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JuevesFebrero09 ,2012
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En el río, Jose Luis Carrretero

Vivía entre basura. Latas, cartones, una manta vieja, Bricks vacíos de vino peleón. Dormía bajo un puente atravesado por el río Manzanares. Solo, sucio, con los nervios doloridos por el frío de la primavera que aún no se había resuelto en verano.

Les vio venir enseguida. Cuatro tipos de traje, aunque con zapatos baratos. Andando dificultosamente por el terreno escarpado y lleno de desechos. Les observó desde una distancia discreta, mientras iban interrogando a todos los seres humanos que había por allí: un pescador, otro mendigo, una toxicómana harapienta que dormía al otro lado del cauce.
Eran tres hombres y una mujer. Tres hombres jóvenes con traje y corbata. Uno llevaba un maletín de cuero marrón y otro uno negro. Pero no llevaban gomina ni relojes caros. La ropa no era de marca y era evidente que buscaban algo. Absorbían con ojos muy abiertos y gesto inquieto lo que les contaba la chica drogadicta, sin varios dientes, pero con una cierta belleza animal, que les señaló su dirección.


Cuando se acercaban se fijó más en la mujer: madura, aunque no vieja, guapa y rubia, aunque en nada parecida a una Barbie cumpleaños. Tenía mirada de cazar estrellas, de defender peñascos con una espada sin ceder un milímetro ante el Dragón.

Llegaron y le preguntaron: eran abogados. Ella defendía a un mendigo que había vivido a pocos metros de él hasta hacía pocos meses. Otro inquilino del Palacio del Descampado había muerto en extrañas circunstancias. Para hacer como que les importaba, los tipos normales de más allá de la tapia acusaron a su vecino, lo detuvieron, lo encarcelaron, iban a juzgarlo. Querían saber si él sabía algo. Si sabía donde había estado en una noche precisa y concreta, cuando se suponía que  había cometido el crimen.

No quería hablar. No se fiaba demasiado de los intrusos. De gente en traje entre basura. De cazadores de estrellas que hablan suavemente. Dio rodeos, habló del río y del frío de la noche. Les pidió algo de dinero para ver si se iban.

Pero no se fueron. Insistían. Y finalmente les dijo que sí. Que vio a su vecino tumbarse sobre la tierra helada en aquella madrugada, a la hora en que se suponía que había estado apuñalando a aquel otro pobre desgraciado.

Se arrepintió nada más decirlo. Ahora querían que fuera a declarar al juicio. Le dijeron el día que se iba a celebrar y adonde ir. Le pidieron que se pasara por el tribunal, para dar su versión.

Quería que se fuesen. Empezó a dolerle la cabeza y se puso a desvariar: contó que el cura de la parroquia cercana envenenaba los bricks de vino que le daba, que intentaba matar a todos los mendigos del Manzanares. Que había una conspiración encubierta para envenenar el río. Negó, balbuceó y, finalmente, se retiró a sus aposentos sobre un cartón ocre, contra una esquina del hormigón del puente.

Ellos se fueron de allí poco convencidos. Cabizbajos. Sólo ella parecía tener un paso firme cuando salieron de la hondonada constituida por el cauce, camino de su coche.

Pasaron los días y las noches, entre la basura y el rumor del río.

Y un día se levantó al amanecer. Recogió algunas de sus cosas: cigarrillos, un DNI roto y doblado, cordones para sus zapatos.

Caminó durante horas. A través del tráfico y del fárrago de la gran ciudad. Sin respetar demasiado los semáforos, mientras la gente se apartaba a su paso y los escaparates devolvían remisos su reflejo. Transitó Avenidas, subió escaleras, arrastró sus huesos mucho más lejos de lo que lo había hecho desde hacía largos años.

Apenas le dejaron pasar por el detector de metales dos guardias sorprendidos. Tuvo que enseñar el DNI macilento. Nadie se subió en su ascensor. Tembló un poco al notar la sacudida que le llevaba al tercer piso.

Y allí estuvo. La abogada le recibió amable y sin sorpresa, libró una guerra denodada para que pudiera entrar y hablar. Y él pasó a una sala llena de seres oscuros, vestidos con trajes y una extraña capa negra, que le hicieron preguntas raras y, sinceramente, poco serias. Pudo ver a la abogada intervenir con decisión a su turno, blandir una espada flamígera para romper las ataduras de su antiguo vecino, que temblaba a pocos pasos, entre la esquizofrenia y la confusión, sin saber muy bien donde estaba.

El juez juzgó por una vez con la conciencia tranquila. La abogada se fue a seguir cazando estrellas, con el paso decidido de quien sabe que hace lo correcto al luchar contra el Dragón. Su vecino bajó las escaleras libre y nunca más lo volvió a ver. Y él volvió a su recodo escondido bajo el puente, a acurrucarse con su única manta innecesaria, pues el verano ya había llegado.

Se durmió escuchando el ronroneo del río sobre los cantos del cauce, y los extraños rumores de la ciudad a lo lejos.


Un Abrazo,
José Luis Carretero Miramar
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joseluis.carretero(0)yahoo.es



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