El caldero
Barkazas
Guardia del capital, de José Luis Carretero Miramar No me gustan las comisarías. Odio los oscuros pasillos con olor a lejía y paredes malamente encaladas que conducen a la sala de interrogatorios. Una mesa vieja y un par de sillas, a lo más un ordenador grisáceo y mate, un par de estanterías repletas de expedientes sumergidos en una caótica vorágine. Ese suele ser el atrezzo, pobre e inundado de un gris lechoso, que decora el inframundo policial. Al menos como yo lo he visto.
Y tampoco me gustó el gesto adusto del agente que me recibió y me dijo:
- Baje usted a ver al detenido, él se niega a subir.
Los abogados de oficio somos una gente curiosa: hacemos una guardia de 24 horas cada cierto tiempo. Durante esas horas te pueden llamar para que acudas a cualquier comisaría de la ciudad. Te levantan a las cuatro de la madrugada, por ejemplo, despertándote en un marasmo torpe y legañoso. Te vistes con tu traje y tu corbata, te calzas tus zapatos, normalmente más viejos de la cuenta, y sales disparado a buscar un taxi, haga el tiempo que haga. Te está esperando cualquier cosa. Literalmente, cualquier cosa. La capacidad de sorpresa se pierde rápido en este oficio. Así que no protesté y seguí al agente escaleras abajo, arrastrando los pies de escalón en escalón hasta llegar a una celda con una puerta azul metálica, que se abrió con un siniestro chirrido.
- Mírelo, ahí está. No quiere levantarse. Le hemos dicho que viniera a prestar declaración pero no nos hace ni caso.
La celda estaba oscura y fría. Y en un rincón, aún más oscuro y frío todavía, había una especie de bulto informe. Tardé algunos instantes en acomodar la vista. Allí había una litera y, sobre ella, podía adivinarse con dificultad un hombre desnudo y sucio.
El Adán de la litera gruñó algo ininteligible, pero que traslucía un evidente malhumor.
El madero a mi lado se sintió obligado a explicarse:
- No hemos querido subirle a la fuerza, no vaya luego a decir que les pegamos. Sólo quería enseñárselo. Va a ser imposible tomarle declaración.
- Déjeme solo con él, si no le van a tomar declaración.
El agente duda, no tiene muy claro qué tipo de desaguisado puede liarle un letrado semidormido hablando a solas con un montículo de carne en pleno síndrome de abstinencia.
- No sé si será prudente, le puede pasar algo.
- No se preocupe, si me pasa algo ya gritaré.
Tras la salida remisa de la escena del policía, intento averiguar qué diablos ha pasado y por qué está este hombre aquí.
- Groumpfé.
Es todo lo que acierto a entender, sin que termine de quedarme claro si la voz que oigo es enteramente humana o si, más bien, lo que estoy oyendo es el chirrido de la litera.
-¿Es usted extranjero?
- Groumpfé, groumpfé.
Tras varios intentos infructuosos vuelvo a la inútil compañía del agente en la sala de interrogatorios, por si puedo sonsacarle algo del expediente. Al fin y al cabo no se le va a tomar declaración y hasta que pase mañana a los calabozos de los juzgados de Plaza de Castilla no debería tener que intervenir más.
- Bueno, lo hemos cogido robando en la estación del AVE, parecía estar bastante fuera de control. Y lo hemos llevado al médico.
Algo es algo, por lo menos sé de qué se le acusa. Siempre es un consuelo.
Recojo mi gastado maletín y saco un formulario de asistencia para que el agente policial me lo selle. Sin ese sellito azulón y hasta coqueto de la comisaría, tendré dificultades para que me paguen. En ese momento entra otro agente y cuchichea algo al oído del primero, agachándose y cubriendo su boca con la mano, en un gesto un tanto absurdo.
- Hay otro detenido. Si quiere llamamos al Colegio de Abogados ya que está usted aquí, para que se haga cargo de él.
Suerte, suerte. Dos por uno. Sin hacer ningún desplazamiento más haré dos asistencias. La idea me encanta, aunque me duelen un poco las articulaciones por el madrugón y la silla en la que estoy sentado es más dura que una piedra gris del campo.
Mientras alguien baja a por el nuevo detenido se hace un extraño silencio en la habitación. El agente del principio hace como que lee el atestado que acaban de traerle y el otro curiosea por la estantería con gesto de nervios contenidos.
Finalmente, aquí viene el presunto delincuente. Como todas las personas que ha sufrido una detención, tiene un evidente mal aspecto. Algunos rasguños en la sien y en el labio que le dan un aire aún más tétrico a su pequeña cabeza huesuda, cubierta por una barba evidentemente poco cuidada. No es un hombre alto y su ropa, barata y gastada, muestra un no sé qué de caótico desorden.
Le preguntan por un robo de material de construcción en una obra. No parece que tenga muchas ganas de contestar nada. Mira a los policías con un extraño gesto entre desafiante e indignado. Finalmente, tras un momento de ensimismada reflexión, decide abrir la boca. Y eso pese a que yo he procurado, al leerle sus derechos, subrayarle que uno de ellos es permanecer en silencio. Ya hablará ante el juez, después de que haya podido asesorarle.
- Bueno, pregúntenle al comisario Gutiérrez. El sabe qué pasa aquí. Le he hecho algunos favores y él a mi también, estamos en esto…
-¡Pero bueno, qué está usted diciendo!
El madero ha estallado y hay un odio furibundo en su mirada. El otro agente, de pie junto a la estantería, parece a punto de abalanzarse sobre todos nosotros, o quizás sólo sobre alguno. Las pupilas del detenido se dilatan y parece quedarse sin aire.
- Deje hablar a este señor. Es su declaración- Procuro que esta frase resuene lo justo, aunque la tensión en el pequeño cuarto parece haberse disparado. Las manos de los policías se enervan como garras dispuestas a cerrarse sobre una presa huidiza.
Sin embargo, el detenido ya no quiere decir nada más. Parece meditar algo mientras pasea su lengua sobre su labio herido. Su aspecto es más agarrotado, más rígido que antes.
Acaba la declaración. Ahora debería poder hablar a solas con él, pero los agentes no se van. Uno juega con el sello de la comisaría, mirándolo como si no lo hubiera visto nunca. El otro se enciende un cigarrillo con aire distraído.
- Perdonen, pero quiero hablar a solas con mi cliente.
Ponen cara de sorpresa. Como si hubiera dicho algo muy raro, muy raro, muy raro. El de la estantería sonríe con un gesto entre amenazante e irónico.
- Puede usted hablar con él, pero no lo vamos a perder de vista. Es muy peligroso.
- Vamos a ver, quiero hablar con él en condiciones en que ustedes no oigan lo que decimos.
Los agentes me miran con odio y aprietan los dientes, pero no se mueven.
- A lo mejor debería hacer constar esta situación mañana, cuando hable con el juez.
Movidos como por un motor gripado, los policías terminan saliendo, de mala gana, de la habitación. El detenido me mira con ojos descompuestos mientras se rasca nerviosamente la barba, como si quisiera arrancarse un trozo de piel.
- Bueno, cuénteme que ha pasado.
El detenido primero me estudia con parsimonia, aunque no exento de nerviosismo. Está valorando qué tipo de persona soy yo. Hasta qué punto fiarse de mi. Finalmente, comienza a hablar.
- Mire, yo me encargo de que los que tienen obras en el distrito contraten a una cierta familia para vigilarlas. Si no lo hacen primero les robamos el material, después nos encargamos de asustarles. El comisario lo sabe. He sido su confidente varias veces y también saca tajada de este asunto. Pero estos tontos del culo me han detenido cuando hacía mi trabajo. Llevaba el material en mi furgoneta, parece que me estaban espiando.
- ¿Y esos rasguños en el labio y en la sien?
- Me los han hecho estos brutos ahí abajo, antes de que pudiera preguntar por qué. Me han pegado. Me han cogido del pelo y me han dado con la cabeza contra la pared. Se va a enterar.
-¿Está usted dispuesto a denunciarlo?
- Claro…
Repentinamente se abre la puerta y aparece el primer policía que me atendió. Se hace el distraído mientras rebusca entre los papelotes que hay sobre la mesa, sin decidirse a leer ninguno.
- Perdone, pero no hemos terminado.
- Ya, bueno, pero estoy buscando algo. Además, quería comprobar que está usted bien. Este hombre es muy peligroso. Se ha resistido a su detención.
El madero sonríe mientras habla, pero alza la voz lo bastante para que uno pueda imaginarse que hay alguien más al otro lado de la puerta. Alguien que escucha.
Le miro fijamente mientras decide, al fin, abandonar el lugar, llevándose un expediente polvoriento metido dentro de una carpeta de un verde ajado, roída por los bordes.
El detenido ya no quiere decir nada más. Le asesoro como puedo mientras me escucha con un mutismo absoluto, tieso como un palo sobre su silla.
- Ya hemos terminado.
Uno de los policías lleva al presunto delincuente escaleras abajo mirándole fijamente. No puedo ver cuánto le aprieta la mano del agente de la autoridad sobre su brazo pero sí como baja su mirada a su contacto rudo y directo.
El policía del principio me acompaña hasta la puerta de la comisaría. Ahora parece tener un aire distraído y soñador. Intenta ser amable:
- Bueno, hoy hay partido del Madrid. Esperemos que gane, ¿de qué equipo es usted?
No puede creerse que no me guste el fútbol. Es plenamente consciente de que no quiero darle palique.
Mientras camino por la calle en dirección al metro, adaptando mis ojos a la débil luz de un frío amanecer urbano entre edificios del extrarradio, noto su mirada fija en mi nuca. Cuando doblo una esquina, me enciendo lentamente un cigarrillo.
Han pasado algunas horas y ya estoy en Plaza de Castilla para atender a los detenidos en su declaración ante el juez. Bastante cansado del trajín de la guardia me dirijo escaleras arriba por el mugriento edificio. Antes quiero hacer una cosa.
Entro en un juzgado de instrucción. En una sala de tamaño medio decenas de estanterías repletas de legajos con aspecto de abandono amenazan con caerse sobre las diminutas personas que, tras varias mesas invadidas de desorden, miran con cara de ahogados al que entra por la puerta.
Esquivando pilas de la altura de mis hombros de expedientes judiciales donde dormitan las fechorías del Madrid espeluznado de esta década fatal me acerco a uno de los agentes judiciales y le saludo por su nombre.
- Hola Jorge, ¿qué tal?
Jorge es un reputado especialista en casos de malos tratos policiales. Una persona imprescindible en las asociaciones de derechos humanos que denuncian la tortura a nivel estatal. Con su pelo desordenadamente gris y su mirada siempre alegre responde a mis preguntas ansiosas referentes al detenido del día anterior.
- Y que pase a verme cuando salga- me dice, como despedida, cuando abandono la oficina.
Mientras bajo a los calabozos, pienso que los héroes de nuestro tiempo no portan rutilantes espadas cuando pelean con horripilantes dragones. Y, probablemente, tampoco hay bellas princesas esperando su vuelta al hogar, vestidas de un blanco inmaculado. Detrás de mesas atestadas, quemándose las retinas ante pantallas refulgentes de ordenador, la gente que es de verdad imprescindible pasa desapercibida en el metro en hora punta cuando pasas a su lado.
Bien, empieza la feria. La juez tiene una evidente pinta de chica de buena familia que se pasó al menos diez años escondida en una biblioteca estudiando la oposición. Todo lo que pasa frente a ella la supera, pero nunca lo reconocerá. Espera ansiosa el fin de semana y odia las guardias casi tanto como yo. La fiscal es del mismo estilo, pero con un aire más coqueto y frívolo. De hecho se lima las uñas con absoluta naturalidad mientras espera la llegada del primer detenido.
Todos le esperamos, en un cuartucho de paredes blancas polvorientas, sin ventanas, en el fondo de un sótano con aroma a submarino claustrofóbico de los años cuarenta.
El primero en aparecer es el Adán de la litera. Absolutamente sorprendente. Resulta ser un joven de veintitantos años, con ojos azules y encantadores ricitos cayéndole sobre la cara. Su declaración es plenamente digna de su aspecto. Con una dicción perfecta y un vocabulario de alumno de colegio de pago de zona residencial, explica que todo ha sido una chiquillada, que se pasó de copas con unos amigos y no ha podido evitar hacer una infantil travesura.
La juez y la fiscal están encantadas, es evidente que el bulto informe sobre la litera de ayer, hoy les parece ese chico malo que les gustaba en su época de estudiantes del CEU. Le tratan con respeto, un poco maternalmente. Sólo la secretaria judicial parece mirarle con un cierto resentimiento, que traiciona los duros años que debió de pasar mientras trabajaba de cajera para pagarse la carrera, en su barrio del sur de la ciudad.
Evidentemente, el amigo con pinta de eterno estudiante queda en libertad.
Pasa el segundo detenido. Su ropa tiene aspecto de mayor desorden que el día anterior, la barba está llena de pegotones del batido que le dieron anoche en comisaría como cena. Los ligeros rasguños de ayer son ahora evidentes moratones oscuros. Las bolsas bajo sus ojos amenazan con ocupar toda su cara.
La juez le mira con horror y le lanza una retahíla de preguntas secas, abandonándose a un tono autoritario inmejorable para salvaguardar las distancias. La fiscal, simplemente, sigue limándose las uñas con un gesto de asco. La secretaria secreta hastío por todos sus poros. El detenido oye las preguntas y no contesta nada. Con gesto de infinito cansancio dice una única cosa:
- Soy toxicómano, estaba con el síndrome de abstinencia.
La fiscal, haciendo un sobre-esfuerzo, se decide a intervenir para aclarar una duda que le queda:
-¿Y esos moratones?
- Me los he hecho yo, señoría, me golpeaba con la pared por el mono.
Miro fijamente a este tipo, recibiendo un gesto de terror por respuesta. No hay nada más que decir.
Se lo van a quedar unos días en la cárcel de Soto del Real.
Antes de irme intento hablar con mi amigo el barbudo para ver por qué ha cambiado de idea. Nos llevan a un cuartito de juguete, separado en su mitad por un cristal transparente montado a media altura. Para hablar hay que rotar la cabeza cuarenta y cinco grados y ponerse casi en cuclillas. El gesto es absolutamente incómodo, supongo que el que ideó el diseño de este sitio pretendía que nadie pudiera ocuparlo durante mucho tiempo seguido.
- ¿Qué ha pasado?
Me mira con terror, como un animalillo tembloroso y sin escapatoria ante una amenaza inmediata. Procura decir lo menos posible. Sólo, en algún momento, mira de frente al abogado y dice con gesto lloroso:
-Cuídese, señor letrao, cuídese, que hay mucha mala gente por ahí.
Bien. Abandonemos los lugares tétricos de la Justicia, esa que se imparte en nombre de todos en palacios con aspecto de abandono. Terminemos la guardia de una vez. Ni comisarías ni juzgados. Vámonos a casa. Pasará el tiempo y este día de cansancio no será más que un recuerdo borroso difícil de extraer de la memoria.
De hecho el tiempo ya ha pasado. Me desperezo en esta mañana de lasitud en que estoy en el sofá, con los pies encima de la mesa, leyendo un libro mientras tengo la tele encendida sin hacerle mucho caso.
Algo me despista. Aparto los ojos del libro y, utilizando un marcapáginas, lo pongo con cuidado sobre la mesa. En la tele está el hombre de la barba. Una fotografía suya no muy favorecedora, en concreto. La voz monocorde y grave del presentador no se inmuta mientras narra:
- Este hombre ha aparecido muerto por dos disparos esta noche en el barrio de Quintana. Fuentes policiales afirman que era un delincuente habitual.
Los ojos del presunto delincuente muestran una extraña mezcla de miedo y resignación en esta su última foto. Los míos van a parar al libro sobre la mesa: “Breve historia del neoliberalismo”, de David Harvey. Una tapa roja con unas caras oscuras junto al título: Margaret Thatcher, Deng Xiaoping, Ronald Reagan…desde aquí no puedo reconocer al cuarto.
Y mientras me enciendo un cigarrillo pienso que a veces no es buena idea rendirse del todo demasiado pronto.
José Luis Carretero Miramar.
Y tampoco me gustó el gesto adusto del agente que me recibió y me dijo:
- Baje usted a ver al detenido, él se niega a subir.
Los abogados de oficio somos una gente curiosa: hacemos una guardia de 24 horas cada cierto tiempo. Durante esas horas te pueden llamar para que acudas a cualquier comisaría de la ciudad. Te levantan a las cuatro de la madrugada, por ejemplo, despertándote en un marasmo torpe y legañoso. Te vistes con tu traje y tu corbata, te calzas tus zapatos, normalmente más viejos de la cuenta, y sales disparado a buscar un taxi, haga el tiempo que haga. Te está esperando cualquier cosa. Literalmente, cualquier cosa. La capacidad de sorpresa se pierde rápido en este oficio. Así que no protesté y seguí al agente escaleras abajo, arrastrando los pies de escalón en escalón hasta llegar a una celda con una puerta azul metálica, que se abrió con un siniestro chirrido.
- Mírelo, ahí está. No quiere levantarse. Le hemos dicho que viniera a prestar declaración pero no nos hace ni caso.
La celda estaba oscura y fría. Y en un rincón, aún más oscuro y frío todavía, había una especie de bulto informe. Tardé algunos instantes en acomodar la vista. Allí había una litera y, sobre ella, podía adivinarse con dificultad un hombre desnudo y sucio.
El Adán de la litera gruñó algo ininteligible, pero que traslucía un evidente malhumor.
El madero a mi lado se sintió obligado a explicarse:
- No hemos querido subirle a la fuerza, no vaya luego a decir que les pegamos. Sólo quería enseñárselo. Va a ser imposible tomarle declaración.
- Déjeme solo con él, si no le van a tomar declaración.
El agente duda, no tiene muy claro qué tipo de desaguisado puede liarle un letrado semidormido hablando a solas con un montículo de carne en pleno síndrome de abstinencia.
- No sé si será prudente, le puede pasar algo.
- No se preocupe, si me pasa algo ya gritaré.
Tras la salida remisa de la escena del policía, intento averiguar qué diablos ha pasado y por qué está este hombre aquí.
- Groumpfé.
Es todo lo que acierto a entender, sin que termine de quedarme claro si la voz que oigo es enteramente humana o si, más bien, lo que estoy oyendo es el chirrido de la litera.
-¿Es usted extranjero?
- Groumpfé, groumpfé.
Tras varios intentos infructuosos vuelvo a la inútil compañía del agente en la sala de interrogatorios, por si puedo sonsacarle algo del expediente. Al fin y al cabo no se le va a tomar declaración y hasta que pase mañana a los calabozos de los juzgados de Plaza de Castilla no debería tener que intervenir más.
- Bueno, lo hemos cogido robando en la estación del AVE, parecía estar bastante fuera de control. Y lo hemos llevado al médico.
Algo es algo, por lo menos sé de qué se le acusa. Siempre es un consuelo.
Recojo mi gastado maletín y saco un formulario de asistencia para que el agente policial me lo selle. Sin ese sellito azulón y hasta coqueto de la comisaría, tendré dificultades para que me paguen. En ese momento entra otro agente y cuchichea algo al oído del primero, agachándose y cubriendo su boca con la mano, en un gesto un tanto absurdo.
- Hay otro detenido. Si quiere llamamos al Colegio de Abogados ya que está usted aquí, para que se haga cargo de él.
Suerte, suerte. Dos por uno. Sin hacer ningún desplazamiento más haré dos asistencias. La idea me encanta, aunque me duelen un poco las articulaciones por el madrugón y la silla en la que estoy sentado es más dura que una piedra gris del campo.
Mientras alguien baja a por el nuevo detenido se hace un extraño silencio en la habitación. El agente del principio hace como que lee el atestado que acaban de traerle y el otro curiosea por la estantería con gesto de nervios contenidos.
Finalmente, aquí viene el presunto delincuente. Como todas las personas que ha sufrido una detención, tiene un evidente mal aspecto. Algunos rasguños en la sien y en el labio que le dan un aire aún más tétrico a su pequeña cabeza huesuda, cubierta por una barba evidentemente poco cuidada. No es un hombre alto y su ropa, barata y gastada, muestra un no sé qué de caótico desorden.
Le preguntan por un robo de material de construcción en una obra. No parece que tenga muchas ganas de contestar nada. Mira a los policías con un extraño gesto entre desafiante e indignado. Finalmente, tras un momento de ensimismada reflexión, decide abrir la boca. Y eso pese a que yo he procurado, al leerle sus derechos, subrayarle que uno de ellos es permanecer en silencio. Ya hablará ante el juez, después de que haya podido asesorarle.
- Bueno, pregúntenle al comisario Gutiérrez. El sabe qué pasa aquí. Le he hecho algunos favores y él a mi también, estamos en esto…
-¡Pero bueno, qué está usted diciendo!
El madero ha estallado y hay un odio furibundo en su mirada. El otro agente, de pie junto a la estantería, parece a punto de abalanzarse sobre todos nosotros, o quizás sólo sobre alguno. Las pupilas del detenido se dilatan y parece quedarse sin aire.
- Deje hablar a este señor. Es su declaración- Procuro que esta frase resuene lo justo, aunque la tensión en el pequeño cuarto parece haberse disparado. Las manos de los policías se enervan como garras dispuestas a cerrarse sobre una presa huidiza.
Sin embargo, el detenido ya no quiere decir nada más. Parece meditar algo mientras pasea su lengua sobre su labio herido. Su aspecto es más agarrotado, más rígido que antes.
Acaba la declaración. Ahora debería poder hablar a solas con él, pero los agentes no se van. Uno juega con el sello de la comisaría, mirándolo como si no lo hubiera visto nunca. El otro se enciende un cigarrillo con aire distraído.
- Perdonen, pero quiero hablar a solas con mi cliente.
Ponen cara de sorpresa. Como si hubiera dicho algo muy raro, muy raro, muy raro. El de la estantería sonríe con un gesto entre amenazante e irónico.
- Puede usted hablar con él, pero no lo vamos a perder de vista. Es muy peligroso.
- Vamos a ver, quiero hablar con él en condiciones en que ustedes no oigan lo que decimos.
Los agentes me miran con odio y aprietan los dientes, pero no se mueven.
- A lo mejor debería hacer constar esta situación mañana, cuando hable con el juez.
Movidos como por un motor gripado, los policías terminan saliendo, de mala gana, de la habitación. El detenido me mira con ojos descompuestos mientras se rasca nerviosamente la barba, como si quisiera arrancarse un trozo de piel.
- Bueno, cuénteme que ha pasado.
El detenido primero me estudia con parsimonia, aunque no exento de nerviosismo. Está valorando qué tipo de persona soy yo. Hasta qué punto fiarse de mi. Finalmente, comienza a hablar.
- Mire, yo me encargo de que los que tienen obras en el distrito contraten a una cierta familia para vigilarlas. Si no lo hacen primero les robamos el material, después nos encargamos de asustarles. El comisario lo sabe. He sido su confidente varias veces y también saca tajada de este asunto. Pero estos tontos del culo me han detenido cuando hacía mi trabajo. Llevaba el material en mi furgoneta, parece que me estaban espiando.
- ¿Y esos rasguños en el labio y en la sien?
- Me los han hecho estos brutos ahí abajo, antes de que pudiera preguntar por qué. Me han pegado. Me han cogido del pelo y me han dado con la cabeza contra la pared. Se va a enterar.
-¿Está usted dispuesto a denunciarlo?
- Claro…
Repentinamente se abre la puerta y aparece el primer policía que me atendió. Se hace el distraído mientras rebusca entre los papelotes que hay sobre la mesa, sin decidirse a leer ninguno.
- Perdone, pero no hemos terminado.
- Ya, bueno, pero estoy buscando algo. Además, quería comprobar que está usted bien. Este hombre es muy peligroso. Se ha resistido a su detención.
El madero sonríe mientras habla, pero alza la voz lo bastante para que uno pueda imaginarse que hay alguien más al otro lado de la puerta. Alguien que escucha.
Le miro fijamente mientras decide, al fin, abandonar el lugar, llevándose un expediente polvoriento metido dentro de una carpeta de un verde ajado, roída por los bordes.
El detenido ya no quiere decir nada más. Le asesoro como puedo mientras me escucha con un mutismo absoluto, tieso como un palo sobre su silla.
- Ya hemos terminado.
Uno de los policías lleva al presunto delincuente escaleras abajo mirándole fijamente. No puedo ver cuánto le aprieta la mano del agente de la autoridad sobre su brazo pero sí como baja su mirada a su contacto rudo y directo.
El policía del principio me acompaña hasta la puerta de la comisaría. Ahora parece tener un aire distraído y soñador. Intenta ser amable:
- Bueno, hoy hay partido del Madrid. Esperemos que gane, ¿de qué equipo es usted?
No puede creerse que no me guste el fútbol. Es plenamente consciente de que no quiero darle palique.
Mientras camino por la calle en dirección al metro, adaptando mis ojos a la débil luz de un frío amanecer urbano entre edificios del extrarradio, noto su mirada fija en mi nuca. Cuando doblo una esquina, me enciendo lentamente un cigarrillo.
Han pasado algunas horas y ya estoy en Plaza de Castilla para atender a los detenidos en su declaración ante el juez. Bastante cansado del trajín de la guardia me dirijo escaleras arriba por el mugriento edificio. Antes quiero hacer una cosa.
Entro en un juzgado de instrucción. En una sala de tamaño medio decenas de estanterías repletas de legajos con aspecto de abandono amenazan con caerse sobre las diminutas personas que, tras varias mesas invadidas de desorden, miran con cara de ahogados al que entra por la puerta.
Esquivando pilas de la altura de mis hombros de expedientes judiciales donde dormitan las fechorías del Madrid espeluznado de esta década fatal me acerco a uno de los agentes judiciales y le saludo por su nombre.
- Hola Jorge, ¿qué tal?
Jorge es un reputado especialista en casos de malos tratos policiales. Una persona imprescindible en las asociaciones de derechos humanos que denuncian la tortura a nivel estatal. Con su pelo desordenadamente gris y su mirada siempre alegre responde a mis preguntas ansiosas referentes al detenido del día anterior.
- Y que pase a verme cuando salga- me dice, como despedida, cuando abandono la oficina.
Mientras bajo a los calabozos, pienso que los héroes de nuestro tiempo no portan rutilantes espadas cuando pelean con horripilantes dragones. Y, probablemente, tampoco hay bellas princesas esperando su vuelta al hogar, vestidas de un blanco inmaculado. Detrás de mesas atestadas, quemándose las retinas ante pantallas refulgentes de ordenador, la gente que es de verdad imprescindible pasa desapercibida en el metro en hora punta cuando pasas a su lado.
Bien, empieza la feria. La juez tiene una evidente pinta de chica de buena familia que se pasó al menos diez años escondida en una biblioteca estudiando la oposición. Todo lo que pasa frente a ella la supera, pero nunca lo reconocerá. Espera ansiosa el fin de semana y odia las guardias casi tanto como yo. La fiscal es del mismo estilo, pero con un aire más coqueto y frívolo. De hecho se lima las uñas con absoluta naturalidad mientras espera la llegada del primer detenido.
Todos le esperamos, en un cuartucho de paredes blancas polvorientas, sin ventanas, en el fondo de un sótano con aroma a submarino claustrofóbico de los años cuarenta.
El primero en aparecer es el Adán de la litera. Absolutamente sorprendente. Resulta ser un joven de veintitantos años, con ojos azules y encantadores ricitos cayéndole sobre la cara. Su declaración es plenamente digna de su aspecto. Con una dicción perfecta y un vocabulario de alumno de colegio de pago de zona residencial, explica que todo ha sido una chiquillada, que se pasó de copas con unos amigos y no ha podido evitar hacer una infantil travesura.
La juez y la fiscal están encantadas, es evidente que el bulto informe sobre la litera de ayer, hoy les parece ese chico malo que les gustaba en su época de estudiantes del CEU. Le tratan con respeto, un poco maternalmente. Sólo la secretaria judicial parece mirarle con un cierto resentimiento, que traiciona los duros años que debió de pasar mientras trabajaba de cajera para pagarse la carrera, en su barrio del sur de la ciudad.
Evidentemente, el amigo con pinta de eterno estudiante queda en libertad.
Pasa el segundo detenido. Su ropa tiene aspecto de mayor desorden que el día anterior, la barba está llena de pegotones del batido que le dieron anoche en comisaría como cena. Los ligeros rasguños de ayer son ahora evidentes moratones oscuros. Las bolsas bajo sus ojos amenazan con ocupar toda su cara.
La juez le mira con horror y le lanza una retahíla de preguntas secas, abandonándose a un tono autoritario inmejorable para salvaguardar las distancias. La fiscal, simplemente, sigue limándose las uñas con un gesto de asco. La secretaria secreta hastío por todos sus poros. El detenido oye las preguntas y no contesta nada. Con gesto de infinito cansancio dice una única cosa:
- Soy toxicómano, estaba con el síndrome de abstinencia.
La fiscal, haciendo un sobre-esfuerzo, se decide a intervenir para aclarar una duda que le queda:
-¿Y esos moratones?
- Me los he hecho yo, señoría, me golpeaba con la pared por el mono.
Miro fijamente a este tipo, recibiendo un gesto de terror por respuesta. No hay nada más que decir.
Se lo van a quedar unos días en la cárcel de Soto del Real.
Antes de irme intento hablar con mi amigo el barbudo para ver por qué ha cambiado de idea. Nos llevan a un cuartito de juguete, separado en su mitad por un cristal transparente montado a media altura. Para hablar hay que rotar la cabeza cuarenta y cinco grados y ponerse casi en cuclillas. El gesto es absolutamente incómodo, supongo que el que ideó el diseño de este sitio pretendía que nadie pudiera ocuparlo durante mucho tiempo seguido.
- ¿Qué ha pasado?
Me mira con terror, como un animalillo tembloroso y sin escapatoria ante una amenaza inmediata. Procura decir lo menos posible. Sólo, en algún momento, mira de frente al abogado y dice con gesto lloroso:
-Cuídese, señor letrao, cuídese, que hay mucha mala gente por ahí.
Bien. Abandonemos los lugares tétricos de la Justicia, esa que se imparte en nombre de todos en palacios con aspecto de abandono. Terminemos la guardia de una vez. Ni comisarías ni juzgados. Vámonos a casa. Pasará el tiempo y este día de cansancio no será más que un recuerdo borroso difícil de extraer de la memoria.
De hecho el tiempo ya ha pasado. Me desperezo en esta mañana de lasitud en que estoy en el sofá, con los pies encima de la mesa, leyendo un libro mientras tengo la tele encendida sin hacerle mucho caso.
Algo me despista. Aparto los ojos del libro y, utilizando un marcapáginas, lo pongo con cuidado sobre la mesa. En la tele está el hombre de la barba. Una fotografía suya no muy favorecedora, en concreto. La voz monocorde y grave del presentador no se inmuta mientras narra:
- Este hombre ha aparecido muerto por dos disparos esta noche en el barrio de Quintana. Fuentes policiales afirman que era un delincuente habitual.
Los ojos del presunto delincuente muestran una extraña mezcla de miedo y resignación en esta su última foto. Los míos van a parar al libro sobre la mesa: “Breve historia del neoliberalismo”, de David Harvey. Una tapa roja con unas caras oscuras junto al título: Margaret Thatcher, Deng Xiaoping, Ronald Reagan…desde aquí no puedo reconocer al cuarto.
Y mientras me enciendo un cigarrillo pienso que a veces no es buena idea rendirse del todo demasiado pronto.
José Luis Carretero Miramar.
