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LunesMayo21 ,2012
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Dios te salve, E J Martínez Llenas

El temblor de las manos del obispo Enzo Marioli llegaba hasta el punto de casi hacerle volcar el té de la taza que sostenían. Aguardaba impacientemente a su viejo y siempre recordado amigo, el obispo Fabrizio Ferro, con quien debían entrevistar al padre Anselmo Toscani, cura de una parroquia de la periferia de Roma, para escuchar su defensa ante una grave acusación y confeccionar luego un detallado informe para la superioridad.


Hacía años que ambos amigos no se veían. Sus caminos se habían separado luego de pasar juntos por el seminario y la escuela de Teología. Esos habían sido los mejores años en la vida de Enzo, concentrado en el estudio y en el desarrollo de su vocación  sacerdotal, con el único objetivo de superarse cada día más y aprender a creer con la inteligencia lo que la fe le dictaba desde el corazón. Fabrizio había sido el compañero ideal en ese proceso en el que ambos se enriquecieron mutuamente. Sus superiores, hábiles para detectar jóvenes prometedores, inmediatamente los ocuparon en temas de mayor relevancia: en doctrina a Fabrizio, y en relaciones ecuménicas, a él. Eso motivó que terminaran distanciados físicamente, pero manteniendo aún así el contacto por medio de esporádicos llamados telefónicos y breves encuentros en alguno que otro curso, atesorando en sus memorias el recuerdo imborrable de los años vividos en común.

El golpe en la puerta lo hizo retornar al momento presente. Era su asistente, que le anunció:
    Eminencia, el obispo Ferro ha llegado ¿lo hago pasar?
    Por supuesto, Damián. No haga esperar a mi amigo. A propósito ¿Ha llegado
ya el padre Toscani? Creo que estaba citado para ésta hora, si mal no recuerdo.
    Así es, eminencia; ya está aquí. Está esperando a ser recibido, y debo decirle
que se lo ve bastante nervioso.
    No es para menos, Damián. No le resultará cómodo ni sencillo justificar sus
flagrantes trasgresiones a los mandatos de la Iglesia ante mí y el obispo Ferro. ¡Pero hombre, haga pasar ya a mi amigo, por favor!
    El asistente se retiró, dejando la puerta entreabierta, por la que inmediatamente entró Fabrizio, moviéndose con una soltura que evidenciaba su experiencia para frecuentar despachos de altos cargos. Ambos amigos se estudiaron un segundo mutuamente y luego se fundieron en un intenso y prolongado abrazo.
    Mi querido Fabrizio—dijo Enzo, emocionado—, bienvenido a ésta, tu casa
para lo que necesites. ¡Tanto tiempo sin vernos! Lástima que deba ser por ésta ingrata circunstancia…¿Ya has leído el expediente sobre el padre Toscani?
    Si Enzo, lo hice durante el vuelo. Es un triste y lamentable suceso, por cierto
—dijo, apesadumbrado—. No consigo comprender qué puede haber pasado por la cabeza de éste hombre para adoptar tal conducta. ¿A qué loco se le ocurre no solamente sugerir, sino ayudar a llevar a cabo un aborto a una feligresa de su parroquia, que para peor es menor de edad? No lo entiendo, querido amigo. Pero antes de comenzar —continuó, adoptando un estado de ánimo más alegre—, dime ¿cómo estás, cómo te tratan los años que han pasado desde que nos vimos por última vez?
    Bastante bien, como puedes ver. No tengo ninguna enfermedad, salvo alguno
que otro dolor de espalda que me molesta cada tanto ¡Es que paso demasiadas horas sentado! Pero a ti te veo estupendo, Fabrizio ¡no representas tus años para nada! Parece que…
    Ejem…perdón, eminencia —intervino el asistente, haciéndose notar—. Creo
que ya se está haciendo tarde para despachar el asunto del padre Toscani; recuerde que luego tiene usted una cita con el cardenal Prefecto.
    Tiene razón Damián, hágalo pasar inmediatamente —. Y, dirigiéndose a
Fabrizio: — ¿Comenzamos ya?, así luego te puedes retirar a descansar. Pero muchacho, ¡no me has dicho todavía dónde te han reservado alojamiento!
    Tengo habitación en Roma, en el hotel Ritz, la número 1515— le respondió
Fabrizio afablemente.

    Los interrumpió la entrada del padre Toscani, un hombre relativamente joven pero canoso, que llevaba una sotana un tanto descuidada, tanto en limpieza como en planchado. Ambos le ofrecieron sus anillos, que él besó respetuosamente, y luego Enzo, quien llevaría la voz cantante, invitó a todos a sentarse. Ellos lo hicieron detrás de un gran escritorio de madera situado en el centro de la estancia, dejando al cura el sitio opuesto, directamente enfrente.
    Estimado padre Anselmo —comenzó cautelosamente Enzo—, supongo que
ya sabe usted el motivo de ésta reunión. Le presento a mi amigo, el obispo Fabrizio Ferro; yo soy el obispo Marioli.
    Mucho gusto, eminencias —respondió el cura, con una voz firme y segura—.
Ya tengo referencias de ustedes. Encantado de conocerles, hermanos.
    Bien, ya que nos hemos presentado —continuó Enzo— díganos entonces, y
para no abundar en hechos que todos conocemos ¿por qué razones se implicó usted de esa forma en el caso de esa…niña, podríamos decir?
    Por amor, eminencia —respondió con serenidad el padre Anselmo—. La
niña vive bajo la guarda de una tía que apenas la tolera, los padres están presos por varios delitos cometidos para solventar sus adicciones a drogas y la menor fue violada por un amigo de ésta tía durante una noche de borrachera. Creí mi deber ayudarla para que además, no tuviera que cargar con un hijo en medio de toda ésta catástrofe ¿Creen ustedes a conciencia que obré mal?
    Intervino Fabrizio: — Mi querido Anselmo, plantea usted equivocadamente la cuestión; no se trata de valorar sus actos según nuestras conciencias, o al menos no solamente según ese criterio. ¿Acaso ha olvidado lo que opina la Iglesia sobre el aborto? No lo creo…más bien supongo que en su mente prevaleció un bien que usted consideró superior al de la vida del nonato ¿no es así?
    Si, eminencia. Consideré que el derecho de esa pobre niña prevalecía sobre
el de otro ser aún no nacido, y que no era justo que su vida se destrozara más todavía de lo que ya lo estaba. Traté de ayudarla y de darle el cariño que no podía encontrar en su entorno.
    ¿Y por eso desoyó las enseñanzas de la Iglesia, e incumplió con el deber de
obediencia a la jerarquía que todos nosotros debemos observar? —preguntó ahora Enzo, sin disimular un gesto de desagrado.
    Mi deber de obediencia es con Dios, eminencia. Actué como creo que Él lo
hubiera deseado.
    No, Anselmo, está profundamente equivocado —dijo Fabrizio, enérgico—.
La Iglesia es la única depositaria e intérprete de la doctrina divina. Usted se otorgó un derecho que sólo le está reservado a Su Santidad, como guía y luz de la humanidad. Usted pecó por soberbia, erigiéndose también en exégeta de la palabra de Dios.

    Coincido con la opinión del obispo  Ferro, mi querido Anselmo —acotó
Enzo—. Sus razones son muy humanitarias, pero ha olvidado que usted es miembro de la Iglesia Católica Apostólica Romana, uno de los mayores y más poderosos cuerpos colegiados del mundo, y que ello nos obliga a no mostrar ni la más mínima fisura en la formulación y cumplimiento de nuestra doctrina de fe. Su conducta pone en riesgo los cimientos de la Iglesia, y nosotros, como padres y consejeros, debemos atajar a tiempo estas desviaciones personales. Haremos un informe comentando nuestra opinión a la superioridad. ¿Estás de acuerdo, Fabrizio? —dijo, dirigiéndose a su amigo.

    Absolutamente, Enzo. Pero quisiera que nuestro hermano no tomara lo dicho
por nosotros como un ataque personal, que no lo es. Simplemente hacemos lo mismo que él: actuamos de acuerdo con un principio que creemos superior, la obediencia, que buen fruto ha dado a nuestra amada Iglesia a lo largo de los siglos.
    El padre Anselmo comprendió que todo estaba perdido, por lo que se mantuvo en silencio. Ambos obispos se incorporaron, le dieron a besar nuevamente sus anillos y lo despidieron con obsequiosa amabilidad.
    ¡Uf, qué fatigosas me resultan éstas reuniones! Cada día las tolero peor —se
lamentó Fabricio, una vez que el cura se hubiera retirado—. Me parece mentira que haya que estar explicando una y otra vez lo mismo a tantos curas renuentes a aceptar algo tan sencillo ¿No te parece, Enzo?
    Si, querido amigo —respondió Enzo, mirándolo fijamente a los ojos—. Pero
no nos preocupemos más; ya mañana, con más tiempo y descansados, prepararemos nuestro informe. Ven, dame un abrazo.
    Fabrizio se acercó lentamente y estiró los brazos. Aproximándose aún más, colocó sus manos en la cintura de Enzo, acercó con lentitud su boca a la de su querido y adorable amigo, y depositó en ella un tenue y cálido beso, que fue inmediatamente correspondido con ansia. Se demoraron solo unos momentos más, paladeando la ternura de sus mutuamente añorados labios. Al separarse,  Fabrizio dijo en voz baja:
    Entonces…¿te espero ésta noche en mi habitación, Enzo?
    Si, Fabricio. Iré acompañado de dos de los niños del coro, rubios, como sé
que son de tu preferencia ¡Qué menos para agasajar a un amigo!       


E J Martínez Llena

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