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05 Jul 2008
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Por el tunel del tiempo, Héctor J. Cediel
de , Héctor J. Cediel



Creí que podías morir en el delirio. Sentía a la pasión, desgarrándote con sensaciones alucinantes que estremecían tus prevenciones, y hacían jirones tus sentidos picados por el deseo; perdías la noción del tiempo, delirando en períodos de duración sin memoria y sin la más mínima cordura; como una avalancha llovida de fuego o una serpiente erecta ardida, te devoraste hasta el último aliento de mi gozo, abandonándome sobre el satín blanco de la playa, como el cadáver trasbocado de un náufrago, hastiado de beber estrellas y sueños. Apareciste como esas caminantes extrañas, que parecen ir hacia el mismo rumbo y no son sombra, pero que de un momento a otro, desaparecen entre el sueño que se borra y la fantasía que brota como una esperanza.

Te desnudaste de todo lo que te hacía imposible, para sentir de las manos de mi piel: El escudo invisible de las galácticas amazonas, la armadura romana,  tu espada espartana y la daga samurai. Te abrazaste como un sueño calidoscópico, al multicolor de los espejos; para vivir con pasión, lo que pudo ser una bella historia de ardoroso ímpetu y tierna de afecto; y fuimos todo: aire, mar, tierra… ¡fuego!, englobados en el cariñoso abrazo; hasta nos subimos a bordo en el letargo de la misma nave, que va dejando una estela de recuerdos como los versos de un bolero, interpretado por las cuerdas de una guitarra; semejantes a los despojos de un carnaval, después de la demencial juerga y escandalosos alborotos. Tu nombre es el único testimonio que conservo, que fué cierta tanta demencia del frenesí y de esos instantes primaverales; recuerda que hablamos de sembrar un árbol, para mantener joven y vivo el sentimiento en el silencio discreto de la memoria. Es hermoso despertar con tu nombre sobre los labios, como la canción de una rosa en llamas.

La caricia penetrante y subterránea de tú mirada, despertó con la exclamación de un grito mis sentidos. Me entregué a merced de los mimos de tus besuqueos, tibios y húmedos conquistadores; irreverentes buscadores de la fuente de mi sensibilidad; guiados por la mano de la demencia, bien o mal intencionada, hacia la intimidad de los lugares más secretos; disfrutamos del orgásmico brebaje, extracto de pasión y amor, como los cristales afrodisíacos, del aroma carmín de nuestros cuerpos. Amanecí con el recuerdo tibio, pegado a mi piel. Sentí como si hubieses amanecido, abrazada a los deseos y sueños de tu oasis. Entre el rumor del monstruo que se levanta, escuché el susurro de un nombre, de una asombra que desearías haber bautizado con mi cuerpo. Los capítulos del destino, nos deparan sorpresas poco imaginadas; sin embargo, nuestros nombres estaban grabados sobre la piel de nuestras vidas. Vivíamos con pasión el ahora, hasta saciar el fuego que nos recorría como la llama azul de los candelabros; sin el amargo en los labios, como las arenas de los arpegios o de las estrellas del corazón. Nada es fortuito ni circunstancial, si nuestros pasos andan descalzos, sobre la bitácora que será nuestra historia. No podíamos huir de nuestro destino, ¡simplemente fluir sobre la piel de nuestros sueños!.

Me despertó el grito de la angustia que se pavonea con su geometría, como la metáfora de un crepúsculo. De nuevo la zozobra me recorre, como el sueño de una roca que se dibuja, de ese mar que olfateo como un fruto casi religioso. No sé que rumbo tomar dentro del bosque, como el pájaro que persigue en la enmarañada noche, el futuro de sus sueños. Eres la luz que rasga las sombras, que hiere con relámpagos los patios de la niña. Un mar de dichas ocultas, alimenta los relinchos de la bestia. Toda mi felicidad esta en tus manos: en los cañaverales que otros no ven; en la imagen ciega que nos aleja, de la cordura de las piedras, que cantan como ángeles. Mi sentimiento es tierno e ingenuo, como las sensaciones de una caricia íntima; que no se detiene hasta despertar nuestro cuerpo, para que gocemos el tiempo que se avecina; como una invasora incorregible, como las monedas fosforescentes que pujan, por la escarcha de las mujeres. Merlín no duerme, como el fuego de las rosas; o el mármol que desangra el halcón, sin la más mínima  compasión.

Apaga los tizones con tus besos, para que se de el milagro de la tormenta en la caverna. Si quieres, piensa que solo deseas mía, para que se esparzan las campanas ciegas, como naves que inspiran los gritos de los ángeles. Sé que estamos unidos por el destino; abandonados en los matorrales movedizos, que nos encierran con sus llamas invisibles, en el soñado mundo. Nos pertenecemos como los esclavos, para sentir y ver, lo que otros no ven ni sienten; somos el uno al otro, abrasados por la sed y el fuego de nuestros cuerpos; invadidos por las palabras que encantaron a nuestros ojos biológicos. No intentemos imitar, a ningún amor vivido; aleja de la memoria milenaria, el insomnio del pájaro que delira, dibujando espumas azules sobre los bosques del vientre agitado. Tampoco callemos por temor, todo lo que sentimos, como flautistas alucinados por la desgarbada sangre que se desliza. Sé que no somos indispensables, como las palabras inútiles de las mujeres oscuras, que se creen insobornables por la rosa; ¡ni una sin razón, ni un accesorio para lucir cual bisutería, afectan la lucidez del rostro! Simplemente dejemos ser todo lo que sentimos, como las leyendas ebrias y de mal agüero del amoroso ajedrez. Apaga los tizones, para limpiar las cenizas de las delirantes arenas, contorsionadas por el vigor del paisaje.  Todo lo que siento por ti, son leños para ese querer, que ya no se imagina sufriendo hasta el alba; como la sal impetuosa de los abrazos edénicos, y sin ti, para disfrutar de la magia encantadora de lo sucio. No pienses cuanto nos queremos, ni nos defendamos de las imágenes de los espejos. ¡Amémonos simplemente como corazones de roca o la lluvia de la música.

Sientes como si la primavera hubiese pasado, azotando violines de agua, desde hace más de una vida por tus manos. Observas con estupor al desencanto, reinventando la marcha sobre el día y la noche. Solo recuerdos fugaces, de la piel quemada como el papel por el tiempo; recuerda de esos momentos, como se le cerraban las puertas al fuego, para que te pudieras adelantar, una jugada a la tormenta. Contemplas sin esperanza, los ojos desnudos del desmesurado mármol; ves esfumarse a los días, encantados por el esplendor de las voces, de la lluvia que comienza. Desde la orilla del viejo muelle, hablo con el silencio y el impávido aroma de las estatuas, que inventa el granizo. Me ahoga una nostalgia inmensa ¡gigante!, a la  que le dedico las metáforas de mi alma desnuda. Nunca volví a recibir noticias de tu vida, después que las luces guerreras, me atraparon en la soledad. Poco a poco, fui recibiendo devueltas mis cartas, como si hubieses desaparecido, dentro de un gran óleo para vivir en ninguna parte, como los ríos cuando se cansan de ser lago. Estoy preso entre estas maldecidas paredes; endurecidas como las puertas del cielo, a las plegarias de los quemados por las llamas del destino. Vendí mis alas, mis sueños ¡hasta la última ilusión!. Sueño para olvidarte como los pájaros invisibles que pasan. Quisiera gritarte: ¡Estoy vivo!, con un ramo de rosas para ti, ¡Solo tú y el delfín rosado, conocen los secretos de los labios de ese hermoso lugar, que se deslumbra con los frutos del infierno!. Ahora me siento desolado, sin brisa, por culpa de las trampas que se roban los bramidos de la gloria ensangrentada. Olvidado en cualquier parte, después del naufragio, como un juguete destruido o como una botella, arrojada por el mar sobre la playa. Quiero acostumbrarme a descubrir figuras en las nubes contigo, para que el fuego me esculpa una sonrisa, antes de descender al amoroso manicomio. No deseo hablar de nuestras vidas, si se pueden revivir heridas; ni del resplandor bermejo de las dagas, que pintarrajearon con colores absurdos mis pensamientos. Quiero salir a pescar sin ninguna esperanza, como los ojos que luchan contra el invierno y el bronce. Las impetuosas piedras, trazan con su magia esplendorosa, un paisaje enfermo, que interrumpe el silencio de mi alma. Contemplaré, como una caída de agua, al tiempo; hasta quedar adormilado, en la isla por su murmullo embriagador. Soy la sombra de un mal sueño; una pesadilla, peor que un huracán.

La oscuridad del amor y del vivir, me arrastran sin piedad, hacia la muerte. El enamorado es un ebrio, pasado de embriaguez. Si tu escarmiento era despedazar o desollar mi vida, ¡lograste saciar tu sed, cientos de veces!; pero aún en mi agonía, siento al amor en mis labios, haciendo realidad lo imaginado. Voy a necesitar de una larga temporada maníaca, para poder digitar ese río de amazónicas metáforas, que engendra el imaginario de la depresión.

Quisiera poder regresar hasta el punto en el que fallamos, pero se lo devoró la bruma o las cortinas de humo del tiempo; ese tiempo que habla con ironía, pero tampoco cree en él. Todo fue un proceso lento, cancerígeno como el viento, o las lágrimas que se devoran al sosiego de un remanso. He regresado persiguiendo las huellas de nuestras cicatrices. No te reconocí y ni siquiera lo pude hacer conmigo mismo. Somos ahora tan extraños, que engendramos mundos diferentes. No nos soportamos, ni conservamos lo bueno de los recuerdos. Los poetas somos niños en crecimiento tenaz y permanente.  Solo teníamos una pesadilla inmensa, que empezamos a jugar, hace ya tanto tiempo, que se nos pasó una vida, intentando comprender, si nos quisimos o fué un espejismo. Tenemos que ser y vivir la imaginación. Vigilar las rosas enfermas, como los murciélagos desmesurados. Galopar como el viento azabache, sobre las nubes encendidas por las antorchas de los heraldos negros.

Quisimos escaparnos por el túnel del tiempo, como el canto musical de las aguas del bosque. La campana de la libertad, arruinó el que pudo ser un gran sueño; escuchaste el verdor sonrojado del ayeres y nos alejamos hasta hacernos extraños; ni un sentimiento, ni una caricia tibia, ni un beso, ni un orgasmo ¡nada!..¡nada!...¡nada!. Toda nuestra historia, fué concebida por el absurdo; por la mirada de los violines que se reflejan en la nostalgia. El tiempo soldó nuestros destinos, brotaron frutos de nuestra carne, le gritamos te amos al pasado y solo escuchamos la angustia del eco. Suspiran los infiernos dolorosos hielos. Quedamos atrapados en la isla, condenados como un par de gladiadores. Vimos arder, la luz del milagro. Poco o nada, recordamos de lo bueno; ni fué el silencio el culpable, ni nos conformamos con el destino; no sentimos al tiempo, ni al desamor, ni al frío. Nos hicimos extraños, conviviendo uno al lado del otro, hasta que un día cualquiera, ya  no nos reconocimos. Se nos olvidó el libreto del cómo amarnos; aunque la mejor manera para hacer el amor, sea el hacerlo, sin saberlo hacer ¡como los versos!. Solo gracias al amor, todo lo imaginado se hace realidad. Aún te veo arrodillada, frente a los brazos del mástil; y con un misterioso temblor, ensoñando el encanto prohibido del jardín de las ninfas gocetas.

Hoy, después de una vida: He regresado. Hemos cambiado. No somos los mismos, pero la piel de tú corazón, no ha cambiado la casaca roja, ni ahorcado sus hábitos. La bondad de tu sonrisa, sigue ahí. Sería absurdo por lo paradójico, decirte: ¡Siente la primavera!; o abrir la puerta y gritar: ¡He regresado!. Siento las manos vacías, ociosas de amor; el cuerpo y los pasos, pesados, gravados por el plomo de los absurdos remordimientos. He regresado cansado y derrotado. He sufrido y llorado; como un pájaro, cuando quiere inventar un suicidio. Todo lo encuentro abandonado y vacío; inclusive me ven como a un extraño intruso. Añoro esos ojos irreverentes y lúcidos, de animal salvaje, de irreverente invasora. He llamado, uno a uno, de mis seres queridos; ¡ninguno, me contesta!; es como si la música reinventara el dolor, escuchando silbar a un pez. Una anciana de pelo blanco, que tampoco me reconoce, me dice: “hace años abandonaron la casa…”. Intento imaginarme que pudo suceder. Trato de suponerme las emigraciones, casamientos y muertes recicladas. El paso inexorable del tiempo, devorándose la juventud y la preciosidad de los cuerpos y de los rostros; como si hubiese desfilado, la esquizofrenia del ángel de la muerte. Nadie me da razón de nada. Es como si nada hubiese existido, o fuesen solo fantasmas mis recuerdos. “Has regresado demasiado tarde- parece decirme el viento- regresa por el túnel del tiempo, si deseas soñar para volver a vivir”. Las bailarinas del bosque bruñen sus dedos sobre el endiosado pájaro, ebrio por las antorchas de las estrellas, que sobrevivieron a la alucinación del lecho.

Despierta los seductores tonos de los aromas adormilados, que viven cual cenizas en la lóbrega caverna, donde la angustia es la estrella; después que las metáforas me quitan las cobijas y me patean hacia el frío de las calles. Las atrevidas alas del viento y de las águilas, despiertan con los suspiros de sus gemidos, al león de su sueño libre. Un puente me une a los laberintos del infierno. ¡Desciende musa! Escucha mis ruegos, gracias al licor que corre por mis venas. Las estrellas guerreras me atrapan en sus entrañas con el fuego que inventa la demencia. Los leños alados de los montes de espuma, son como el despertar de la pestilencia cuando suda iras. El gemido del llanto de las lágrimas de las sombras, arrastran las prisiones y las cadenas del alma. Antes del incendio ¡un mar de venenos!. ¡Despierta fuego sagrado!, vil cadena de torbellino ígneo y del profundo olvido. Alza la venerable frente que le enlutaron a las estrellas en su lecho lúgubre. Deja que tu cabellera duerma desmayada en mis brazos.  Escucha al vándalo feroz, cantando su dolor en el retrete. ¡Oh dolor de alma!. ¡Oh dolor de soledad y olvido!. ¡Abortos murtes del averno!. Desde la puerta de la aurora con la mortal copa, despido a mi hijo; por culpa de los bárbaros excesos; ahora luce como el esqueleto de un barrio, caído en el olvido. Sus huesos aún humean de las cenizas y sus labios seductores, ahora no son: ¡una región de sueños!. Las tijeras de la parca, ahora le recortan los cabellos, a las esperanzas de los sueños. Como un buey de arado, ahora duerme mi cabeza sobre el olvido; y la muerte que apaga los tizones y las sombras, que se convierten en recuerdos. A los poetas que cantan su poesía, les canto. A los niños de mi patria, que serán los combatientes de mañana, para que aprendan a defenderse de la muerte; y no se conviertan, en simples cosechadores de dolor. Dejo que el manto de la noche, cubra el fuego de tus ojos, ignorando la sabiduría del amor, cuando encuentra su refugio. ¿Quién toca con rumor tan extraño, dos veces a mi vida? ¿Quién marchita con sus manos impuras, las flores de mi alma? Me fascina escuchar los versos que erizan la piel del volcán, mientras las luces retumban por todo el horizonte. El cuerpo desnudo de mi guitarra, sangra cántaros de dolor.

Un buen pastor nunca tiembla al escuchar el clamor guerrero de la caverna. Se apagó la sonrisa limpia en el espejo. Miradme, sí, miradme. ¡Quién podría resistir, al sacrilegio impuro de los labios criminales!. Enciendo una llama para intentar abandonar la noche, que dibuja un barco fosforescente y ebrio de destinos, sobre la desnudez del lienzo.  Entre esta confusión y los labios moribundos de los dioses, que ya no existen, me salpica el milagro de una llama negra. ¡Hay amada, de mi alma!. Luz de los que nacimos estrellados, ¡cesa el ruido del asilo sagrado, para no volver al letargo!. ¡A las cimas y a los abismos, de las crisis bipolares!. Me vestiré de púrpura, disfrutaré del encantador sexo, y de sus suspiros moribundos. Las heridas del fuego amoroso, se escuchan cual silbidos del viento. No asaltaré más, a la memoria con infames olvidos. Muramos en la lid, sobre la tumba de un amor, y sobre la vida de la palabra. Deseo que el rojo de mis palabras, desemboque por la ventana que conduce los suspiros al rio, como una catarata de esperanzas de fuego. ¡Canímar!, ¡Canímar!, feroz devoradora de marinos; antes de soportar el vilipendio, escucha la voz del corazón de un negro o del alma de un tugurio, despertando a las insaciables pieles a medianoche. El abismo, también tiene alas, amor mío. Recuerda como el cristal más pulido, aquel día cuando las susurrantes aguas, le cantaban al matiz vivo de los colores; forzados como los convictos sin alas, al dulce sopor de los condenados a cadena perpetua. Soy mortal. Desenoja la cólera como la cicuta, para empuñar un sueño; dile a todos que si continúo, viviré feliz lejos de los mortales.

¿Quién toca con rumor tan extraño?. Alguien llamó a mi puerta a media noche, con un ruido chocante, lleno de miedos. Le abrí a una  mujer que me parecía desconocida. Huía del desencanto y del frío. Lloró hasta el amanecer todo lo que  puede ser llorado, hasta no quedar, ni una lágrima en su alma. Llamó en sus lamentos, a todos sus seres más queridos; tampoco la escucharon esta vez sus fantasmas o los duendes de sus fantásticas visiones. Todas las antorchas cenicientas, se extinguen como la niebla, cuando no atinan enmiendas ni reparaciones.

¿Quién tocó con rumor tan extraño?. No pude impedirle, levantarse a mi corazón de su agonía. ¡Esos son los llamados, que hacen daño!. Allí estabas, sin nada en  las manos. ¡Soy yo!. ¡¿Eres, tú?!, ese fué todo nuestro dialogo y nos besamos, después de buscarnos desde siempre. El viento estremece los colores del agua, con las imágenes que duermen de nuestro destino.

Añoro las noches invernales contigo, teniendo a nuestros cuerpos por leños, quemando en silencio recuerdos muertos. Desde entonces no soy el mismo. Escucho y siento, diferente a la vida. Sin ti, es inmenso el vacío en mi cuerpo. Sin ti, no percibo al eco de mis pasos. ¿Qué hago con el rojo, que creía indispensable para evitar la muerte?. Estoy atiborrado de venenos que crepitan y claman versos invisibles; que me podrían salvar, como un vientre edénico del crepúsculo petulante y jactancioso.

No marchiten las flores, con las impuras manos; no toquen el sexo de sus sexos, para no despertarlas con un grito de su sopor. Parémonos desnudos con los ojos cerrados, frente a frente, hasta sentir el despertar de la primavera. Frente al solitario umbral del invierno, arde la estrella que dibujamos, con el lenguaje de nuestros cuerpos. La extraña luz de la poesía, apaga la magia de la buhardilla;  como si le talaran, a un desmesurado bosque la belleza. Como un anciano impasible me desangro, bramando sobre el papel olvidos. Dejo que sueñen mis labios sus secretos, porque deseo ahogarme dentro de tu cuerpo, cuando levantes esas absurdas defensas.

Que engendren otros labios, sus primeros besos; para que sus bocas, no pierdan la fragancia ni su sabor a goma de mascar. No enlodemos su intimidad armiña, ni escribamos páginas que nunca debieron ser escritas, para no ser el fantasma de sus pesadillas. Que sea la brisa, las que las lleve de su mano, a descubrir poco a poco, lo exótico de la vida. Necesito de una madriguera, que me regale luz, para danzar sobre las otoñales hojas en blanco. ¡Todo es maravilloso!, y merece ser vivido. No maltraten las flores, ni las pisen. No las recorten verdes, ni las comprometan a germinar como lolitas. Dejemos que la vida, sea un florecimiento primaveral. No podemos asesinarle el sueño a las flores, ni adormecerlas con éter, para que invernen hasta siempre. Dejemos que broten llamas de las metáforas, para purificar nuestros silencios. El silencio no es más, que una alegoría simbólica del musgo, que se devora como un oportunista a nuestra alma. Despilfarré momentos que pudieron ser mágicos, en quimeras poco dadivosas, con mi corazón. Me encrespa ver a la luz de rodillas, sin memoria ni vergüenza, pidiéndole consejos inútiles a la hierba.

Desciendo desnudo, como un halcón herido, por la iluminación de las palabras; ha buscar en el parpadeo de las cenizas, a esos versos que engendra la mano de la noche; cuando me enfrento al fantasma de esa hermosa mujer, que me ofrecía la abundancia de su sexo, y que lánguidamente se hizo imprescindible en mis pasos. Ella esconde hermosos lugares, afiebrados entre sus entrañas; para que el ángel del bien y el mal, enrede su espada entre sus cabellos. El demonio no es un ángel invisible, ni la noche un gato en llamas. Voy a ir al cementerio, a inspirarme dentro de un catafalco, dentro de ese mágico maderamen, que se devora a la carne; para que el espíritu con el vigor de su energía, pueda profanar la sensualidad y las conjeturas de las profecías.

No me arrojes como un mal libro al infierno, ni me abandones en las arenas movedizas, si ya no quieres volver a saber de mí. No me veas con el color amarillo del cáncer, que patina el rostro de los que mueren de hambre. Nadie conoce la hambruna, mejor que mi cuerpo y mi sexo. No me dejes abandonado, en una isla sin memoria. Regálame una luna inservible o un sol viejo. Deseo ascender como los árboles, hacia el paraíso alado  de los pájaros. Todo lo que escribo lo abandonaré dentro de una botella, porque es sangre de las estrellas y de las tormentas; y de esos tsunamis, que te hacían aullar como una desesperada loba en celo, cuando te entregabas a los ritos orgíasticos.

No marchitemos los madrigales de las galanterías, con nuestras manos impuras…


TU PERRO VAGABUNDO.
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