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21 Nov 2008
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Los antiguos, E J Martínez Llenas |
Odio profundamente el calor: convierte mis ciento veinte kilos de peso en una informe masa de gelatina sudorosa de un metro con ochenta centímetros de alto, incapacitada para cualquier reacción. Pese a ello, y debido a mi condición de único trabajador argentino en el Museo de Antropología e Historia de Baja California resulté unánimemente seleccionado como voluntario para desempeñar una misión especial en la patagonia argentina, precisamente en Los Antiguos, una pequeña población cordillerana a orillas del Lago Buenos Aires, en la sureña provincia de Santa Cruz, y más precisamente aún, en pleno verano.
Nunca en mis treinta años había pisado la patagonia, toda mi vida transcurrió en Buenos Aires, pero aún así mis jefes me consideraron idóneo para el proyecto y ahí estaba, a bordo de una camioneta cuatro por cuatro alquilada en Comodoro Rivadavia, y atravesando la árida meseta con rumbo a Perito Moreno, en compañía de los Dire Straits, que sonaban en el reproductor de CD aliviándome en algo el tedioso trayecto.
Ocasionalmente me cruzaba con un camión, un autobús o un automóvil que me hacían señas con los faros y a las que yo, como es de buena costumbre en éstos solitarios caminos, respondía puntualmente. El sol, bien alto en el cielo, era impiadoso; la claridad, enceguecedora, y la infinita recta de asfalto que se abría por delante parecía un charco tembloroso; por fortuna contaba con unos buenos anteojos oscuros y con el aire acondicionado de la camioneta que me resguardaban como madres protectoras.
Me distraía mirando los alrededores: ni una nube en el cielo y nada por ninguna parte; sólo alambradas, vegetación achaparrada y alguno que otro pájaro demente volando hacia ningún lado. Me detuve para poder estirar un poco las piernas. Al abrir la puerta del auto me golpeó brutalmente una ola de calor que me empujó otra vez hacia adentro, como si hubiera rebotado contra un colchón ardiente. En uno o dos minutos, lo que demoré en orinar detrás de la camioneta, ya estaba sudando a chorros; casi al borde de la deshidratación trepé al auto, encendí el aire acondicionado, puse el CD nuevamente y reanudé la marcha.
Sobrepasé Las Heras y al poco tiempo comencé a divisar en la lejanía, como si fueran los azules lomos de antiguos dinosaurios dormidos, las primeras estribaciones de la cordillera. Continué hasta Perito Moreno, donde me detuve a reponer fuerzas con unas crujientes costillas de cordero patagónico asadas en su punto. Tomando un café luego de la comida, aproveché para repasar mi itinerario y hacer unas anotaciones. Debía encontrar alguien que pudiera ayudarme a averiguar algo, cualquier cosa, sobre un esqueleto hallado en el interior de una frágil formación rocosa en la costa de Baja California, cuyo ADN se correspondía con el de la desaparecida etnia Tehuelche o Aonikenk y que tenía una antigüedad de aproximadamente seiscientos años, según los estudios realizados. Suponíamos que la corriente del Niño podría haber ayudado a la migración siguiendo la costa occidental de América y sabíamos que el Lago Buenos Aires (llamado General Carreras en el lado chileno) desaguaba en el Océano Pacífico a través del río Baker, pero también teníamos claro que los indios tehuelches no eran navegantes, sino exclusivamente nómades terrestres.
Terminé mi café, reanudé la marcha por la Ruta Provincial 43 y llegué a Los Antiguos tarde, pero aún de día. Me alojé en el Hotel Argentino, situado en la calle principal, en una habitación en la que ni bien llegar desparramé desordenadamente mis cosas, me di una ducha tibia y donde luego, ya más relajado, me abandoné a la inconciencia de un sueño que no pensaba interrumpir con ningún despertador.
A la mañana siguiente, antes de comenzar mis investigaciones, que no sabía cuánto tiempo me irían a consumir, salí a conocer el pueblo. Caminé por la avenida central y me dirigí hacia el mirador. Desde arriba podía ver las acequias y canales flanqueados por altos álamos que, en filas cerradas, formaban un ejército que protegía los cultivos del incesante y fuerte viento patagónico. El rojo y amarillo de los tulipanes ayudaba a colorear el paisaje de plantaciones de cerezas, frutillas y frambuesas, y contrastaba con el azul profundo del lago, visible a la distancia y poblado de patos y cisnes de cuello negro.
Bajé del mirador y volví al pueblo, buscando la Municipalidad y más específicamente su Departamento de Cultura. Me recibió un hombre mayor, un tal Garrido, que me escuchó con mucha atención, supongo que asombrado ante lo infrecuente de mi solicitud, a la que no supo en principio cómo responder. No obstante se comprometió a hacer algunas gestiones ante conocidos y me aseguró que me llamaría al hotel para comunicarme su resultado.
Pasé el resto del día desanimado, caminando, leyendo y mirando un rato la televisión hasta que, aburrido, cené. Pensando en que quizás fuera más acertado acercarme hasta Río Gallegos, la capital de la provincia, y estando ya casi por irme a la cama, sonó el teléfono. Era Garrido, invitándome a pasar al día siguiente por el municipio para darme un dato que podría ser de mi interés. Como un náufrago que se aferra a cualquier cosa flotante, inmediatamente le respondí que sí, que por supuesto y que muchas gracias por tomarse tantas molestias.
A primera hora del día siguiente y después de un veloz desayuno, me presenté en el despacho de Garrido. Con mucha calma me invitó a sentarme, confirmó mis sospechas con respecto a la ausencia de documentación que me resultara de utilidad, pero luego me devolvió la esperanza al entregarme la dirección de un anciano indio mapuche, uno de los pocos supervivientes de la tribu, conocedor de las ancestrales tradiciones orales y leyendas de su etnia, pero que también tenía recuerdos de los extinguidos tehuelches debido a un antiguo parentesco entre familias de ambos grupos. El anciano se llamaba Gabriel Manquilén y vivía a unos veinte kilómetros campo adentro, en una cabaña a la que se llegaba por un camino rural en muy mal estado pero accesible para mi camioneta con doble tracción. Agradecí efusivamente a Garrido y decidí partir inmediatamente, pero teniendo antes la precaución de pasar por un mercado para comprar algunos comestibles con que obsequiar al viejo indio y ganarme su adhesión.
La apreciación de Garrido con respecto al estado del camino había sido optimista: su estado no era malo, sino pésimo; pero entre golpes, atascos, barquinazos, pitos y flautas, finalmente conseguí llegar, maltrecho pero vivo. Me recibieron agitando sus colas tres perros flacos que, debido al calor, ni ganas tenían de ladrar, por lo que rápidamente volvieron a echarse bajo la sombra del único árbol del lugar, un cohiue, fielmente acompañados por sus inseparables pulgas. Se abrió la puerta de la cabaña y apareció una aborigen de mediana edad, que luego de enterarse del motivo de mi visita y de parte de quién venía, me dejó esperando afuera y entró a comunicárselo al anciano.
Cuando retornó, lo hizo en compañía del viejo y trayendo dos sillas, que acomodó bajo la sombra del árbol, espantando a los perros, que se alejaron malhumorados. Antes de sentarnos les agradecí a ambos por recibirme y aproveché para entregarles mis obsequios: unos salamines, queso, leche en polvo y dos botellas de vino, que aceptaron efusivamente.
El anciano era delgado y bajo, sus manos temblaban ligeramente y una tos seca, superficial y persistente, lo acompañaba como una especie de tic. Tenía el pelo y la barba ralos y blancos como la nieve y la piel de su cara, oscura y coriácea, mostraba infinidad de arrugas profundas que parecían hechas con un bisturí y que se ramificaban en una multitud de pequeñas subdivisiones, como si fueran las nervaduras de una hoja de vid.
Con una voz tenue y aguda me encomendó que le diera sus respetos a Garrido cuando lo viera nuevamente y luego me pidió que le precisara un poco mejor el motivo de mi búsqueda por esos parajes tan lejanos. Le conté lo que sabíamos sobre el hallazgo del esqueleto, su ubicación y su antigüedad, y el desconcierto de encontrar un tehuelche tan lejos de su hábitat. Se quedó pensativo por un espacio de tiempo impreciso y luego comenzó a hablar lenta y pausadamente, relatándome una vieja leyenda Tsoneka, nombre verdadero de los llamados Tehuelches o Aonikenk que transcribí lo más fielmente que pude:
“Mi padre y mi abuelo eran mapuches. Mi abuelo conoció al padre del gran cacique tehuelche Manuel Quilchamal, que descendía de familia de caciques por parte de su padre y de otro gran líder, Orkeke, por parte de su madre. Pero hoy ya no quedan guerreros tehuelches; sólo nosotros, unos pobres mapuches acorralados en reservas cada vez más pequeñas.
En tiempos de los abuelos de los abuelos de los abuelos de Quilchamal, antes de que hubieran caballos en éstas tierras, cuando los tehuelches viajaban y cazaban de a pie, recorriendo las montañas de arriba hacia abajo todos los años, hubo un gran cacique de nombre Ankelen, protegido por Elal, el héroe de los Tsonekas, quien lo había ayudado a vencer a un feroz puma que lo había atacado a traición. Como resultado de esa lucha Ankelen había sufrido una caída en la que se fracturó una pierna, quedando con una ligera cojera, pero con un inmenso prestigio. Envidiosos, los tres espíritus malignos, Maip, el espíritu del frío, Kelenken, el ave de rapiña de rostro humano que bebe las lágrimas de la madres y embruja a los recién nacidos, y Axshem, el que trae el dolor y el agotamiento, y que vive en el fondo del manantial maloliente, odiaban a Elal y a su cacique amigo, y habían hecho surgir desde lo más profundo del lago Ingewtaik Gegogu-numunee, el que ahora conocemos como Buenos Aires, un enorme y monstruoso ser con forma distinta a todo lo conocido, al que algunos de la tribu decían haber visto en el lejano centro del lago y que devoraba a todo el que nadaba o se acercaba a las orillas, por lo que los animales se mantenían alejados y muchos morían por falta de agua y comida. El hechizo había conseguido que ese año fuera especialmente malo y los guanacos escasearan, haciendo que la tribu pasara hambre y los niños murieran al faltarles la leche de sus madres, que tenían la carne flaca y los pechos secos. Ya la tribu había intentado acallar a Axshem arrojando piedras, boleadoras y flechas al manantial apenas éste comenzó a burbujear, pero sin resultado; el mal continuó y se agravó. Una noche de viento Elal le habló en sueños al cacique Ankelen, diciéndole que sólo con un gran sacrificio podría salvar a su pueblo, y que por lo tanto él debía matar al gran ser que habitaba en el lago, para permitir así a todas las criaturas que pudieran acercarse a beber, a crecer y a reproducirse en sus orillas. El cacique despertó con la firme decisión de aniquilar al monstruo y salvar a los suyos y todos los otros seres de la tierra del maleficio de los espíritus dañinos. Le aseguró a su gente que los tiempos por venir serían mejores, y que si no regresaba no lo lloraran, sino que siguieran su camino como hasta ahora lo habían hecho. Luego se hizo acompañar hasta la orilla del lago por el viejo chamán de la tribu; allí se desnudó, tomó su lanza y poco a poco se introdujo en sus aguas. Aspiró una profunda bocanada de aire y se sumergió. Apareció más lejos, volvió a respirar y otra vez se hundió bajo la superficie. Repitió el proceso dos veces más, hasta que de pronto se formó un enorme remolino que levantó una montaña de espuma en el agua y luego, nada; el cacique nunca más volvió a aparecer ni se encontraron sus restos.
Pero el gran jefe tuvo razón y las cosas cambiaron: lentamente aparecieron patos y pájaros en las orillas del gran lago y poco a poco aumentó la cantidad de guanacos, con lo que la tribu volvió a prosperar, guiada por uno de sus hijos que, también bajo la protección de Elal, se convirtió en el nuevo líder. Todos supieron así la verdad: el monstruo había devorado al gran Ankelen, pero a su vez él había sido muerto por el valiente guerrero, que con su sacrificio había salvado a su pueblo.”
Éste fue el relato del indio, tal como lo recuerdo. Me quedé en silencio por un rato, digiriendo los datos que había obtenido. El anciano no dijo nada más, salvo que se sentía agotado por el calor y la conversación, y que deseaba entrar a su cabaña para recostarse a descansar. Llamó a la que, según me enteré en ese momento, era su hija, se despidió de mí con un apretón de manos y se marcho apoyado en ella, rengueando lentamente.
Subí a mi camioneta y regresé al pueblo por el mismo infernal camino por el que había venido, sin poner música y pensativo, concentrado sólo en la conducción. Me oprimía el pecho una rara sensación de inquietud, que me molestaba porque no conseguía asignarle un claro motivo. Entré a mi habitación, me duché y me cambié de ropas para ir a cenar. Después de tomar una infusión me fui a dormir. Tuve un descanso desapacible, con múltiples sueños en los que aparecía el viejo indio, caras fantasmales de espíritus ya olvidados, niños muertos y la pierna fracturada del cacique.
Me desperté tarde, agotado por las imaginarias batallas que había librado en mi cama durante la noche. Resolví poner fin a la investigación: no encontraría nada más; no habían registros ni testigos, fuera de ese pobre y viejo indio que ya me había contado lo poco que recordaba de sus ancestros.
Jamás estaría en mis manos obtener las pruebas necesarias para certificarlo, pero era muy posible que en la conjunción de esa antigua leyenda con una serie de hechos conocidos en la actualidad estuviera escondida gran parte de la verdad de lo sucedido: el Lago Buenos Aires es tan profundo que hay algunos sectores no bien medidos, alberga salmónidos enormes y desagua en el Océano Pacífico por medio del chileno Río Baker; las corrientes marinas ascienden por la costa occidental de Sudamérica hacia el norte y llegan casi hasta California; hay una leyenda que relata que alguna vez hubo, antes de la llegada de los europeos, un cacique que desapareció bajo las aguas del lago en forma misteriosa; y finalmente, el hallazgo de un esqueleto en Baja California, que era de un tehuelche y que, significativamente, tenía una pierna con una vieja fractura consolidada.
Pero lo más curioso e inquietante, que me hacía dudar de mi cordura y de creer en ésta hipótesis para transmitirla a mis superiores, era que mi mente no hallaba una explicación racional satisfactoria para las otras marcas que tenía el esqueleto descubierto: unas enormes y desgarradas muescas que mostraban los huesos de la pelvis y varias fracturas de las últimas vértebras lumbares, producidas por algún ser desconocido, de enorme tamaño y cuya impronta dental no figuraba en los registros más fidedignos y actualizados de todos los animales marinos que habitaron las aguas del planeta en los últimos miles de años.
Enrique Jorge Martínez Llenas
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