita que el presidente miente, "Nicanor ijapu".
Todo pasa rápido, muy rápido, y muy violentamente, los antimotines avanzan a balazos, cachiporras y gas lacrimógeno. Sangre en el asfalto, las botas pisan cuerpos y sangre. Otra vez sangre en el asfalto. El hilo de sangre conduce hacia una persona que ha caído. Una persona cae como muchas otras a su alrededor. Se escuchan gritos de rabia, dolor o miedo. Los antimotines pegan a una mujer que ya está en el suelo. Ella está embarazada de seis meses. Un hombre recibe patadas, cachiporrazos, golpes de puño cerrado. A cambio el hombre da sangre. Todo pasa muy rápido, más personas en el suelo, gas lacrimógeno, balas, gritos. Todo pasa rápido. Tanto el hombre, como la mujer embarazada son llevados al hospital. Ese día veinticinco manifestantes heridos ingresaron a Emergencias Médicas. Las personas fueron trasladadas en ambulancias y en vehículos de personas que espontáneamente se ofrecieron para ayudar a los manifestantes.
Presidente de mierda, pensábamos, gobierno asesino, sentíamos, hasta cuándo, murmurábamos.
Los manifestantes forman parte de la Central de Organizaciones Populares (COP); esta organización de sin techos exigía el cumplimiento de la promesa hecha por el gobierno en diciembre de 2006; la promesa consistía en facilitar los recursos para la construcción de sus casas. La plata solo llegó para organizaciones subordinadas al gobierno. Ante esta situación la COP se preparó para la manifestación como último recurso para acceder a una vivienda digna.
"Si quieren, tendrán otro marzo paraguayo" dijo uno de los manifestantes a un periodista de la televisión. El marzo paraguayo fue una sangrienta semana del 99, donde hubo más de doscientos heridos. Y ocho muertos.
Horas después de la represión el presidente de la república confirmó que recibiría a los representantes de la COP en el palacio de gobierno. Los dirigentes prometieron que las manifestaciones seguirían si no se cumplía la promesa, y si no se liberaba a los compañeros detenidos. Dijeron en guaraní algo así como que estaban cansados de la mentira, en guaraní dijeron más o menos que hasta ahora solo le ofrecen muerte y destrucción, más o menos dijeron que así como estaban las cosas era mejor morir de pie que vivir de rodillas.
Al día siguiente el presidente liberó detenidos y firmó acuerdos. Luego, fuera de su palacio, siguió con el proselitismo a favor de su partido, hizo un encendido discurso acerca de la sensibilidad social de su gobierno, y sus títeres aplaudieron, sus títeres lo ovacionaron diciendo que no debía ser presidente, debía ser rey.
"Lastimosamente así es la cosa, chamigo", dijo uno de los dirigentes a un periodista, "tiene que correr sangre para que se cumplan promesas, para que nos escuchen". Y luego, en guaraní, agregó: "solo si corre nuestra sangre nos hacen caso, porque en realidad nuestra vida no les importa".
La sangre en el asfalto. En estos años de democradura, como en los años de dictadura, la sangre en el asfalto es la expresión de la gente que lucha por la vida. Las balas y las cachiporras son la expresión del estado. Luego el gobierno y los medios de comunicación apelan al olvido y a la mentira. Pero la sangre en el asfalto de las manifestaciones es verdadera y es como si contara otra historia. Quizás por el mensaje que transmite la sangre en el asfalto, alguien se encargó de borrar las manchas en la vereda y el pavimento del frente de la casa del presidente. Hoy, la COP, al igual que las otras minorías olvidadas de Paraguay, espera caminando, impaciente, una Vida digna, una Vida con pan y techo, una Vida con justicia, igualdad, libertad y esperanza. Una Vida. Mientras tanto, la vida es ahora, hace calor, no hay trabajo, y el estado asesina.
Carlos Bazzano de www.elyacare.org
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