El caldero
Barkazas
Dos rompetechos en apuros, Fernando Luis Pérez Poza Había pensado pasar el fin de año en Sardegna, en compañía de mis amigos Gabriel Impaglione y Giovanna Mulas, pero las cosas casi nunca salen como uno espera o planifica y circunstancias ajenas a mi voluntad me obligaron a cancelar el desplazamiento previsto. Tal vez por eso, abandonada la opción italiana, acepté sin rechistar la oferta que me hacía la poeta gallega, residente en Valencia, Mila Pérez Villanueva, para viajar a la capital del Turia, o del exTuria, ya que dicho río ha sido desviado de su cauce y ahora ya no cruza la ciudad, y hacerle una visita. Y tengo que decir que no me arrepiento de que las cosas hayan discurrido así, porque los cuatro días pasados allí han sido tremendamente enriquecedores, como casi todo lo que me sucede últimamente. Realmente me siento un ser privilegiado y considero que todo lo vivido hasta ahora supera ya con creces lo que esperaba de la vida.
Mila es una persona espléndida. Goza de la misma retranca gallega y el mismo carácter despistado que yo, por lo que la aventura valenciana estuvo cargada de anécdotas que hasta ni el mismísimo rompetechos, héroe de los cómics españoles de mi adolescencia, se atrevería a firmar, y que espero desgranar con éxito a lo largo de la segunda parte de esta crónica.
Viajar en avión, de una forma económica, desde Galicia te obliga, a veces, a extremar la imaginación. Aquí hay cuatro aeropuertos que quedan muy a mano: Vigo, Santiago, A Coruña y Oporto. Entre las amistades me consideran un lince para encontrar las ofertas de vuelo que sacuden menos el bolsillo, por lo que el día 28 de diciembre partí de Pontevedra con destino a la capital portuguesa del vino con el fin de acompañar a otra amiga poeta que salía a primera hora de la mañana, el día 29, rumbo a Génova, y que me pidió ayuda a la hora de programar su viaje a Italia. Oporto es una ciudad maravillosa, desde el punto de vista culinario, y nunca desaprovecho la ocasión de volver a comprobarlo, así que nada más llegar, tras dejar las maletas en el hotel, nos fuimos a cenar con unos amigos asturianos que se encontraban de paso y con los que, previamente, habíamos concertado un encuentro.
Durante media hora recorrimos calle arriba, calle abajo, la Rúa Santa Catarina, con la esperanza de encontrar un restaurante del que me han contado maravillas, tanto en precio como en calidad de las especialidades que sirven, "O Solar de Santa Catarina", pero no aparecía por ninguna parte, hasta que preguntamos y nos dijeron que aún quedaba bastante lejos de donde estábamos por lo que, como el estómago apretaba y la noche, debido al madrugón obligatorio que nos esperaba al día siguiente, no daba mucho más de sí, decidimos entrar en el primer lugar gastronómico que nos deparara la suerte. ¡Craso error y más aún seguir las recomendaciones del maître! El bacalao frito que nos pusieron debieron de ir a buscarlo al museo oceanográfico más cercano, porque aquello era más antiguo que un fósil y el tufo que despedía aún me sigue persiguiendo cuando arrecian las peores pesadillas, aunque hay que decir en descargo del propietario que, como
consecuencia de la reclamación, no nos lo cobró y nos invitó a dos copas de aguardente vella, después de tratar de justificar el asunto con eso de que el pescado había estado demasiado tiempo en el agua, desalándose, pero que era de toda confianza. ¡Y tanto! Al bicho, lo debían de considerar ya de la casa, después de los dos o tres meses que debió pasar en la cocina esperando turno antes de que le dieran el revolcón en la sartén.
Por la mañana nos levantamos muy temprano, a la seis, con el fin de tomar el metro al aeropuerto. Todavía medio dormidos, arrastramos las maletas por el adoquinado hasta la estación más cercana, eso sí cuidándonos mucho de no tropezar con las montañas de excrementos depositadas en la acera por algún perro tremendamente cagón que debe habitar en las cercanías, si es que se trata de un perro, porque aquello más bien parecía obra de un cíclope de siete vientres.
Menos mal que llegamos con antelación, pues sacar un billete de metro en Oporto, requiere, como mínimo, una diplomatura cum laude en ingeniería. Sabía que el precio de los dos rondaba los cuatro euros, por lo que me había molestado en llevar en el bolsillo las monedas justas para realizar la operación con éxito. Con lo que no contaba era que la distribución por zonas del área metropolitana, para el que desconoce el intríngulis, hace muy complicado el asunto. Allí nos las vimos y deseamos, tratando de localizar en el plano la zona para la que debíamos comprar el ticket, pues en el mapa se situaba al aeropuerto en la zona 20, pero la máquina automática sólo expendía para cuatro. Mientras tanto, el reloj continuaba girando inexorable. Finalmente, en una letra tan pequeñita que hasta tuve que ponerme las gafas de cerca, vimos que era la cuatro la que nos correspondía. Felices por el descubrimiento, nos apresuramos a introducir las monedas y
pulsar la tecla de dos viajes, pero lo que salió fue solamente un cartoncillo con dos pases y no dos con un pase cada uno, advertencia que rezaba en letra grande en otra de las especificaciones del tablero informativo como imprescindible para acceder a los andenes.
Entonces se nos presentó el problema de que habíamos agotado el cambio. Intentamos utilizar un billete de cinco euros, pero la máquina que precisamente aceptaba dinero en papel sólo permitía la recarga de los cartoncillos y no la obtención de uno nuevo. Por otra parte, el tiempo se nos echaba encima y debíamos conseguir el objetivo si no queríamos arriesgarnos a que mi amiga perdiera el avión. ¿Qué hacer? La estación a aquellas horas permanecía absolutamente desierta y carecía de cabinas, como las de Madrid, para pedir un pase manual al taquillero de turno.
Angustiados por las circunstancias escuchamos unos pasos salvadores que descendían por las escaleras y que, gentilmente, nos proporcionaron el cambio que precisábamos. Se trataba de dos brasileiros, padre e hija, naturales de Bello Horizonte, y realmente así debía de ser, porque el horizonte del día se nos volvió a iluminar cuando logramos que aquella máquina infernal nos facilitase el anhelado cartoncillo.
Tras dejar a mi amiga en el aeropuerto Saa Carneiro, regresé en bus a Vigo, desde donde partía mi vuelo con destino a Valencia, vía Madrid. Me quedaba todo el día por delante, ya que el avión no salía hasta última hora de la tarde, lo que me animó a comer placenteramente una tortilla española de las que hacen época y unos calamares con arroz en un restaurante de la zona del Calvario, de dicha ciudad, al que estoy seguro de que volveré muchas más veces, pues el precio y la calidad de lo consumido así me lo aconsejan.
El viaje hasta Valencia transcurrió sin novedad, salvo una pequeña carrera que tuve que dar por la terminal 2 de Barajas para llegar a tiempo al enlace. En principio disponía de 45 minutos entre vuelo y vuelo, pero el retraso en el primero y la puntualidad del segundo redujo ese plazo a 10 minutos. Si un ojeador de las olimpíadas me hubiera visto en aquellos momentos no cabe duda de que me habría fichado para los mil quinientos metros lisos.
El verdadero problema se presentó al llegar al aeropuerto de Manises, pues por más que contemplé la rueda de recogida de equipajes, el mío no apareció y hube de realizar la reclamación pertinente en la ventanilla de Spanair. Allí estaba, nunca mejor dicho "a la luna de Valencia", como reza la expresión popular, sin unos míseros calcetines para mudarme ni un cepillo de dientes que llevarme a la boca y, lo que es peor, consumiendo en la reclamación la media hora de la que disponía para tomar el metro antes de que éste cerrase las puertas hasta la mañana siguiente.
Mila me esperaba en la terminal y cuando terminé los trámites no nos quedó más remedio que tomar un taxi que resultó ser conducido por un locutor que dirige un programa de poesía en una radio local y que a punto estuvo de llevarnos a la emisora para entrevistarnos cuando se enteró de que éramos poetas. Fue una suerte, pues estoy seguro de que de ese contacto, aunque no lo concretáramos en aquel momento, saldrá algo positivo en un futuro próximo.
La alegría del reencuentro nos motivó para ir a cenar algunas especialidades valencianas, en un restaurante cercano a su casa, unas exquisitas viandas que nos ayudó a digerir el mojito cubano con el que rematamos el lance, cuestión que me devolvió la alegría que me había restado el percance del equipaje.
DOS ROMPETECHOS EN APUROS (II)
Valencia es una ciudad enorme pero preciosa. Cuenta la leyenda que el Cid Campeador la conquistó después de muerto, pero yo trataba de conquistarla en vida y he de confesar que Mila me ayudó muchísimo a ello. Ha sido uno de los viajes en los que más me he reído. En realidad los dos nos hemos reído a mandíbula batiente incluso de nosotros mismos, un ejercicio que pienso todo el mundo debería de hacer de vez en cuando en lugar de dramatizar la realidad hasta rondar la depresión o profundizar en el abismo del surrealismo negativo. La vida es lo que es, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío ayuda mucho a recorrerla y poder cerrar la contabilidad existencial, algún día, con un balance positivo.
Mila es una excelente persona y posee la misma mentalidad además del mismo grado de despiste que yo. Aún así logramos sobrevivir juntos durante tres días. La primera ocasión en qué pude comprobar esa circunstancia fue cuando nos encontrábamos sentados en una parada de bus para ir al centro. Yo me puse en pie para encender un cigarro y ella interpretó, tal vez porque su vista no alcanza una distancia muy larga, que lo hacía porque llegaba el autobús. Bueno. ¡Aquello fue glorioso! ¡La logré detener, sujetándola del brazo con una mano, cuando ya se disponía a subir en marcha a la cabina de un camión grúa que pasaba por delante y que ella había identificado erróneamente con el transporte público! Y que conste que esto no lo digo con segundas y no la estoy tildando de rellenita, que no lo es.
Otra circunstancia que atestigua un grado de despiste igual al mío fue cuando terminamos de comer, en el restaurante la Bodeguita, con una conocida poeta valenciana, Gloria de Frutos, presidenta de la Asociación de la Crítica. Tras el consabido chupito de licor digestivo que acompaña al café, cuando nos levantamos, ni corta ni perezosa, veo que se dirige como una bala hacia un parroquiano que se hallaban en una mesa cercana y le lanza un ¡Feliz Año! tremendamente efusivo y le planta dos sonoros besos en la cara mientras el tipo pone cara de asombro al mismo tiempo que el otro parroquiano que le acompañaba decía: ¡A mí también! ¡A mí también! ¿Qué había sucedido? Pues que Mila lo había confundido con el dueño del establecimiento, el cual se reía a carcajada limpia desde detrás de la barra al percatarse del equívoco.
Las dos siguientes ocasiones, que me igualan a ella, las protagonicé yo.
Una cuando volvíamos en el metro de comer en el chalet de otra amiga poeta, situado en la sierra valenciana, donde habíamos pasado unas horas inolvidables, recitando y contando anécdotas en torno a la chimenea. Inmerso en la conversación con ella, al llegar a la estación donde debíamos bajar, pulsé el botón e intenté abrir la puerta contraria a la que se correspondía con el andén. ¡Menos mal que no se abrió, pues estoy seguro de que los dos habríamos saltado al vacío o al socavón por el que discurría la vía del sentido contrario y por la que estaba a punto de entrar un tren! ¡No la habríamos contado!
Otra, al llegar al aeropuerto, para tomar el avión de regreso. Era preciso subir a la planta de Salidas y ella me detuvo la mano cuando, en lugar de pulsar el botón para llamar al ascensor, yo ya apretaba el de alarma contra incendios que, inexplicablemente, se ubicaba encima, muy próximo al del elevador. ¡La que pudimos organizar!
El resto del tiempo que pasé en Valencia disfruté muchísimo. La víspera de fin de año fuimos a cenar a casa de un amigo. Bueno, realmente no se trataba de una casa, sino de un antiguo convento restaurado y convertido en vivienda por el actual propietario y su mujer, que ejercían de anfitriones. ¡Un verdadero palacio mediterráneo, con finca, palmeras, piscina y todo lo que se pueda uno imaginar! No faltó el cava, el vino de crianza y el orujo gallego que sirvieron para regar las excelentes viandas con las que nos obsequiaron.
El día siguiente empleamos la mañana en comprar los ingredientes precisos para el festejo con el que despedimos el 2009 y al que habíamos invitado a una pintora y otras tres poetas valencianas. ¿El menú? Mejillones en varias salsas, aguacates rellenos de langostinos, almejas a la marinera, ensaladilla, empanadas, empanadillas rellenas de calabaza y los oportunos dulces. Es obligado decir que, en determinados momentos, las cuatro artistas que compartieron conmigo la entrada del 2010, llevaron la conversación a su cuartel y hasta me sacaron los colores o hicieron que me ruborizara con sus comentarios relativos a los apéndices pectorales femeninos, comentarios que surgieron espontáneamente y continuaron casi toda la noche al mencionar una de ellas que una conocida se había operado y se los había puesto postizos. Para rematar, me regalaron un calzoncillo rojo, que ahora, unido a uno verde que ya tenía y que se hizo famoso con motivo de las
crónicas de mi viaje a Buenos Aires, y a uno blanco que pienso estrenar, no cabe duda de que me ayudarán a desbrozar el terreno y eliminar fronteras en el área de la seducción de las féminas cuando viaje de nuevo, en el próximo mes de junio, a México.
El día de año nuevo me vinieron a buscar dos amigos de un foro, Tonet y Luís Martínez, valencianos, a los cuales no conocía personalmente. Me llevaron a tomar un café a un lugar que se llama El Palmar y a ver la albufera. Fue muy grato ponerle rostro a unas personas que hasta esa fecha solamente pertenecían a la realidad virtual de Internet y he de confesar que no resultaron tan fieros como se pintan a sí mismos, a veces, en los comentarios cibernéticos.
El regreso a Vigo, tras una larga escala en Madrid, no estuvo exento de riesgo. Debido a la tormenta el avión descendió y volvió a elevarse por cuatro veces antes de tomar tierra. A los pasajeros, más que aterrizarnos, nos aterrorizaron. Menos mal que los ejercicios de yoga respiratorio para occidentales que practico cuando veo que las cosas pueden torcerse de una manera irremediable, me ayudaron a mantener la calma y no se me ocurrió apretar el botón para abrir la puerta de emergencia y bajarme en marcha.
Ya en casa, sentí que la odisea valenciana había concluido y no me quedaba más remedio que regresar a las rutinas de editor, eso sí, con la esperanza de volver a aquella tierra, para presentar un libro, en el próximo mes de febrero.
Enero 2010
©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España.
wwww.eltallerdelpoe ta.com


Mila es una persona espléndida. Goza de la misma retranca gallega y el mismo carácter despistado que yo, por lo que la aventura valenciana estuvo cargada de anécdotas que hasta ni el mismísimo rompetechos, héroe de los cómics españoles de mi adolescencia, se atrevería a firmar, y que espero desgranar con éxito a lo largo de la segunda parte de esta crónica.
Viajar en avión, de una forma económica, desde Galicia te obliga, a veces, a extremar la imaginación. Aquí hay cuatro aeropuertos que quedan muy a mano: Vigo, Santiago, A Coruña y Oporto. Entre las amistades me consideran un lince para encontrar las ofertas de vuelo que sacuden menos el bolsillo, por lo que el día 28 de diciembre partí de Pontevedra con destino a la capital portuguesa del vino con el fin de acompañar a otra amiga poeta que salía a primera hora de la mañana, el día 29, rumbo a Génova, y que me pidió ayuda a la hora de programar su viaje a Italia. Oporto es una ciudad maravillosa, desde el punto de vista culinario, y nunca desaprovecho la ocasión de volver a comprobarlo, así que nada más llegar, tras dejar las maletas en el hotel, nos fuimos a cenar con unos amigos asturianos que se encontraban de paso y con los que, previamente, habíamos concertado un encuentro.
Durante media hora recorrimos calle arriba, calle abajo, la Rúa Santa Catarina, con la esperanza de encontrar un restaurante del que me han contado maravillas, tanto en precio como en calidad de las especialidades que sirven, "O Solar de Santa Catarina", pero no aparecía por ninguna parte, hasta que preguntamos y nos dijeron que aún quedaba bastante lejos de donde estábamos por lo que, como el estómago apretaba y la noche, debido al madrugón obligatorio que nos esperaba al día siguiente, no daba mucho más de sí, decidimos entrar en el primer lugar gastronómico que nos deparara la suerte. ¡Craso error y más aún seguir las recomendaciones del maître! El bacalao frito que nos pusieron debieron de ir a buscarlo al museo oceanográfico más cercano, porque aquello era más antiguo que un fósil y el tufo que despedía aún me sigue persiguiendo cuando arrecian las peores pesadillas, aunque hay que decir en descargo del propietario que, como
consecuencia de la reclamación, no nos lo cobró y nos invitó a dos copas de aguardente vella, después de tratar de justificar el asunto con eso de que el pescado había estado demasiado tiempo en el agua, desalándose, pero que era de toda confianza. ¡Y tanto! Al bicho, lo debían de considerar ya de la casa, después de los dos o tres meses que debió pasar en la cocina esperando turno antes de que le dieran el revolcón en la sartén.
Por la mañana nos levantamos muy temprano, a la seis, con el fin de tomar el metro al aeropuerto. Todavía medio dormidos, arrastramos las maletas por el adoquinado hasta la estación más cercana, eso sí cuidándonos mucho de no tropezar con las montañas de excrementos depositadas en la acera por algún perro tremendamente cagón que debe habitar en las cercanías, si es que se trata de un perro, porque aquello más bien parecía obra de un cíclope de siete vientres.
Menos mal que llegamos con antelación, pues sacar un billete de metro en Oporto, requiere, como mínimo, una diplomatura cum laude en ingeniería. Sabía que el precio de los dos rondaba los cuatro euros, por lo que me había molestado en llevar en el bolsillo las monedas justas para realizar la operación con éxito. Con lo que no contaba era que la distribución por zonas del área metropolitana, para el que desconoce el intríngulis, hace muy complicado el asunto. Allí nos las vimos y deseamos, tratando de localizar en el plano la zona para la que debíamos comprar el ticket, pues en el mapa se situaba al aeropuerto en la zona 20, pero la máquina automática sólo expendía para cuatro. Mientras tanto, el reloj continuaba girando inexorable. Finalmente, en una letra tan pequeñita que hasta tuve que ponerme las gafas de cerca, vimos que era la cuatro la que nos correspondía. Felices por el descubrimiento, nos apresuramos a introducir las monedas y
pulsar la tecla de dos viajes, pero lo que salió fue solamente un cartoncillo con dos pases y no dos con un pase cada uno, advertencia que rezaba en letra grande en otra de las especificaciones del tablero informativo como imprescindible para acceder a los andenes.
Entonces se nos presentó el problema de que habíamos agotado el cambio. Intentamos utilizar un billete de cinco euros, pero la máquina que precisamente aceptaba dinero en papel sólo permitía la recarga de los cartoncillos y no la obtención de uno nuevo. Por otra parte, el tiempo se nos echaba encima y debíamos conseguir el objetivo si no queríamos arriesgarnos a que mi amiga perdiera el avión. ¿Qué hacer? La estación a aquellas horas permanecía absolutamente desierta y carecía de cabinas, como las de Madrid, para pedir un pase manual al taquillero de turno.
Angustiados por las circunstancias escuchamos unos pasos salvadores que descendían por las escaleras y que, gentilmente, nos proporcionaron el cambio que precisábamos. Se trataba de dos brasileiros, padre e hija, naturales de Bello Horizonte, y realmente así debía de ser, porque el horizonte del día se nos volvió a iluminar cuando logramos que aquella máquina infernal nos facilitase el anhelado cartoncillo.
Tras dejar a mi amiga en el aeropuerto Saa Carneiro, regresé en bus a Vigo, desde donde partía mi vuelo con destino a Valencia, vía Madrid. Me quedaba todo el día por delante, ya que el avión no salía hasta última hora de la tarde, lo que me animó a comer placenteramente una tortilla española de las que hacen época y unos calamares con arroz en un restaurante de la zona del Calvario, de dicha ciudad, al que estoy seguro de que volveré muchas más veces, pues el precio y la calidad de lo consumido así me lo aconsejan.
El viaje hasta Valencia transcurrió sin novedad, salvo una pequeña carrera que tuve que dar por la terminal 2 de Barajas para llegar a tiempo al enlace. En principio disponía de 45 minutos entre vuelo y vuelo, pero el retraso en el primero y la puntualidad del segundo redujo ese plazo a 10 minutos. Si un ojeador de las olimpíadas me hubiera visto en aquellos momentos no cabe duda de que me habría fichado para los mil quinientos metros lisos.
El verdadero problema se presentó al llegar al aeropuerto de Manises, pues por más que contemplé la rueda de recogida de equipajes, el mío no apareció y hube de realizar la reclamación pertinente en la ventanilla de Spanair. Allí estaba, nunca mejor dicho "a la luna de Valencia", como reza la expresión popular, sin unos míseros calcetines para mudarme ni un cepillo de dientes que llevarme a la boca y, lo que es peor, consumiendo en la reclamación la media hora de la que disponía para tomar el metro antes de que éste cerrase las puertas hasta la mañana siguiente.
Mila me esperaba en la terminal y cuando terminé los trámites no nos quedó más remedio que tomar un taxi que resultó ser conducido por un locutor que dirige un programa de poesía en una radio local y que a punto estuvo de llevarnos a la emisora para entrevistarnos cuando se enteró de que éramos poetas. Fue una suerte, pues estoy seguro de que de ese contacto, aunque no lo concretáramos en aquel momento, saldrá algo positivo en un futuro próximo.
La alegría del reencuentro nos motivó para ir a cenar algunas especialidades valencianas, en un restaurante cercano a su casa, unas exquisitas viandas que nos ayudó a digerir el mojito cubano con el que rematamos el lance, cuestión que me devolvió la alegría que me había restado el percance del equipaje.
DOS ROMPETECHOS EN APUROS (II)
Valencia es una ciudad enorme pero preciosa. Cuenta la leyenda que el Cid Campeador la conquistó después de muerto, pero yo trataba de conquistarla en vida y he de confesar que Mila me ayudó muchísimo a ello. Ha sido uno de los viajes en los que más me he reído. En realidad los dos nos hemos reído a mandíbula batiente incluso de nosotros mismos, un ejercicio que pienso todo el mundo debería de hacer de vez en cuando en lugar de dramatizar la realidad hasta rondar la depresión o profundizar en el abismo del surrealismo negativo. La vida es lo que es, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío ayuda mucho a recorrerla y poder cerrar la contabilidad existencial, algún día, con un balance positivo.
Mila es una excelente persona y posee la misma mentalidad además del mismo grado de despiste que yo. Aún así logramos sobrevivir juntos durante tres días. La primera ocasión en qué pude comprobar esa circunstancia fue cuando nos encontrábamos sentados en una parada de bus para ir al centro. Yo me puse en pie para encender un cigarro y ella interpretó, tal vez porque su vista no alcanza una distancia muy larga, que lo hacía porque llegaba el autobús. Bueno. ¡Aquello fue glorioso! ¡La logré detener, sujetándola del brazo con una mano, cuando ya se disponía a subir en marcha a la cabina de un camión grúa que pasaba por delante y que ella había identificado erróneamente con el transporte público! Y que conste que esto no lo digo con segundas y no la estoy tildando de rellenita, que no lo es.
Otra circunstancia que atestigua un grado de despiste igual al mío fue cuando terminamos de comer, en el restaurante la Bodeguita, con una conocida poeta valenciana, Gloria de Frutos, presidenta de la Asociación de la Crítica. Tras el consabido chupito de licor digestivo que acompaña al café, cuando nos levantamos, ni corta ni perezosa, veo que se dirige como una bala hacia un parroquiano que se hallaban en una mesa cercana y le lanza un ¡Feliz Año! tremendamente efusivo y le planta dos sonoros besos en la cara mientras el tipo pone cara de asombro al mismo tiempo que el otro parroquiano que le acompañaba decía: ¡A mí también! ¡A mí también! ¿Qué había sucedido? Pues que Mila lo había confundido con el dueño del establecimiento, el cual se reía a carcajada limpia desde detrás de la barra al percatarse del equívoco.
Las dos siguientes ocasiones, que me igualan a ella, las protagonicé yo.
Una cuando volvíamos en el metro de comer en el chalet de otra amiga poeta, situado en la sierra valenciana, donde habíamos pasado unas horas inolvidables, recitando y contando anécdotas en torno a la chimenea. Inmerso en la conversación con ella, al llegar a la estación donde debíamos bajar, pulsé el botón e intenté abrir la puerta contraria a la que se correspondía con el andén. ¡Menos mal que no se abrió, pues estoy seguro de que los dos habríamos saltado al vacío o al socavón por el que discurría la vía del sentido contrario y por la que estaba a punto de entrar un tren! ¡No la habríamos contado!
Otra, al llegar al aeropuerto, para tomar el avión de regreso. Era preciso subir a la planta de Salidas y ella me detuvo la mano cuando, en lugar de pulsar el botón para llamar al ascensor, yo ya apretaba el de alarma contra incendios que, inexplicablemente, se ubicaba encima, muy próximo al del elevador. ¡La que pudimos organizar!
El resto del tiempo que pasé en Valencia disfruté muchísimo. La víspera de fin de año fuimos a cenar a casa de un amigo. Bueno, realmente no se trataba de una casa, sino de un antiguo convento restaurado y convertido en vivienda por el actual propietario y su mujer, que ejercían de anfitriones. ¡Un verdadero palacio mediterráneo, con finca, palmeras, piscina y todo lo que se pueda uno imaginar! No faltó el cava, el vino de crianza y el orujo gallego que sirvieron para regar las excelentes viandas con las que nos obsequiaron.
El día siguiente empleamos la mañana en comprar los ingredientes precisos para el festejo con el que despedimos el 2009 y al que habíamos invitado a una pintora y otras tres poetas valencianas. ¿El menú? Mejillones en varias salsas, aguacates rellenos de langostinos, almejas a la marinera, ensaladilla, empanadas, empanadillas rellenas de calabaza y los oportunos dulces. Es obligado decir que, en determinados momentos, las cuatro artistas que compartieron conmigo la entrada del 2010, llevaron la conversación a su cuartel y hasta me sacaron los colores o hicieron que me ruborizara con sus comentarios relativos a los apéndices pectorales femeninos, comentarios que surgieron espontáneamente y continuaron casi toda la noche al mencionar una de ellas que una conocida se había operado y se los había puesto postizos. Para rematar, me regalaron un calzoncillo rojo, que ahora, unido a uno verde que ya tenía y que se hizo famoso con motivo de las
crónicas de mi viaje a Buenos Aires, y a uno blanco que pienso estrenar, no cabe duda de que me ayudarán a desbrozar el terreno y eliminar fronteras en el área de la seducción de las féminas cuando viaje de nuevo, en el próximo mes de junio, a México.
El día de año nuevo me vinieron a buscar dos amigos de un foro, Tonet y Luís Martínez, valencianos, a los cuales no conocía personalmente. Me llevaron a tomar un café a un lugar que se llama El Palmar y a ver la albufera. Fue muy grato ponerle rostro a unas personas que hasta esa fecha solamente pertenecían a la realidad virtual de Internet y he de confesar que no resultaron tan fieros como se pintan a sí mismos, a veces, en los comentarios cibernéticos.
El regreso a Vigo, tras una larga escala en Madrid, no estuvo exento de riesgo. Debido a la tormenta el avión descendió y volvió a elevarse por cuatro veces antes de tomar tierra. A los pasajeros, más que aterrizarnos, nos aterrorizaron. Menos mal que los ejercicios de yoga respiratorio para occidentales que practico cuando veo que las cosas pueden torcerse de una manera irremediable, me ayudaron a mantener la calma y no se me ocurrió apretar el botón para abrir la puerta de emergencia y bajarme en marcha.
Ya en casa, sentí que la odisea valenciana había concluido y no me quedaba más remedio que regresar a las rutinas de editor, eso sí, con la esperanza de volver a aquella tierra, para presentar un libro, en el próximo mes de febrero.
Enero 2010
©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España.
wwww.eltallerdelpoe ta.com


Comentarios
No se trataba de bajar tres pisos, pero si cruzar solamente tres calles.
Las croquetas se dispararon solas a la garganta, las cervezas no dejaban de alegrar la mesa, y la tarta helada fue majestuosa.
Menos mal que la cena camino´ sola , pues yo solo tenia ojos para grabar aquel rostro amigo, que tenia delante y que sabia se desvaneceria en cualquier instante por el torrente de mis neuronas por los siglos de los siglos.
La rigidez de los cubiertos, sirvio´ de testigo en aquellas horas que silbaban, con caracter profesional, el pasar de los minutos.
Ni mas, ni menos.
Hoy, lo hubiera cambiado todo, pero no, el amor y cariño en los bordados del salon.
y cómeme el rabo....anda!!!
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