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08 Jan 2009
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Todo lo azul del mundo, de Pedro Sevilla
Pedro Sevilla




TODO LO AZUL DEL MUNDO
de Pedro Sevilla.

Aquí, sobre este folio, para explicar mi infancia,
todo lo azul del mundo: las canicas
como extraños planetas de cristal
brillando entre mis dedos, los océanos
de los primeros cuentos con piratas y barcos,
el cielo de mi calle
y poco más, si acaso algunos golpes
de lluvia en los cristales, por septiembre.
Pero –cómo explicarlo_,
todo sería gris en la memoria
sin lo aun más azul: los ojos de mi madre.



AQUÍ MI PADRE de Pedro Sevilla

Cómo hubiese querido cederle a usted mi silla
en este cine de verano que hoy ha sido
el solar de un misterio, el espacio de un rito
donde un gitano turbio y orgulloso,
heredero forzoso de dolores antiguos,
ha estado buceando en los pozos del tiempo
para extraer la joya legítima del cante.

Sin duda
habría sido usted más digno oyente,
más legitimo,
porque también fue más cumplido en el dolor,
y el dolor ennoblece, y otorga esa elegancia
que a mí ya me asombraba cuando niño:
en el cine del pueblo, otros veranos,
o en las hondas tabernas,
le recuerdo muy serio, ensimismado,
mientras cantaba un hombre
cosas que el vino le llevaba a la memoria.

Lo he entendido, padre, entendí sus silencios,
el brillo de sus ojos que era pasión y vino,
y por eso he fumado despacio, como usted,
y he bebido
callado, misterioso, para parecerme más a su retrato.

Esta noche, en la voz del gitano orgulloso,
he sabido el secreto que nos une:
un dolor transmitido,
una historia que viene de muy lejos,
una pasión que va más allá de la muerte.



PARA JOSE MATEOS de Pedro Sevilla

Una imagen antigua, de mi infancia,
me acompaña por siempre como emblema
de la amistad: mi abuelo en una Feria
de San Miguel, borracho y abrazado a otro viejo,
llora feliz, se ríe y pide otra media botella.
Con los abrazos, con la borrachera,
tienen los ternos sucios y las gorras torcidas,
las botas embarradas de la lluvia
primera de septiembre.

Esta imagen, José, no es nada edificante,
pero siempre que pienso
en este sentimiento que nos une,
distinto de las tristes
miserias del amor y sus crueldades,
recreo en mi memoria a aquellos viejos
aturdidos de vino y de alegría
-hay charcos de agua azul
en el barro pisado por las bestias-:
la amistad es dos hombres
que vuelven de la feria, o de la vida,
(que vuelven de la feria que es la vida),
hermanados, riéndose, llorando
con los brazos al hombro y con los ternos sucios.




ERAMOS VIOLENTOS de Pedro Sevilla

Éramos violentos y algo tristes.
El paraiso entonces
era besar tus labios,
ir contigo a los muros donde en tiempos de paz
se abrazan las parejas
como si cachearan al amor.

Era el setenta y siete.
Tenías veinte años y un temblor en el pecho
de palomas miedosas que acostumbrron pronto
a probar la ternura de mis manos.

Éramos violentos: agentes de uniforme
saqueaban las aulas en busca de octavillas,
de libros prohibidos;
no comprendieron nunca que en los parques de octubre,
besándonos los labios,
fuimos más inquietantes, mucho más peligrosos
que gritando en las calles mientras no sperseguían.

Tenías veinte años:
Recuerdo que en un muro,
bajo la sangre quieta de unas siglas,
hicimos el amor en pie de guerra.




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