pintadaps
LunesMayo21 ,2012
Font Size

Cyrano viaja a la Luna, M.J. Barriobero

El sabor salado entre sus muslos, el ligero contoneo de su cadera que va acelerándose suavemente, el gemido quedo y penetrante que orada mi cabeza como un derrame de leche caliente…
Al subir a la casa me crucé con la vecina: evidente mala cara, ¿qué haré yo por allí a estas horas? A lo mejor es que sube mucha gente, o a lo mejor es que nunca sube nadie. El chirrido seco de las escaleras de madera bajo mis pies, los desconchones de la pared encalada hace ya muchos años, y esa mirada fija que persigue tus talones cuando se despegan del suelo.


Ella gemía cada vez más, los ojos entrecerrados y una leve sonrisa iluminando su cara azorada. Un ligero ronroneo acompañaba sus gemidos, los insertaba en un marco sonoro parecido al de una pequeña fuente en la sombra fresca de un patio andaluz.

Después de mirar el cuerpo evanescente y rotundo de la modelo del anuncio, aquí en el metro, no pude menos que quedarme mirando a la chica que estaba de pie al otro lado del vagón, apoyada en la puerta cerrada. Me fijé en sus rodillas robustas y sus piernas marmóreas, en sus tobillos eléctricos y en una cintura de avispa marcada por un vestido veraniego ajustado a los pliegues del cuerpo. Una mirada de odio atenazó la mía mientras iba subiendo por su figura. Mirada de odio y asco, con un resto de petulancia. Aparté mis ojos para posarlos sobre aquellos dos tipos que me parecía haber visto en alguna otra parte y que llevaban abrigos evidentemente fuera de tiempo. Se sonrieron entre sí. Aquello empezaba a ser inquietante.

Elevé primero, y bajé después, ligeramente, la parte baja de su cuerpo mientras seguía moviendo la lengua en una charca exuberante y cálida. Lamer en círculos, besar con un chasquido los húmedos pliegues entre las piernas y la cadera, mordisquear suavemente el monte de Venus…en una geología de umbrales y temblores, una espiritualidad de temperaturas y humedades, en un arte de las pieles y las texturas.

Ahora voy por la calle y vuelvo a ver a esos tipos. Están unos metros por delante de mí, hablando con dos monjas secas y pálidas. Todos vuelven la cabeza según les alcanzo. Hay un cuchicheo siniestro hasta que una de las religiosas no puede evitar emitir un contenido pero lúgubre gritito: ¡Dios mío!”. Me alejo de allí arrastrando mis pies como se arrastra un peso enorme y voluminoso. Como el personaje de “Un perro andaluz” amarrado a un milenio de humillaciones, como un agote medieval en cuyas manos la fruta fresca se corrompe y se deshace. Aquellos dos tipos me siguen unos metros, con los ojos fijos en mi espalda, hasta que doblo una esquina. Corro hasta la siguiente. He logrado despistarlos.

Ella lleva una de mis manos a uno de sus pechos rotundamente esféricos, mientras acelera el movimiento ondulante de su cadera. Rodeo la marca rosada de su pezón con las yemas de mis dedos, acaricio con la palma de mi mano la base inclinada de su seno, devuelvo las yemas a los alrededores del pezón, que se me muestra lúbricamente erecto, triunfante, palpitante.

Oigo un ligero crujido en la habitación de al lado, no puedo evitar pensar que aquellos dos tipos me han seguido hasta aquí, que están al otro lado de la puerta acariciando sus revólveres o sus Biblias, acompañados posiblemente de una bella mujer enervada, convencida de ser feminista y al tiempo decente, y de un padre de familia autoritario y presuntamente honesto, que entrarán en la habitación con una patada, gritando todo lo que he hecho mal, todo en lo que el mundo no debería ser como es, todo lo que, horrorosamente, me alejo de la imagen de un ser de luz afable y espiritual. No iré al cielo y un seco crucifijo romperá mi cráneo con un chasquido, mi imagen será expuesta al escarnio público, mi cadáver será desenterrado y entregado a los perros.

Ella agarra con fuerza mi cabeza entre sus muslos y empuja hacia abajo, mientras acelera paroxística sus golpes de cadera  y aumenta el volumen de sus gemidos. Lamo cada vez más rápido, sorbiendo alguna vez un trozo de carne húmeda y cálida. En un violento espasmo, mi boca se llena de un líquido nuevo, más espeso y suave, que parece brotar de ninguna parte y amenaza con ahogarme. El universo donde sueño es ahora más resbaladizo y febril. Hay un vientre ardiente y voraz que gira alrededor del mundo entre mis fauces.

Los dos tipos me han seguido al abandonar el piso. Tienen aspecto patibulario y feroz: pendientes en las orejas, musculatura marcada bajo el absurdo abrigo, barba de dos semanas sin afeitar y ojos legañosos bajo sus gafas de sol. Aceleran el paso y cada vez están más cerca: estoy al borde de la muerte, del abandono. Mi cuerpo será enterrado en un vertedero, a lo mejor me utilizarán como víctima propiciatoria en un extraño rito satánico. O, simplemente, seré, a partir de ahora, el objeto de las burlas del último chimpancé, el motivo de las chanzas y los cotilleos de la última kioskera. El panadero se lavará la mano con lejía después de venderme el pan, para no verse contagiado.

Ya están aquí. Se acercan y me paran. Uno abre la boca mientras el sol pálido de un día gris se refleja en sus gafas oscuras:

-Oye, ¿quieres echar un polvo?

Cyrano sonríe mientras observa por la ventana la tarde primaveral, ahíto de las frutas y los líquidos espumosos.


M.J. Barriobero.





Muy buenas, compas, os mando un  cuentor. Un abrazo. M.J. Barriobero.

Escribir un comentario

Este sistema facilita la interactividad y suma de pensamiento colectivo. los mensajes cuyo sentido es destruir este principio, son eliminados


Código de seguridad
Refescar