El caso es que paré, no sé por qué, no suelo hacerlo por lo que pueda pasar, pero esta vez me salté mis normas, igual fué que el joven autoestopinguista, de unos 20 años de edad, me recordó a mi juventud, o tal vez me dió el puntazo, da igual.
Trieste es una extraña y decadente ciudad, recluida en los confines de Italia. Dice Claudio Magris que la exposición barcelonesa que le han dedicado a él y a su ciudad (La Trieste de Magris, en el CCCB), es la ficción de un lugar, un decorado, y también un arca, que navega, como si estuviéramos en los días en que el Lloyd Triestino viajaba a la China con buques de pasajeros y mercancías, como el célebre espresso Italia-Bombay-Shanghai. Trieste está en una lengua de tierra de apenas cuatro kilómetros de profundidad volcada al golfo, entre el mar y el territorio de Eslovenia a su espalda, aunque también este pequeño país, fruto amargo de las luchas fratricidas de Yugoslavia, tan relevante para muchos triestinos, se asoma a la península de Istria y al mar Adriático, con apenas quince kilómetros de costa, porque el resto de Istria pertenece a Croacia.