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08 Jan 2009
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Signos de la Diosa Negra: voluptuosidad extática
Por quien sabe qué sinos de la hondura
o acaso por qué  númenes divinos,
al cantar las alondras a Eva pura
oí el cantar, y confundí los trinos.
Porfirio Barba Jacob
Canción del día fugitivo

(Las letras que se comparten a continuación, hacen parte del texto que se anda escribiendo sobre transgénero, en particular de su quinto capitulo. Se trata de un détournement iniciado  con fragmentos de tres poemas de José Manuel Arango).


Ese gesto predado en un rincón
 se ha demorado en él todos estos días.
Escena que, asaltando sus ojos a mansalva,
 ya no lo abandonará jamás.

 Sabiéndose vista por alguien otro y,
 al compás de sus pechos, palpitando desafiantes,
se transparentan sus pezones al iluminarse
 en el contraluz del callejón.
Gozándose de ser vista por alguien otro,
se pliega muy lentamente la falda
hasta dejar al descubierto sus muslos a la altura
de su miembro que transpira expectante
entre la mano que a puesto allí para que palpe.

Mano de un cuerpo que trae hacia sí
para incitarlo a través del suyo
a que se acoplen en una cópula contra natura.

Con ojos ya rasgados de quien se muerde
 los labios, ve unos ojos que la ven
 trasfigurados por el resplandor de la perdición.
Destello que incita en ella un despliegue cadencioso
hasta terminar por ocultar su vientre por encima
de unas nalgas que se le ofrecen en flor
y desliza en ellas, con lascivia y fervor,
 su ya turgente miembro.

Un relámpago ilumina los tres cuerpos y
al sonido del trueno, uno de ellos tiembla.

Esa escena lo ha dejado a la intemperie y
se le ha metido en la piel de tal manera
que ya no puede escapar a ella.
En todos estos días es ya patente
que sus ojos tienen el brillo
del que la vida toca para usarlo
 o para herirlo
para perderlo.

En contra de él y a favor de sí
vuelve al lugar de los acontecimientos,
tal cual el ladrón o el asesino,
para jamás volver
 sobre sus antiguos pasos.

Declive no advertido de la vida
calle que lo lleva y que lo arrastra
en busca de los rastros y trazos que su ser clama
y de las sensaciones que su piel reclama.

Ya sin máscaras y con la soledad en su rostro
entre silencios y helados gestos
 se entrega a lo insondable.

A contraluz, un torso naciendo
 de unas manos que se adentran en su penumbra.
Dulce oscuridad naciente donde se tienden
los cuerpos curvados como arcos y entre contoneos
desatan un poder ciego que aprieta puños y dientes
mientras los ojos se cierran para afirmar
el grito repentino
 que borra el límite entre su piel y la noche
como doncella que se adentra
al bosque en busca de miel
y regresa trayendo un extraño perfume.

Fragancia, éxtasis y umbral
que la voluptuosidad crea en su secreto.
Noche en que el forastero llega y
bajo oleadas su rostro oscurece.

Oh amanecer tumultuoso
 en que sus labios y mejilla
 están ahora contra el muro,
a su espalda, los senos le golpean
en medio del recio viento y, sus gemidos,
enaltecen el fuego de un dios fugaz
 que surca tal cometa
hasta palidecer
en medio de los sagrados juegos
de la noche que desatan ya su risa
mientras la calle celebra su entrega.

Trazo negro del relámpago alumbrándote,
suave declive de la calle que te arrastra
hasta que el reflejo de la luz
te da en los ojos…





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