El caldero
Barkazas
El señor senador, de José Luis Carretero Miramar No tengo demasiados problemas ahora mismo. Tan sólo es que ya no me fían en el Club de la playa. La visa oro ya no es utilizable, pero en el Palace todavía no me han dicho nada cuando voy a desayunar.
El otro día estuve hablando con el presidente del Partido. Por supuesto, lo grabé todo, no quiero que luego niegue hasta que me conoce. Voy abandonar el escaño, pero que ni sueñen estos que voy a devolver el carnet. Les he hecho de oro, ¿no? Pues que apechuguen.
La verdad es que era divertido. De aquí para allá con las maletas y las bolsas de basura. De casa de Pedro a casa de Pablo. Del Ayuntamiento a la constructora, por ejemplo.
Todo el mundo debería tener su oportunidad. Aunque conservador, soy lo bastante abierto para reconocer que la malhadada suerte no nos trata a todos por igual. A mí ahora, por ejemplo, me está jodiendo. Pero lo cierto es que estos últimos años me ha tratado de lujo
Acaricio a mi perro, que me lame la mano con mansedumbre. Acaricio a mi Ferrari rojo, que responde con un leve destello que sólo yo percibo. Acaricio a mi mujer, que aparta suavemente la mano. Acaricio a las chicas del Club, aunque ahora menos, porque ya no me admiten la tarjeta ni soy cliente VIP al que invitar.
Tengo una foto con el Rey. Y miles de horas grabadas de conversaciones con alcaldes, diputados, gerentes…hasta conserjes. Las tengo guardadas en una caja fuerte en un banco extranjero, adonde voy vestido de alegre funcionario de clase media, pues allí nadie me reconoce.
Soy un hombre feliz pese a todo. Pese a que la televisión se esté metiendo conmigo. Pese a los insultos de la gente del otro Partido (el otro día cené con ellos). Pese a que sospecho que mi mujer ha intentado envenenarme alguna vez (realmente no lo haría, soy demasiado productivo para ella).
Tengo un tigre en el jardín (dentro de una jaula, por supuesto), una cabeza de jirafa disecada en el salón, un equipo entero de colaboradores con mirada perruna y fidelidad acrisolada.
Y, sin embargo…
II
Han venido los agentes judiciales. Van a embargarme el Ferrari rojo. Ya no ronroneará bajo mi zapato, cuando aprieto el acelerador. Ya no emitirá leves destellos sólo para mis ojos.
Pero no pasa nada, Esto es un obstáculo pasajero. El otro día hablé con la secretaria general de mi Partido. El cabrón del Presidente dice ahora que no me conoce. Yo, que he estado en las bodas de todos sus hijos, en el funeral de su abuela, en la reunión discreta y larga en la que le hicimos miembro de la Orden.
Pero ya os lo he dicho: no pasa nada. Tengo mis cartas guardadas en la manga.
La tele está cada día más pesada. Las chicas del Club hacen cola para ir a contar cosas extrañas de mí a los programas del corazón. Un locutor vigoréxico y bronceado se dirige a ellas con tono neutro y les pregunta sin inmutarse: “¿de verdad le gusta por ahí?” Ellas sonríen, descruzan las piernas lo bastante para captar el interés del espectador, se pasan la lengua por los labios lentamente y, cuando van a contestar, la pantalla salta de golpe a la publicidad.
Mi mujer ha sido vista con el instructor de tenis. Yo creía que era marica, pero en realidad es un robusto mozalbete con veinte años menos que yo y músculos en sitios imposibles. Ella ha pedido el divorcio y ha contratado una agencia de detectives para intentar localizar todos mis bienes. La lleva clara.
Pero todo sigue bien.
III
Menuda pandilla. Esto empieza a parecerme muy mal. Ahora me han metido en la trena. Me han dicho que es sólo por unos días. “Hasta que se calme la jauría”, me dijo el abogado que me paga el Partido, mientras se despedía de mí, dejándome abandonado en este antro.
Ya nadie viene a verme. Ni siquiera el jefe provincial de mi organización me coge las llamadas. Se va a enterar.
El Director de la cárcel está dispuesto a tratarme bien. Se reunió conmigo el día que llegué. Me dijo: “No se preocupe, ya sé que usted no es como los demás presos. Usted es un hombre cabal. Le puede pasar a cualquiera”, y estrechó mi mano con vehemencia.
El resto de internos me miran con curiosidad y algunos, más lanzados, me invitan a tabaco y me cuentan sus problemas personales. Hago como que escucho y me mantengo todo el rato con ellos, por si las moscas.
Mi mujer aún no ha venido. El próximo sábado sale también en la tele, en un programa rosa de gentes que chillan, se levantan e insultan al presentador. Vete a saber que va a contar. Ahora se hará la santa. Toda la vida reciclando bolsas de basura llenas de dinero y si preguntar nada. “Gracias cariño”, decía maquinalmente, y ponía cara de asco. Y al día siguiente se iba a comprar vestidos a las tiendas más lujosas de la ciudad.
Estoy empezando a hartarme. Hoy, por fin, el secretario de organización provincial del Partido me ha cogido el teléfono. Le he dejado bien claro cuáles son mis triunfos: o se espabilan o hago público todo lo que tengo. Les va salir la mierda hasta por las orejas. Van a caer las torres más altas del país. Va a temblar la tierra.
Ya veréis.
IV:
-Te huele la cabeza a pólvora.
No he pasado más miedo en mi vida. Un tipo malencarado, vestido con andrajos, extranjero, con el pelo rapado y tatuajes dispersos por una musculatura anonadante, se me ha encarado en el patio y me ha dicho:
-Vengo de parte de tus amigos.
-¿Qué amigos?
-Los de siempre. Y quieren que te quede una cosa clara:
-¿Qué? (al decir esto me tembló un poco la voz, porque el tipo me miraba torvamente).
-Te huele la cabeza a pólvora.
Antes estos tipos trabajaban para mí. Tenía tres o cuatro en nómina. Yo no me ocupaba de ellos, claro, sino mi guardaespaldas. Pero si había que hacer trabajos sucios, hacían trabajos sucios. Ahora este monstruo me mira ratos desde el otro lado del patio y sonríe, con cara de satisfacción.
No puedo avisar a la policía. Angel, el comisario Jefe de la ciudad, ya no me coge las llamadas. Su secretaria dice que está ocupado, y de fondo se le oye a él cantando arias operísticas, con voz alegre.
El Director de la prisión sonrió cuando se lo conté. Me miró como a un extraño y me dijo muy suavemente: “debe usted llevarse bien con el resto de internos, así no conseguirá nada”. La foto del exDictador que adorna la mesa de su despacho me recuerda que, probablemente, es simpatizante de mi Partido, pero daría igual que fuera de cualquier otro. Ahora sólo soy un preso,
Mi mujer está ganado millones en los programas rosa. Ya sólo falta que cuente que me meo en la cama. Sonríe, pone la mano para recoger los billetes, vuelve a sonreir. Todo con una cierta desgana. Vamos, como lo ha hecho siempre.
Acabo de entrar en las duchas. Miro a mi espalda, para asegurarme de que no me sigue nadie. Estoy bastante nervioso últimamente. Pero, pese a todo, lo que más me duele, lo que de verdad me desespera, es que me quitaran mi Ferrari rojo.
José Luis Carretero Miramar.
El otro día estuve hablando con el presidente del Partido. Por supuesto, lo grabé todo, no quiero que luego niegue hasta que me conoce. Voy abandonar el escaño, pero que ni sueñen estos que voy a devolver el carnet. Les he hecho de oro, ¿no? Pues que apechuguen.
La verdad es que era divertido. De aquí para allá con las maletas y las bolsas de basura. De casa de Pedro a casa de Pablo. Del Ayuntamiento a la constructora, por ejemplo.
Todo el mundo debería tener su oportunidad. Aunque conservador, soy lo bastante abierto para reconocer que la malhadada suerte no nos trata a todos por igual. A mí ahora, por ejemplo, me está jodiendo. Pero lo cierto es que estos últimos años me ha tratado de lujo
Acaricio a mi perro, que me lame la mano con mansedumbre. Acaricio a mi Ferrari rojo, que responde con un leve destello que sólo yo percibo. Acaricio a mi mujer, que aparta suavemente la mano. Acaricio a las chicas del Club, aunque ahora menos, porque ya no me admiten la tarjeta ni soy cliente VIP al que invitar.
Tengo una foto con el Rey. Y miles de horas grabadas de conversaciones con alcaldes, diputados, gerentes…hasta conserjes. Las tengo guardadas en una caja fuerte en un banco extranjero, adonde voy vestido de alegre funcionario de clase media, pues allí nadie me reconoce.
Soy un hombre feliz pese a todo. Pese a que la televisión se esté metiendo conmigo. Pese a los insultos de la gente del otro Partido (el otro día cené con ellos). Pese a que sospecho que mi mujer ha intentado envenenarme alguna vez (realmente no lo haría, soy demasiado productivo para ella).
Tengo un tigre en el jardín (dentro de una jaula, por supuesto), una cabeza de jirafa disecada en el salón, un equipo entero de colaboradores con mirada perruna y fidelidad acrisolada.
Y, sin embargo…
II
Han venido los agentes judiciales. Van a embargarme el Ferrari rojo. Ya no ronroneará bajo mi zapato, cuando aprieto el acelerador. Ya no emitirá leves destellos sólo para mis ojos.
Pero no pasa nada, Esto es un obstáculo pasajero. El otro día hablé con la secretaria general de mi Partido. El cabrón del Presidente dice ahora que no me conoce. Yo, que he estado en las bodas de todos sus hijos, en el funeral de su abuela, en la reunión discreta y larga en la que le hicimos miembro de la Orden.
Pero ya os lo he dicho: no pasa nada. Tengo mis cartas guardadas en la manga.
La tele está cada día más pesada. Las chicas del Club hacen cola para ir a contar cosas extrañas de mí a los programas del corazón. Un locutor vigoréxico y bronceado se dirige a ellas con tono neutro y les pregunta sin inmutarse: “¿de verdad le gusta por ahí?” Ellas sonríen, descruzan las piernas lo bastante para captar el interés del espectador, se pasan la lengua por los labios lentamente y, cuando van a contestar, la pantalla salta de golpe a la publicidad.
Mi mujer ha sido vista con el instructor de tenis. Yo creía que era marica, pero en realidad es un robusto mozalbete con veinte años menos que yo y músculos en sitios imposibles. Ella ha pedido el divorcio y ha contratado una agencia de detectives para intentar localizar todos mis bienes. La lleva clara.
Pero todo sigue bien.
III
Menuda pandilla. Esto empieza a parecerme muy mal. Ahora me han metido en la trena. Me han dicho que es sólo por unos días. “Hasta que se calme la jauría”, me dijo el abogado que me paga el Partido, mientras se despedía de mí, dejándome abandonado en este antro.
Ya nadie viene a verme. Ni siquiera el jefe provincial de mi organización me coge las llamadas. Se va a enterar.
El Director de la cárcel está dispuesto a tratarme bien. Se reunió conmigo el día que llegué. Me dijo: “No se preocupe, ya sé que usted no es como los demás presos. Usted es un hombre cabal. Le puede pasar a cualquiera”, y estrechó mi mano con vehemencia.
El resto de internos me miran con curiosidad y algunos, más lanzados, me invitan a tabaco y me cuentan sus problemas personales. Hago como que escucho y me mantengo todo el rato con ellos, por si las moscas.
Mi mujer aún no ha venido. El próximo sábado sale también en la tele, en un programa rosa de gentes que chillan, se levantan e insultan al presentador. Vete a saber que va a contar. Ahora se hará la santa. Toda la vida reciclando bolsas de basura llenas de dinero y si preguntar nada. “Gracias cariño”, decía maquinalmente, y ponía cara de asco. Y al día siguiente se iba a comprar vestidos a las tiendas más lujosas de la ciudad.
Estoy empezando a hartarme. Hoy, por fin, el secretario de organización provincial del Partido me ha cogido el teléfono. Le he dejado bien claro cuáles son mis triunfos: o se espabilan o hago público todo lo que tengo. Les va salir la mierda hasta por las orejas. Van a caer las torres más altas del país. Va a temblar la tierra.
Ya veréis.
IV:
-Te huele la cabeza a pólvora.
No he pasado más miedo en mi vida. Un tipo malencarado, vestido con andrajos, extranjero, con el pelo rapado y tatuajes dispersos por una musculatura anonadante, se me ha encarado en el patio y me ha dicho:
-Vengo de parte de tus amigos.
-¿Qué amigos?
-Los de siempre. Y quieren que te quede una cosa clara:
-¿Qué? (al decir esto me tembló un poco la voz, porque el tipo me miraba torvamente).
-Te huele la cabeza a pólvora.
Antes estos tipos trabajaban para mí. Tenía tres o cuatro en nómina. Yo no me ocupaba de ellos, claro, sino mi guardaespaldas. Pero si había que hacer trabajos sucios, hacían trabajos sucios. Ahora este monstruo me mira ratos desde el otro lado del patio y sonríe, con cara de satisfacción.
No puedo avisar a la policía. Angel, el comisario Jefe de la ciudad, ya no me coge las llamadas. Su secretaria dice que está ocupado, y de fondo se le oye a él cantando arias operísticas, con voz alegre.
El Director de la prisión sonrió cuando se lo conté. Me miró como a un extraño y me dijo muy suavemente: “debe usted llevarse bien con el resto de internos, así no conseguirá nada”. La foto del exDictador que adorna la mesa de su despacho me recuerda que, probablemente, es simpatizante de mi Partido, pero daría igual que fuera de cualquier otro. Ahora sólo soy un preso,
Mi mujer está ganado millones en los programas rosa. Ya sólo falta que cuente que me meo en la cama. Sonríe, pone la mano para recoger los billetes, vuelve a sonreir. Todo con una cierta desgana. Vamos, como lo ha hecho siempre.
Acabo de entrar en las duchas. Miro a mi espalda, para asegurarme de que no me sigue nadie. Estoy bastante nervioso últimamente. Pero, pese a todo, lo que más me duele, lo que de verdad me desespera, es que me quitaran mi Ferrari rojo.
José Luis Carretero Miramar.
