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LunesMayo21 ,2012
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Carlos, de Eterno

Carlos es un captador de socios para ONGs, con una facilidad de palabra nada execrable. Hoy me ha detenido en plena calle solo porque a mi compañera le parecía atractivo y hemos tenido una extensa conversación primero sobre el papel de ACNUR y luego más en concreto yo le he cuestionado los créditos FAD y ciertos Premios Nobel de la Paz. Ha sido una conversación un tanto frustrante para mí, egoístamente he pensado que no eran horas para hablar de ciertos temas. Tengan en cuenta que eran las dos y media de la tarde y hay ciertas necesidades según la pirámide de Maslow que no estaban del todo cubiertas para empezar a hablar de arreglar el mundo con 10 euros al mes.


Pero no nos engañemos no era eso lo que realmente me afecto si no un sentimiento de culpabilidad del que pocas veces me logro zafar. No, y no eran celos, ni mucho menos. De hecho a mí el chico me parecía atractivo, franco, sereno, aunque había algo en él o mejor dicho en su trabajo que no merecía todo el respeto que le hubiese brindado, y que aun así le brindé, porque indudablemente como cualquier trabajador que se precie como tal se lo merece. Sí, en realidad, es lo mismo de siempre, me ataca en casa cuando tenía televisión y me tragaba el telediario, o en la calle cuando veo alguien postrado u arrodillado pidiendo perdón al mismo tiempo que pide limosna, se trata del mismo problema que hace 528 años golpeó América cuando Colón, dicen los libros de historia, que la descubrió. Se trata del imperialismo primero, del colonialismo después, y del capitalismo expansionista de hoy. En breves y concisas palabras de la injusticia depredadora. Y me golpea bajo, y los instintos se pierden en un ansia de rencor hacia la sociedad que me rodea.  


No quiero despreciar al chico, ni mucho menos, y aunque mi mensaje fue ciertamente irónico en ciertos aspectos he sido respetuoso en todo momento, y lo he escuchado con atención. Pero aunque reitero no cuestiono las ayudas de estas organizaciones ni los recursos que ofrecen a las comunidades que más lo necesitan. Me repito un día sí y otro también “Que los dejen en paz, ya. Que las ayudas sean sin condiciones ni intereses que incrementen las deudas de estos países, que solo benefician a los bancos, y en conclusión a los de siempre. Que sus riquezas son suyas, que sus recursos sean propios y que de una vez por todas no necesiten al supuesto Primer Mundo para colocarse en el lugar que se les ofrece, ese perpetuo lugar que sin comerlo ni beberlo se han ganado desde hace un sinfín de siglos, y que finalmente las ayudas sean desinteresadas sin colaboraciones magnas de grandes intérpretes que hacen de la vida una tragicomedia en la que siempre se ríen los mismos.”

Y me gustaría decir lo mismo que Alberto Caeiro*  dice al “Predicador de su Verdad”:


“Ayer el predicador de sus verdades

habló otra vez conmigo

habló del sufrimiento de las clases que trabajan.

(No del de las personas que sufren, que es al final quien sufre.)

Habló de la injusticia de que unos tengan dinero

y otros tengan hambre, que no sé si es hambre de comida

o si es hambre solo del postre ajeno.

Habló de todo cuanto pudiese hacerlo enfadar.

¡Qué feliz debe ser quien pueda pensar en la infelicidad de los demás!

¡Qué estúpido si no sabe que la infelicidad de los demás es la suya,

y no se cura desde fuera

porque sufrir no es tener falta de tinta

o que el ataúd no tenga aros de hierro!


Qué haya injusticia es como que haya muerte.

Yo nunca daría un paso para alterar

aquello a lo que llaman la injusticia del mundo.

Mil pasos que diera para eso

serían solo mil pasos.

Acepto la injusticia como acepto que una piedra no sea redonda,

y que un alcornoque no haya nacido pino o roble.


He cortado la naranja en dos, y las dos mitades no pudieron

quedar iguales.

¿Para cual he sido injusto, yo, que voy a comerme las dos mitades?”


           Alberto Caeiro

*Aunque con cierta ironía, Fernando Pessoa en uno de sus heterónimos admite la injusticia con naturalidad. Es brutal pero más comprensible que robar, expoliar y explotar a sus  congéneres, y a mi ya solo me mueve un sentimiento de revancha hacia los poderosos, un sentimiento de ira y cólera. Seré yo un “Predicador de mis verdades” o lo serás tú, Carlos. Poco importa  ya…    

           Niño Criminal

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