El caldero
Barkazas
El frigorífico ya no era tan blanco, Toño García Ibarra2. Hola y Adiós. Ella.
- Y tú, ¿qué haces con tu vida? -preguntó la chica con una más que sincera curiosidad, casi preocupación, por culpa de una cara que reflejaba abatimiento y cólera a la par. Rabia y cansancio, y sueño, con toda probabilidad. Rabia hacia sí mismo, una rabia que brillaba en sus ojos cuando decía yo, o cuando le decían tú.
- Y tú, ¿qué haces con tu vida? -preguntó la chica con una más que sincera curiosidad, casi preocupación, por culpa de una cara que reflejaba abatimiento y cólera a la par. Rabia y cansancio, y sueño, con toda probabilidad. Rabia hacia sí mismo, una rabia que brillaba en sus ojos cuando decía yo, o cuando le decían tú.
-Antes solía decir que consumirla, pero últimamente me pregunto si no es ella la que me consume a mí, más bien… -observó el efecto de miedo y admiración en ella. Le dijo que se llamaba Esther, no era muy guapa. Probablemente por eso no le había mandado a tomar por culo, él había sido atractivo. Le dijo que estudiaba Agrónomos en la Politécnica de Madrid, una chica con futuro, solo 20 años. Probablemente debía alejarse de ella, no la haría ningún bien, pero había tantas cosas que debería haber hecho y aún esperaban, y tantas otras que ya no podría hacer.
-Vaya, no sé si reírme o si llorar, después de una frase como esa… -dijo ella intentando en vano retomar un tono agradable en la conversación, y salir así de esa oscuridad que arropaba la voz de Fermín, así le había dicho que se llamaba.
-Te aseguro… ¿Esther? -ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza, viendo su estado no le reprochaba mala memoria- te aseguro Esther que no merezco ni una de tus lágrimas. Aunque bien merezco hasta mis propias carcajadas si miro hacia atrás. Demasiados errores que no lo son, demasiada mala suerte que fue elección mía. Demasiado mal camino andado, habiendo otros tan bonitos…
-Hablas como si tuvieras 50 años y una horrible vida detrás -dijo, asumiendo el tono catastrófico y melancólico de su nuevo confesor- , aún así no aparentas más de 35, y probablemente te esté poniendo alguno, je, je, je.
-Me pones nueve años de más, aunque los he vivido de sobra, me quedan pocos para que llegue mi hora, dada la velocidad a la que he ido toda mi vida. -dijo sonriendo, ella se sonrojó por el error e hizo amago de pedir disculpas, aunque ambos sabían que no hacían falta- Espero coger la próxima salida, a ver si no me la paso. -la hizo un guiño. La joven estudiante no sabía muy bien como tomarse aquello. Ese tipo de revelaciones, a una niña de sólo 20 años le venían grandes. Él no parecía darle ninguna importancia al asunto, la sonreía, casi como sonríe un viejo profesor cuando ve que un buen alumno se esfuerza por comprender las lecciones de filosofía, pero su mente no obtiene resultado alguno. A ella le resultó imposible entender esa indiferencia al hablar de la propia muerte y de una vida pasada, según parecía, llena de motivos para arrepentirse.
- ¿Qué es eso de lo que tanto te arrepientes?
Él sonrió, en efecto, no había comprendido nada, aunque tal vez fuera que la faltaban datos. Desde luego la faltaba experiencia, y eso es algo repleto de datos.
-Si hay algo que no hago es arrepentirme- dijo sin perder la leve sonrisa. La miraba fijamente con algo que parecía un cariño nostálgico- eso es lo único que me he prometido, desde que cumplí los 17 años, que no haría jamás. Lo único que merece arrepentimiento es no aprender, y yo, créeme, he aprendido algo de cada una de mis acciones, malas o buenas.
Esther comenzaba a comprender. Y no sabía muy bien el qué, pero le miraba a sus profundos ojos azules llenos de muerte, y atisbaba a ver su vida, una vida llena de experiencia, la cual servía, según parecía, para borrar todo rastro de arrepentimiento. Un hombre como aquel daba lástima nada más verlo, pero a ella le despertó curiosidad. Y su curiosidad, recién despertada, estaba boquiabierta ante el espectáculo de la verdad, que se desplegaba ante su mirada. Sus ojos eran la experiencia viva, y la vida muerta. Sus párpados, sus pómulos, sus mejillas hundidas, el agotamiento, el lado más oscuro de la vida, el lado que consume. Su barba era, en contra de lo que parecía en un primer momento, todo lo bueno que había sacado de la experiencia, difícil de ver, como difícil era ver su sonrisa, tanto por el espesor del vello como por el cansancio que no dejaba de asomarse a su rostro. Verdaderamente la vida le había consumido a él, y debía habérselo dicho un espejo.
Todo aquello, un cuerpo sin grasa ni demasiado músculo, pero aún fuerte, su ropa sencilla y usada, y aquellos gestos amanerados que mostraban su desdén por la sociedad, por la virilidad y por cualquier cosa que la mayoría de chavales de veinte años tomaban por esencial y guía de vida, él los tenía ya muy vistos y usados hasta la saciedad. Ya no tenían importancia.
Tiempo después se preguntaría cómo exactamente le había llevado a su apartamento y de dónde la salió el valor para ofrecerlo o para aceptarlo, pero siendo más feliz que nunca, tuvo también más miedo al futuro que nunca, de hecho, lo tuvo por primera vez, y jamás dejaría de sentirlo si no era entre notas de música, sonrisas o sudor.
3. Sudor seco. La oscuridad.
Era lo más parecido a sexo con amor que tenía en mucho tiempo, y desde luego había sido placer aquello que los envolvió a ambos. Ella dormía a su lado como si lo amase y lo conociese desde hace años, como si se amasen los dos. Dormía plácidamente, casi se distinguía una sonrisa en su rostro tranquilo, pero no, sólo dormía. Estaba desnuda, tapada con la sábana sólo en parte pues el calor la destapó en sueño lo que su pudor había tapado horas antes. Hacía un par de horas que dormía. Se quedó dormida rápidamente, pero él se había mantenido despierto durante todo el tiempo, no podía dormir y no pretendía intentarlo, tampoco iba a conseguirlo de todas maneras. Su sudor había tenido tiempo de enfriarse y secarse, asique él sí se mantenía tapado con la fina sábana de verano. No estaba pensando en nada, sólo miraba al techo y esperaba a que le diesen ganas de levantarse y largarse de allí, pero se estaba muy bien, y Esther tenía algo en ella, una especie de magnetismo en su forma de mirarle y de tocarle, en su forma de saborearle, de olerle, de escucharle… Había algo en ella que le ataba a quedarse allí, tranquilo. Era esa sensación de sentirse querido, era absurda, no la conocía. Pero cada segundo que ella le había tenido delante le había sentido al máximo. Todo su cuerpo se volcaba en su presencia, y él lo notaba. Era una sensación adictiva, no quería perder aquello, llevaba años soñando con algo que se pareciese lo más mínimo al amor y creía haberlo encontrado, después de tanto tiempo. Llevaba buscándolo toda la vida, desde niño, desde que su madre le miraba con desdén fumando sus cigarrillos mientras él jugaba en los adoquines desnudos del patio de la casa de su abuela, donde habían vivido durante casi toda su infancia, había sabido que tenía algo que encontrar, algo que jamás había conocido y que allí no conocería. Desde niño había sabido que debía dedicar su vida a buscar aquello. Lo encontró por momentos, pero siempre demasiado breves para hacerlo eterno. Siempre demasiado efímero. Por eso sabía en aquella oscuridad compartida, en aquellas sábanas que ella quiso compartir, que lo mejor era quedarse. Lo mejor para él, tal vez fuese lo que necesitaba. Desde luego casi era lo que había buscado siempre, tal vez acabase encontrando allí lo que iba buscando. Tal vez sí.
- Tal vez no…
Ella se movió un poco y Fermín giró la cabeza para mirarla, no fuese que estuviese despierta, o que la hubiese despertado él. Su cara seguía relajada, aun dormía. La miró durante un rato, a sus parpados cerrados, la miró queriendo mirarla a los ojos, o queriendo que ella le mirase a él. Pero sólo se giró y le dio la espalda. Él siguió mirando donde hacía un momento habían estado sus parpados, donde había querido que se mirasen. Y aun siguió un rato largo hasta que se levantó. El cuerpo de mujer medio envuelto en sabanas, envuelto en oscuridad, cubierto de sudor seco, no se inmutó. Fermín se acercó a la ventana y descorrió las cortinas, y una suave luz azulada iluminó la habitación y el cuerpo dormido de Esther. Fermín estuvo otro rato con la mirada fija en la piel iluminada por la luna, casi llena. Abrió un poco la ventana y se fue hacia la puerta, y la abrió, y se acercó a la cama para sentarse en el borde y ver mejor la piel de ella. Había corriente en la habitación y su piel se erizaba cada poco, ella se movía de vez en cuando y, sin despertarse, tiraba de las sábanas para arriba con las manos y para abajo con los pies, tratando en vano de taparse entera. Le encantaba verla dormida, moviéndose, estremeciéndose con las rachas de brisa que recorrían su piel, cuyo vello se erizaba y se volvía erizar al poco tiempo. Sus brazos contra el pecho, agarrando las sábanas, sus pezones duros y sus piernas muy cerradas y encogidas. La besó el cuello despacio, para que sintiese el calor de sus labios y su respiración, y su cuerpo pareció calmarse. Se puso de pié y la tapó bien, después cerró la ventana y, tras mirarla de nuevo con esa luz de luna, corrió las cortinas de nuevo y salió de la habitación.
En la cocina encendió la luz y abrió la nevera. Estaba casi vacía, a excepción de una botella de agua, unos yogures y un plato recubierto con papel film transparente con lo que debía haber sido su comida, arroz con verduras, y el caldillo de rigor. Cogió uno de los yogures y una cucharilla y se sentó a esperar la luz del amanecer. Todo estaba impoluto, el suelo de toda la casa, todas las mesas, los muebles, la encimera de la cocina. El frigorífico parecía nuevo de lo blanco que estaba. No debía llevar mucho tiempo allí, probablemente se había ido a vivir a aquel apartamento hacía poco tiempo, tal vez sólo desde que comenzó el curso. Debía ser de otra ciudad y sus padres le habían pagado un modesto pisito en el centro de la capital, bien situado, un barrio sin problemas. Querrían lo mejor para su niña, sin duda.
Pasó un rato largo sumergido en sus pensamientos, pantanosos, hasta que se dio cuenta de que se había terminado el yogur y de que una muy leve luz matinal auguraba el amanecer, libre de nubes, como todos últimamente. Luz clara desde las siete menos cuarto de la madrugada. Volvió a la habitación y cerró la puerta. Allí estaba ella, arropada hasta el cuello y en la misma postura que cuando la había dejado sola. Se metió bajó las sábanas junto a ella y poco a poco, conforme iba aclarándose la habitación y se iba escuchando a la ciudad al otro lado de las cortinas y las ventanas, él se fue quedando dormido.
4. La calma de antes de la tormenta. La claridad.
Esther abrió los ojos lentamente y vio la pared y la mesita de noche con esa leve luz que trae el alba. Los números rojos del despertador se iluminaban marcando las siete y pico de la mañana. No sabía hasta que hora habían hecho el amor ni a qué hora se había quedado dormida, pero debía haber dormido bastante poco, aun así se sentía sorprendentemente despierta. Obviando el hecho de que lo estaba. Se dio cuenta de que estaba sudando y se destapó mientras se ponía bocarriba y terminaba de quitarse las sábanas con las piernas. Giró la cabeza a su derecha esperando encontrarse media cama vacía y le vio a él durmiendo plácidamente y bastante arropado, teniendo en cuenta que ella acababa de arrastrar la mitad de las sábanas hasta los pies de la cama. Él también había empezado a sudar asique le destapó el torso desnudo. Estaba bastante flaco, pero los músculos se dibujaban por todo su cuerpo. Tenía su estrecho pecho cubierto de una capa más o menos fina de vello rizado, húmedo por el sudor. Con las ventanas cerradas hacía demasiado calor, aunque estaban ya casi en octubre, pero si las abría haría demasiado frío, sobre todo a esas horas de la mañana. Aun así abrió un poco una ventana sin descorrer las cortinas, entraba la luz perfecta para estar despierto y dormido.
La habitación empezó a refrescarse un poco después de toda la noche con las ventanas cerradas y el ambiente del sexo allí encerrado. A pesar de lo cual, tampoco estaba muy denso para haber estado sudando durante horas los dos entre esas cuatro paredes magenta.
Se puso unas braguitas limpias aunque no se hubiese duchado, de esas que le decían a los hombres que la tocasen con cuidado y que la tratasen con mimo, y se tumbó al lado de su huésped, acurrucada, mirándole sus rasgos erosionados por el tiempo en su más cruel expresión. Pensó que, en realidad, fuese más niño abandonado que anciano abatido y, con movimientos lentos acercó su mano al rostro de él y le acarició las facciones con sumo cuidado, estudiando su tacto. Anoche no le toco la cara, quizás fuese una de las pocas partes de su cuerpo que no tocó y sin embargo la que mas deseó.
A él le temblaban los parpados y a ella le brillaban los ojos.
La suave piel de sus dedos despertó la áspera piel de la cara de él y ambos, sabiéndolo, disimularon. Y ambos lo hicieron con fuerza, pero a ninguno le salía demasiado bien. Una lágrima comenzó a brotar de entre los párpados cerrados de aquel niño abatido o de aquel anciano abandonado y ella cerró los ojos para que sus lágrimas se escondiesen bajo su refugio de piel y pestañas.
Fermín abrió los ojos, buscando su mirada, aquella mirada… y encontró sus párpados cerrados, de nuevo. Temblando. Aún así aguantó la miraba esperando a que los abriese por fin, y por fin los abrió, y se miraron después de la larga espera, después de toda la noche de él y de eternos minutos de una mañana aun naciente de ella. Se miraron todo lo que quisieron, todo lo que se merecían después de la paciencia demostrada. La mano de ella cayó de su cara a sus manos grandes y fuertes que la recibieron con un pequeño abrazo caliente y la guardaron durante el tiempo que estuvieron allí, en silencio, queriéndose decir tantas cosas con la mirada y adivinando tan pocas (aunque algunas).
Después de un tiempo que nadie se interesó en contar, la mano de ella salió de su refugio, y le dio las gracias a la piel de su cara llena de barba dura y espesa. La chica se incorporó en la cama y se sentó al borde del colchón sintiéndose desnuda por primera vez desde que la noche anterior se cubriese con las sábanas después de haber tenido sexo. Y se sintió feliz, porque su desnudez no la incomodaba ni la avergonzaba. Aquellas braguitas de niña, pensó él, cubrían demasiado.
Aquella mirada de niño, la desnudaba de pudor.
De espaldas al hombre y a la cama que los había presentado, giró el cuello y le sonrió con toda la sinceridad que pueda encontrarse en una sonrisa.
-Me voy a la ducha antes de desayunar, duerme un poco más si quieres. Aun pareces cansado.
Él permaneció tumbado mientras la chica se iba a la ducha. Su mirada la siguió todo lo que pudo y luego sus ojos se cerraron, y su mente se durmió, y su alma se sintió libre allí en lo profundo de sus sueños, donde las almas son almas y crean y destruyen a su antojo.
5. La tormenta. Él.
Había pasado ya casi una semana desde que Esther había conocido a Fermín, un viernes. Él había pasado todo el fin de semana con ella, en su apartamento y había cocinado para ella cada mediodía y cada noche la había amado, o algo que se le parecía. Habían sido dos desconocidos y la pareja perfecta. Desde el sábado por la mañana hasta el lunes en el desayuno, tuvieron los teléfonos desconectados. Habían pasado un fin de semana en conocerse y ahora pasaba una semana en olvidarle, en intentarlo. Estaba convencida de no volver a verle nunca. En realidad, no sabía qué tipo de persona era, había creído saberlo, pero no lo sabía. Por su aspecto, cualquiera diría que se había aferrado a un techo y a un plato. Por sus palabras a una mirada. Por su cuerpo, a un cuerpo.
No sabía si sentirse utilizada o si sentir nostalgia. No quería sentir nostalgia por un fin de semana, y menos aun con 20 años. Quería sentir nostalgia por una juventud y en una vejez. No era el momento ni el motivo. Se sentía utilizada, pero no se lo creía del todo. El lunes por la mañana habían desayunado juntos, mientras ella se duchaba Fermín la preparó el desayuno y luego la despidió en la puerta.
“- Aprende mucho, pero no te esfuerces”
Cuando volvió de la facultad, casi a las 3 de la tarde, la casa estaba vacía. Había uno de esos dibujos a boli que él hacía sobre la mesa de la cocina. Ahora estaba en la nevera, con él único imán que tenía. Lo compró la tarde del martes, después de comer, sola de nuevo. Se dio cuenta de que lo único que tenía era un papel, y pensó que lo mejor era ponerlo en la nevera. Antes lo había guardado en la cartera, pero ahí no lo leía sin querer. Asique fue al bazar chino que había a un par de manzanas de su casa y compró un imán con forma de margarita a medio desojar, no había mejores opciones. Desde ese día, iba a por más agua, y picaba más entre horas,… sólo quería ver su dibujo y su firma, una fh. Sus iniciales, en minúsculas y sin puntos. Tenía letra de trazador de mapas para barcos del siglo XVII.
Pasaron días y el dibujo tiraba del imán lentamente hacia abajo, sin que nadie se diese cuente, probablemente, ni siquiera el imán. Pasaron semanas y el dibujo se calló y Esther lo recojió y lo volvió a colocar.
Pasaron meses sin que Esther supiera nada de Fermín, sin que le viera a lo lejos en el metro, sin que creyese verlo en la otra acera girando una esquina.
El frigorífico ya no era tan blanco, el imán estaba roto por los dos pétalos que faltaban por desojar y que Esther ya estaba segura de que decían: no me quiere, y el papel del dibujo había amarilleado y ya no estaba allí solo. Esther lo seguía mirando, cada vez que iba a la nevera, lo miraba, había más papeles, fotografías y números atrapados entre el frigorífico e imanes, pero sólo miraba el dibujo, y la fh.
Toño García Ibarra
estoyempanao(0)msn.com
Os mando adjunto un relato, que he visto que tambien tienen hueco en la pagina, lo voy escribiendo, esta sin terminar de momento. La verdad no se si avanzará mucho, pero lo retomé hace poco, os paso el principio (no hay capitulo 1, es asi).
Un abrazo

Comentarios
Me encanta tu manera de manejar los pensamientos al escribir, cómo haces que se empatice con cualquier tipo de personaje.
:)
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