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Escribir: Cuerpo o el triunfo del falso pretendiente Leopoldo María Panero
Ha sucedido. Ha sucedido todo, desde un principio, en un sentido inverso del acontecimiento. En el sentido de la exclusión, de la reducción (de una pregunta a una respuesta, la del sentido común, una respuesta chata y de una sola cara, que al no reenviar a otra pregunta –como hace fatalmente toda respuesta- a no ser que obturada por la mala fe, acaba ignorando la referencia de la que nació, acaba no dando respuesta). No podía ser de otro modo. La ideología sólo tolera la paradoja como no-ser, y para ello se sirve de la ironía, liberalismo mediante el cual se niega lo que en apariencia se acepta (una risa entre dientes). Para reducir la paradoxa a su pobreza constitutiva, el homo normalis emplea otros medios: estos son sus historias, sus novelas, o la palabra ‘vida’ a través de la que se otorga al movimiento vital una única dirección, la del buen sentido (lección ésta que es siempre triste, por la castración que opera –del otro sentido, de la otra dirección); moraleja, o el antagonista del cuento. Tales novelas tristes son: había otro, otro como tú, que tambien… (el propósito más firme del sentido común es reducir la singularidad al valor I, único que éste reconoce). Quiere decir: la historia se repite, siempre en función de negar el acontecimiento (tambien las ‘historias tristes’ que Goffman-Asylumns observa en el habitante del hospital psiquiátrico o la cárcel, tienen por objeto abolir la singularidad de quien las relata).
La función clara de la historia, y de la sociedad, ha sido hasta ahora la de, por medio de la identidad y del trabajo, negar el acontecimiento, la sexualidad sin historia, la sexualidad que destruye y borra las identidades, la memoria y que por consiguiente y contrario de lo que Reich decía (Reich se refería a una sexualidad netamente capitalista, a la que sólo la imposible posibilidad del orgasmo otorgaba el sentido de la aventura, que es siempre en la otra dirección), y que por consiguiente incapacita para el trabajo, para la sociedad como conjunto de yos incomunicables, (por cuanto son yos-cf. Klossovsky), para la reticencia que constituye la conversación ordinaria, que sexualidad nos hace desaprender lo que sobreentendíamos (la voz de la altura) esa minima bisagra que articula proposiciones y cosas según las leyes feroces de la moral, esa bisagra que constituye la referencia oculta del rodeo o la indirecta: significa, negación de la vida, en nombre de cualquier nombre, en nombre de cualquier moral, ya sea esta la moral de la realidad (que es la moral de la ciencia): significa, negación de la vida en nombre de algo que se sobreentiende, que no es nunca explícito, que aplasta sin necesidad de desenvolvimiento ni explicatio: cada uno, pues, a su rollo, cada uno a ser cada uno, esto es a no ser en un complicado juego de presencias y de ausencias. Los refranes están llenos de esta atroz ‘sabiduria’ o ‘experiencia’, que no hace sino racionalizar un mundo (entendiendo por esto la realidad alienada por el hombre, o por una cierta configuración del lenguaje) que le ha precedido, y del que él no puede ni quiere saber nada (esto es la ‘peste emocional’). Así, ‘cada mochuelo a su olivo’ nos vuelve a imponer la más pesada de las cargas, nuestro yo de mochuelos, balanceándose en un árbol seco a la noche, del lenguaje al inconsciente.
¿No saben estos que el yo ha muerto?
Nadie se extrañe pues, si digo que, a pesar de toda su aparente simplicidad, llaneza, inocencia si la confundimos con tener sólo una cara, sólo una vida, etc. (y este y no otro es el sentido de la pureza), si a pesar de ello temo a los refranes. Y ello no porque se deduzcan de la ‘masa’, sino por todo lo contrario, por cuanto remiten a la identidad.
Porque no saben que el yo ha muerto. Porque toda su aparente concreción y rotundidad está al servicio de un fantasma, cuya muerte haría posible otra realidad (es decir, la realidad devuelta a su propia estructura, no alienada por el hombre o la palabra).
Así pues, todo mos, toda costumbre nos devuelve a nuestro yo, por lo que nos en-ajena.
Una identidad configurada principalmente por el trabajo (seré aviador).
De ahí, de esa función negadora del acontecimiento de la historia, que esta efectúa al separar la acción de sí misma (por el trabajo) y del conjunto de la acción (por la división del trabajo: la frontera está sobre todo entre trabajo manual y trabajo intelectual), de esa función se deduce el nombre, dado por Marx a esa historia, de prehistoria de la humanidad (entendiendo este último término en un sentido paradójico).
¿Qué significa pues, la fórmula hegeliana de la ‘libertad es el crecimiento de la necesidad’?. Significa que, lentamente, hemos ido desenvolviendo la red del significante en la que nos hallábamos enajenados, y que, en el momento en que esta ‘tarea de hoy’ (cf. Deleuze, logique du sens, elaborar el sinsentido es la tarea de hoy) haya concluido, nos serán dadas, súbitamente, las llaves del infierno. Pero para ello no sólo es preciso que nos cuidemos de hacer surgir a la conciencia lo que el inconsciente colectivo ha producido, sino sobre todo, de procurar que esta labor teórica se inscriba sobre los cuerpos. Este es el significado de la bastamente llamada contracultura, que lo que importa ver en ella es cómo se extiende la grieta, y cómo la teoría se transforma en fuerza material, a la vez que en algo distinto a símismo, cuando penetra en las masas.
¿Qué es pues el proletariado? Algo que aún está por constituir, de ahí la vaguedad que acompaña actualmente a esa palabra. Sin duda es la clase de los desposeídos, de los que la realidad no tolera, considera sacros como el excremento, de aquellos que sólo figuran en el orden social a condición de ser negados, y cuya presencia, por consiguiente, en el marco de este sistema, implica la necesidad de la liquidación de este sistema, en suma la clase de quienes nada tienen que perder (nada poseen: ni familia, ni identidad, ni cuerpo, ni lenguaje, ni cualquier otro significante que pudiera operar un efecto transitivo sobre el mundo: por ejemplo, dinero, propiedad privada). Ahora bien, la presencia de esta clase es aún problemática, está teñida de ausencias.
Definir a esta clase por el trabajo, sería recaer en el círculo vicioso de la moral, y traicionar de antemano a la revolución. ¿No sera más bien, la clase ociosa’.
En cualquier caso, la definición ha de ser, como la del inconsciente, negativa, a deducir de una síntesis de disyunción (enfermo mental, negro, el llamado ‘joven’, la mujer –todos ellos, como explicitó Reich- el psicoanálisis aplicado a la investigación política no-propietarios, el pervertido o más bien el perverso, etc.) ¿No es el burgués, en efecto, quien mediante la acción de su estigma nombra al proletario y comienza así el largo proceso que acabará convirtiéndose en ‘clase para sí’?.
Definimos pues, al acontecimiento, a la revolución, como lo imposible que se reproduciría en ausencia de las defensas que lo posible ha instaurado: ‘Sólo en el instante del silencio de las leyes estallan las acciones enormes’ (Sade).
Lo que significa que la ‘grande politique’ no es en modo alguno la política de lo posible, una vanguardia exterior a la clase obrera que redistribuye en su seno los ideales burgueses (Lenin), sino más bien enfermedad, infancia, Rosa Luxemburgo.
En efecto, lo llamado imposible no es sino aquello que este contexto hace aparecer como tal, pero que podría ser posible en otra distribución de las posibilidades, y es por ello que se habló de ‘imposibles reales’.
Hacer posible lo imposible, otorgar a un sinsentido su propio contexto, en el que no aparece como tal, he aquí la ‘tarea de hoy’.
Ya cuando lo imposible se hace cuerpo en una imagen, en un sueño, se empieza a amenazar el orden existente.
Sólo nos falta entonces que el ‘loco persevere en su locura’ para que América, la profecía de Blake, el teatro integral de Oklahoma, la Bizancio de Yeats, escritura que es resonancia de mi carcajada se haga terriblemente cierta. Para que las letras se fundan en los cuerpos, que es el sentido del apocalipsis. Para que advengan, no ya tolerados como románticos no-ser, ‘literatura’, sino reales y potentes, fantasmas que el lenguaje elaboró, como ‘amor’ o ‘vampiro’, que hasta hoy desplegaron sus alas en superficies desiertas, resbalaron, iguales a la piedra de Sísifo, a lo largo del glaciar inmenso.
Este es el sentido de la profecía de Artaud: la palabra será cagada, etc. Y esto es también lo que podría definirse como paradoja de Artaud, apocalipsis o capítulo final de una lógica del sentido.
Paradoja que nos remite a una nueva y más terrible: la parardoja de la muerte de Dios; porque, qué significa en efecto que se fundan las dos caras del espejo, sino que estamos creando a Dios?
Lo que podría definirse como paradoja del 2 + 1 = 3, o paradoja de Blake.
Pero siguiendo con Artaud: es pues en ‘el verbo se hizo carne’ donde se localiza nuestro aullido, nuestros gritos-soplo, nuestra palabra acción, como se funda Carnaby Street, modernidad o ‘potencia del simulacro’ (Deleuze, Renverser et Platonisme), ‘triunfo del falso pretendiente’.
¿Qué hacer, en efecto con un lenguaje que remite al silencio?
¿Y qué era el silencio sino la fisura en un contexto a través de la cual se deslizaban los indicios de otro lenguaje?
Un lenguaje en el que las palabras ‘amor’ o ‘vampiro’ no aparecían ya como sinsentidos, como lapsus linguae, ya no como no-ser u olvido de la lengua, sino como recuerdo de otra.
Qué hacer, pues, con ese lenguaje: comerlo, devorarlo, QUEMAR A KAFKA, ya que estas nunca son las palabras (como os diría Humpty Dumpty). Por cuanto el lenguaje no podrá alcanzar la verdad que siempre le ha eludido si no es a través de la muerte, de su derrumbamiento sobre los cuerpos.
Esta necesidad del lenguaje de morirse para alcanzar su verdad es lo que constituye al ‘maldito’, la figura de la modernidad por excelencia, la única posibilidad actualmente de escritura (y esto no por razones de emoción, sino de estructura).
Nombres para llenar esta casilla supernumeraria: Malcolm Lowry, Scott Fitzgerald, Artaud, Jimmy Hendrix o la música como experiencia, como efecto transitivo.
Evitar pues, no sólo la interpretación de un texto, sino incluso su contemplación, su lectura: este es el significado terrible del lema ingenuo: il faut pratiquer la poésie. Lo que en pintura significa abolir el cuadro, lo que en teatro se representa como teatro de la crueldad, equivale siempre a un unívoco: lo diverso, lo otro, plasmándose en lo mismo, esto es el fin. Lo que escondía la palabra ‘arte’,toda esa memoria de eminencias que constituye su ‘historia’, o más bien la historia de su ocultamiento, eso sale a la luz, proclamando la noche, en esta vanguardia cuyo sentido recoge la profecía de Artaud (la palabra será esculpida sobre la mierda).
Más que interpretar conviene así desenrollar la obra de arte: transformar ese sentido en una significación que sólo puede ser como cualquier sentido significado, como cualquier efecto de una terrible boda, destructora, revolucionaria. Explicatio (desenvolvimiento), no interpretación. La explicatio no castra el sentido por el significado, sino que hace a este doblemente potente, dotándole de significación, de LSD o de lógica del sentido.
La obra de arte, pues, ya no será inútil: ayudará a destruir la realidad.
Hemos de averiguar que las cosas no son instrumentos, que una ventana puede no ser una ventana, y que sobre todo, puede no ser en absoluto humana; o peor aún, lo que constituye la paradoja del discurso inconsciente: que esa ventana, pese a no serlo, puede, al desprenderse de su forma humana, desvelar una estructura propia, el lenguaje de las cosas, el discurso del inconsciente.
Sería demasiado fácil definirlo como el lenguaje de los animales. Nosotros iremos más allá haciendo hablar a las piedras.
Porque, ¿qué sucedió en esa piedra, que fue allí de Lulú?. Lo que sucede en la piedra, la muerte de Lulú (o bien su enfermedad, su prematuro envejecimiento…) no es sino el acontecimiento mismo. Lo que sucede en la piedra, lo que sucede ‘al borde de la grieta’ es la materia de ‘cuanto de estrepitoso sucede’ (Deleuze, LSD, Porcelana y Volcán). Me refiero a lo que sucede en la piedra que resbala y cae inmensamente hacia abajo, hacia el reino de la profundidad y de las mezclas. Piedra, o goma, o cierto fugitivo. Lo que sucede en la piedra.
¿Qué significa, pues, ‘aquí no ha pasado nada’?. Significa que hemos hecho algo peor que asesinar a un sin palabra en la cuna, significa que hemos reprimido aquello que haría explotar el tiempo, y que daría una feroz sorpresa al sucederse de las estaciones (sucederse al que como dijo Rimbaud ya no pertenecemos, ‘lejos de los hombres que mueren en las estaciones’) –ya no pertenecemos a la malla, o maya, quiere decir. Significa que no se ha producido el objeto de nuestra espera. Godot, y esto quizás en función de nuestra misma espera, de nuestra vigilancia.
Significa también: lo que sucede en la piedra, esto es, el acontecimiento puro.
Pero, ¿en qué se diferencia el acontecimiento, en el que nada pasa, del ‘nunca pasa nada’, de la realidad española, por ejemplo, en la que se mima es la muerte (porque qué otra cosa significa ‘negar la vida’, o el ‘espirítu del teólogo), el dominio, como decía Marx, de nosotros por las cosas muertas, que diferencia la vida de esa repetición compulsiva de una nada o muerte quees la vida moral (‘esta vida’), esto es la vida que transcurre mediante un yo en un tiempo no-paradójico, diferente del tiempo einsteniano y en mundo que no es conjunto de singularidades (suma infinita), sino distribución de Lo Mismo en jerarquía de singularidades (suma infinita), sino distribución de Lo Mismo en jerarquías de identidades. Cómo acontece, cómo no acontece: sería sincronicidad (el principio de la magia según Jung) contra identidad. Lo que acontece, nunca acontece solo: no es ya que siempre haya necesidad de un público para una borrachera, sino que es imposible emborracharse solo, porque la borrachera nunca es cosa de uno mismo (ver en Proust borrachera e infinito juego del espejo).
Un conjunto de singularidades es otra cosa que un conjunto, ya que se abre, se desdobla en cada una de ellas, es un conjunto anormal (partido comunista).
Organizar el sinsentido quiere decir también crear sus órganos (comunas o soviets).
Significa también ‘habrás guerras como nunca las ha habido’, una revolución mayor que la revolución (inconmensurable con respecto a un modelo cuantitativo de revolución), un combate final en el símbolo del hermafrodita.
Significa que el fin del mundo se está inscribiendo, lentamente, en estas páginas, hechas para agrietar conciencias, para llenar de agujeros las almas, cortes en la carne –o lacre en las heridas, estas páginas escritas sobre una conciencia que explota.
Estas páginas como camino hacia la nada
ABOLIRÁ
¿Qué significan ‘los crujidos del fin’ (la palabra cópula con la cosa, con la mantis); qué significa preparar la crisis, el acmé final?
SIGNIFICA: LA MUERTE DE LA SIGNIFICACIÓN
(peor aún que la muerte de Dios).
Ahora bien, ¿qué renace de esos escombros, qué nuevos significantes se deducen de la explosión, qué nuevo sonido representa el disparo en la sien, o el chasquido de una cabeza sobre el patio de la cárcel?: abolirá.
Y qué sería del ‘suicidio al revés’, el anagrama del suicidio, la nota que nadie dejó escrita, sino el asesinato del mundo (así Steckel, Psicoanálisis del suicidio y los intentos suicidas).
O bien, contra-efectuar el suicidio.
La nota que nadie dejó escrita:
ABOLIRÁ
Un suicidio al revés es el Crimen Perfecto
(Deleuza: ‘crimen perfecto, verdad eterna, esplendor real del acontecimiento’).
Esto significa, la escritura en manos del proletariado: una escritura que, al inscribirse sobre los cuerpos,
abolirá…
Se supone que entonces (fragmento del diario de Jonathan Harker), la palabra ‘amor’ volverá como un ‘vampiro’ (‘revenant’) sobre las superficies asoladas…
abolirá
Un pelotón de ejecución. Se dibuja, poco a poco, lo mismo que lentamente se inscribe sobre el paisaje una bandada de buitres, o que los tiburones componen, en el mar, su amenaza en forma de triángulo,
la paradoja final de la alquimia: abrir el vaso
sus siluetas sobre el muro blanco del castillo: alguien de rostro oriental, da la orden, disparan dos veces, tres, los cuerpos caen sobre las palabras
entramos en la casa abandonada, recorrida por viento, donde yace la muerte Lulú. Sus iniciales, LSD, sobre su pecho crece una muñeca, alguien riega, de rostro oriental…
por fin, detrás de las figuras blancas, llega el carruaje:
-¿Es Vd. el invitado del Conde?
¿Y hacia dónde, en qué sentido me conduce?
Jusque là où la reorghe est à rouarghe a rangmbde a rouarghambde.
del libro "mi cerebro es una rosa". ed. roger 1998 DE L.M. PANERO
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