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09 Jan 2009
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Poemas de JM Fonollosa
Poemas de JM Fonollosa
 


 
 
   
 
 

No a la tranmigración en otra especia.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.

Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechaza otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.
 
 
 
 
 
 
 

Si multiplico un número infinito
por sí mismo y por su equis consecuencia
y busco el porcentaje normativo,
su probabilidad resulta cero.

Si utilizo guarismos agrupados
y elevo a una potencia progresiva
su enraizamiento en límites precisos,
su probabilidad resulta cero.

Si analizo en el cálculo a dos unos
sumados o mezclados o acostados,
salvo alguna excepción en este caso último,
su probabilidad resulta cero.

Si aislo una fracción -un ser- e inquiero
si así, si éste, es el modo de lograr
esa felicidad que ansía y busca,
la probabilidad sigue en el cero.
 
 
 
 
 
 
 
 

Yo quiero que tú sufras lo que sufro:
aprenderé a rezar para lograrlo.

Yo quiero que te sientas tan inútil
como un vaso sin whisky entre las manos;
que sientas en el pecho el corazón
como si fuera el de otro y te doliese.

Yo quiero que te asomes a cada hora
como un preso aferrado a su ventana
y que sean las piedras de la calle
el único paisaje de tus ojos.

Yo deseo tu muerte donde estés.
Aprenderé a rezar para lograrlo.
 
 
 
 
 
 
 
 

El ser más importante de este mundo
soy yo. Lo ignoran todos todavía.
No se asombran si paso al lado de ellos.

Si condesciendo a hablarles no se inmutan.
Doy pistas mas no aciertan a seguirlas.
No saben quien soy yo. Aún no lo saben.
Se maravillarán al descubrirlo.

Para mí se hizo todo: aviones, coches,
los yates, las mujeres, los palacios...
Si advirtieran quien soy, me lo darían.
Pero lo ignoran aún. No hay que culparlos.

El ser más importante de este mundo,
ése soy yo. Aún no lo sabe nadie.
No importa. Lo sabrán todos un día.
 
 
 
 
 
 
 

No me gusta quién soy ni cómo soy.
Quisiera en verdad ser alguien distinto.
Liberarme de mí, del yo que ostento.

Vivir en una vida como aquellas
que uno advierte que admiran una flor,
un ave. Incluso a un ser humano a veces.

Me cambiaría al punto por aquel
capaz de sonreír a un nuevo día.
Desearía no ser mi yo más tiempo.
 
 
 
 
 
 
 
 

Nunca acaba esta noche. Nunca acaba.
Ya pasa poca gente por la calle.

Todos duermen, malditos, y descansan.
Las ventanas, los párpados cerrados,
reposan a su vez en las paredes.

Sólo yo voy sin rumbo por la calle
seguido por el ruido de mis pasos.

Todo parece estar en paz, tranquilo,
con la preocupación diaria arrojada
a un rincón, como ropa que se ha usado.

Y no acaba esta noche. Debería
llegar en este instante el fin del mundo.
 
 
 
 
 
 
 
 

Sé que por fin has vuelto a la ciudad
en un suntuoso coche de gran lujo..
La gente pensó en mí. Yo la maldigo.

El coche se detuvo ante tu casa,
pero tú no bajaste, no. Vino alguien
a buscarme, mas yo no quise verte.

El coche iba despacio por la calle
dejando tu recuerdo en cada puerta.
Tu cuerpo lo dejó en el cementerio.

Tu madre me miró. Yo la maldije.
Has vuelto a la ciudad porque estás muerta.
Pero yo iré a escupir sobre tu nombre.
 
 
 
 
 
 
 

Yo no tengo enemigos. Si me dicen:

-"Aquellos extranjeros enemigos"-
yo veo únicamente a muchos seres
sencillos, como yo. Con uniforme,
como yo. Con fusiles, como yo.
-
Que piensan, como yo, en cosas corrientes:
el beso de una madre, novia, esposa;
un vaso de cerveza al mediodía;
el hogar, el trabajo, los amigos...

Y esa pizca de amor que de repente
hallamos extraviada en una esquina.

Yo no tengo enemigos. Si me dicen:
-"Mata a los extranjeros enemigos"-
yo no sé a quién matar. No lo son ellos.
No son mis enemigos. Soy como ellos.

Si a alguien he de matar es al que ordena
matar a los que son como yo mismo.
Quien quiere que me mate en otra efigie.
Quien quiere que me muera en otra muerte.

Quien es, si obedecemos, poderoso.
 
 
 
 
 
 
 
 

No al árbol, no a la nube, no a la estrella.
No al amor, amistad, hoy... No al mañana.
Qué gran liberación de servidumbres.
Maldita vida tanto a mí aferrada.
 
 
 
 
 
 
 
 

Antes que yo lo han dicho muchos otros.
Antes que ellos lo dijo ya otra gente.
Y lo mismo dirán otros más tarde.
Uno se torna humilde y se da cuenta.

Cuanto yo pienso, siento y me sucede
es como piensan, sienten, les ocurre
a los demás que pasan por mi lado.

Es el gozo y dolor de la existencia
que entra en todas las mentes de improviso
como un tímido arroyo o gran torrente.
Gozo y dolor antiguos que percibe
cada uno cual si él solo descubriera.

Otros ya lo pensaron con sus escritos,
con música, colores o con cámaras.
Y lo hicieron mejor o lo harán luego.

Pero uno sigue hablando de esas cosas,
ya no por lograr algo: por costumbre.
Porque ha de entretenerse de algún modo
mientras gasta su vida. Tan inútil.
 
 
 
 
 
 
 

No quiso comprender que había acabado.
Se cansa hasta la rosa de ser rosa.
Se cansa la botella de su vino.

Esperaba en la calle cada noche
que saliese al balcón y la llamase.
Entonces traje a casa otra mujer.

La sacaron del río un mediodía
cuando el sol sudoroso caminaba
pegándose a la sombra de las casas.

Tumbado en la colina vi su entierro.
Y me sentí tan leve y descansado
como esa nube ociosa de la tarde.
 
 
 
 
 
 
 

Con unas herramientas anacrónicas
no es posible un trabajo muy bien hecho.

Decidíos a usar las nuevas técnicas
y echad a la basura el alfabeto.
 
 
 
 
 
 
 
 

Cada uno habla de sí mismo hasta cuando
aparenta tratar de los demás.

Molesta y desanima ver que todos
se ocupan sólo egoístas, de su "yo".

Es como estar rodeado de semáforos
rojos constantemente. Sin luz verde.

No hay modo de que escuchen lo que digo
cuando me acerco para de mí hablarles.
 
 
 
 
 
 
 
 

Un paso, sólo un paso, más allá
de allí adonde llegó quien fue más lejos,
me será suficiente en el comienzo.

Para ser el mejor me bastará
arrancar y situar más adelante
el hito que señala el actual límite.

No acepto tan siquiera el igualar
la meta conseguida por los otros.
Tengo que superarla. Y sé que puedo.

Pues siento en mi interior que soy capaz,
aunque no lo parezca en este instante,
de alcanzar, si me esfuerzo, el horizonte.

Por ello y porque sé que los demás,
los que me precedieron, se quedaron
a una enorme distancia de esa zona,

un paso, sólo un paso, más allá
de allí adonde llegó quien fue más lejos,
me será suficiente en el comienzo.
 
 
 
 
 
 
 
 

Os prohibirán un día conocerme,
saber de mí. En prisiones silenciosas
me aislarán con los otros: los malditos
que antes que yo y después hayan expuesto
su verdad sin temor. Sinceramente.

Dirán que soy un ser insolidario,
asocial, pernicioso a la salud
de la mente oficial de aquel momento.
Que la euforia, el estímulo, el placer
de vivir -lo importante- en mí es hollado.

Pero alguien hallará siempre la llave.
Penetrará en la cárcel que me encierre
y buscará entre sombras mis palabras.
Y reconocerá que hablo de él mismo,
de su fracaso, el mío, del de todos.
 
 
 
 
 
 
 
 

Pero la voz volvió - corriendo por mis venas
como un ave graznando - buscando liberarse
desgarrando armonías - de su alargada celda
la voz era obsesiva - urgía feroz mátala
se agitaba impaciente - con cálida exigencia
mas yo urdía rechazos - y así me confortaba
y al repudiar la idea - la admisión de esta
idea
la voz se amortiguaba - era algo realizable
podía dominarla - bastaba decidirme
probé tomé el cuchillo - escondí tras mi
espalda
con determinación - el acero cortante
y aparté el duro filo - sin temblarme la mano
repeliendo el impulso - y cercené la voz
sin usar la violencia - que tanto me dolía
que hasta me daba náuseas - al ver brotar
la sangre
y recobré la paz - me sentí ya tranquilo
y apareció el silencio - colmado por el gozo
como un fluyente río - sembrado de luceros.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Yo acepté a la mujer. Sí. Me gustaban
sus manos ocupadas en mi cuerpo,
sus labios ocupados en los míos.

Le hice sitio en mi cama y en mi casa.
Le entregué cada mes todo mi sueldo.
Yo acepté a la mujer, pero no al hijo.

Le odié siempre a pesar de sus cinco años.
Tenía las facciones de su padre.
Mi mujer le miraba con cariño.
Era el rostro del padre el que miraba.
Mi mujer le besaba con cariño.

Era la faz paterna que besaba.
Ella le acariciaba con cariño.
La cara paternal acariciaba.

Hoy he llevado al niño tras la casa.
Cogí su cabecita entre mis manos
y le deshice el rostro contra el muro.
 
 
 
 
 
 
 
 

Me niego a hacer sonetos. Su estructura
-dos anchos ataúdes de cuartetos
y otros dos más delgados de tercetos-
los muestra adustos, serios de figura.

O semejan barrotes de una dura
prisión de endecasílabos sujetos
por rimas consonantes; obsoletos
modelos del rigor. ¿Poesía pura?

Mayormente son versos preparados
a medida del molde y presentados
con un burdo remedo de la música.

Abjuro de sonetos donde sobra
o falta espacio para expresar la obra
en su justa extensión, la exacta, la única.
 
 
 
 
 
 
 

Tienes que decidirte. Yo no puedo
ir dejando pasar todos los coches.

El tiempo cuenta aprisa la existencia.
No se detiene, duda y retrocede.

Es ahora la ocasión. Si tardas mucho,
acaso cuando llegue el beso tuyo
mi boca esté ocupada en otros labios.

Entonces no valdrá que me supliques.
El deseo de ti se habrá marchado
y el deseo no vuelve una vez ido.

Ahora que te rodea mi deseo,
como un fruto que envuelve su semilla,

tienes que decidirte. En este instante.
El tiempo cuenta aprisa la existencia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Bibliografía:

"Ciudad del hombre: New York", Ed. El
Acantilado.
"Ciudad del hombre: Barcelona", Ed. DVD
Poesía.
"Poetas en la noche", Ed. Quaderns Crema.

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