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JuevesFebrero09 ,2012
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La pelea por la mierda, Fernando Luis Pérez Poza

Recuerdo que en mi ciudad, Pontevedra, hubo un Alcalde, el profesor don José Filgueira Valverde, que pasará a la historia por haber permitido y autorizado que una papelera, una fábrica de papel, se instalara en la boca de la ría. La argumentación utilizada fue la misma que se emplea ahora, por parte de algunos regidores municipales españoles, para defender la construcción de un cementerio de residuos nucleares en su demarcación territorial: la creación de puestos de trabajo, revitalizació n de la comarca, etc.


Don José me consta que no era un mal tío. Fue incluso mi profesor de literatura, ya no recuerdo si en primero o en segundo de sexto de bachillerato, pues a los que no éramos muy aplicados en los estudios, de vez en cuando, nos hacían repetir, lo cual resultaba tremendamente divertido. Uno se veía obligado, de la noche a la mañana, a cambiar de amistades, pasarse parte del día a la bartola, ya que las asignaturas aprobadas el año anterior no te las iban a suspender al siguiente, y a disfrutar de un año completamente sabático en materia estudiantil, que para nada ayudaba a cimentar la base de los conocimientos, como se pretendía, sino a convertirte en un vago de siete suelas.

Tampoco es que me cayera fenomenal. Recuerdo que tenía un compañero en la clase, nieto de Valle-Inclán, al que frecuentemente yo le dejaba copiar. A él le daba un diez, es decir, una matrícula de honor, y decía que era el mejor alumno de literatura que había visto en el ejercicio de la docencia, y a mí un simple notable, lo cual, sin molestarme demasiado, nunca me hizo demasiada gracia, pues corregía con una vara distinta de medir, según tuvieras un apellido u otro, sin hacer justicia a los méritos aportados.

Mi abuelo contaba en casa que don José había sido muy amigo suyo hasta el golpe de estado de Franco y que después, debido a las ideas republicanas de mi antepasado, por si acaso fueran a confundirlo con un rojo, se cambiaba de acera para evitar saludarlo, lo cual da una medida de la firmeza de sus convicciones y de su concepto de la amistad, si bien siempre se había declarado de derechas y ahí no hay nada que objetar, es decir, que no cambió de chaqueta. Probablemente, en un país donde cualquiera que estornudara un poco más alto que los otros era fusilado, lo que pasó es que sintió miedo y se dejó llevar por los consejos que le daban desde el poder.
Don José era, sobre todo, tolerante. En los exámenes incluso nos permitía utilizar chuletas. Eso sí, nos advertía que no le presentáramos las respuestas escritas a máquina, como habían hecho dos alumnos suyos, amparados en la consigna, realmente cierta, de que todos los años planteaba el mismo cuestionario.

En estos días en que la diferentes televisiones nos bombardean con noticias relativas a la pelea por la mierda nuclear que se está librando por parte de varios regidores municipales españoles, me acuerdo mucho de él. Sí, ya sé que van a pensar ustedes que soy un sentimental, pero no lo puedo remediar. El tipo llegó a ser alguien importante. Realizó un montón de estudios literarios de los que solamente unos cuantos intelectuales se acuerdan y, en un momento dado, tal vez en reconocimiento a los servicios prestados, fue nombrado miembro de la Real Academia Galega y Consejero de Cultura de la Xunta de Galicia, falleciendo en 1996.
Estoy convencido de que España necesita un alcantarillado radioactivo, es decir, que el cementerio nuclear es necesario. Si todos dejáramos la mierda allí donde nos da la gana, esto sería una auténtica cloaca, pero lo que me resulta repelente es que la gente se pelee por ella, bajo el estúpido y equivocado argumento de que sus pueblos van a progresar si dejan que allí se acumulen todos los excrementos, lo que implica que me haga las siguientes preguntas: ¿Es que la radioactividad resulta un buen abono para sus campos? ¿Pedirán después que se les conceda una denominación de origen para sus productos agrícolas? ¿Se imaginan comprando en el mercado espárragos de Yebra, tomates de Villar de Cañas, pepinillos de Santervás de Campos, etc. y cien kilómetros a la redonda? Así hasta doce canditaturas.

En esta afán de democratizar hasta la mierda, el gobierno español se olvida de que deben ser los estudios técnicos y el criterio de profesionales solventes en materia nuclear quienes encuentren una ubicación adecuada para la porquería que genera esta disparatada sociedad de consumo, aunque estoy convencido de que tampoco conviene darle mucha caña a este carnaval político donde casi todos los alcaldes se olvidan de las siglas que los han llevado al Ayuntamiento y revolotean como moscas hambrientas sobre el pastel radioactivo. Si uno insiste, hasta es posible que a alguien se le ocurra montarlo en Haití, ahora que aquél país está necesitado de "progreso". ¡Un poco más de infierno no les vendría mal!

Mientras tanto, somos muchos en Pontevedra, y en Galicia, los que esperamos con ansiedad a que se cierre la papelera que contamina nuestra ría y que tantos puestos de trabajo y riqueza ha destruido por estos contornos, prevista para el 2018. ¡Dios pille confesados a los uruguayos y, por carambola a sus vecinos los argentinos, pues los mismos que nos hicieron el haraquiri aquí, según pude constatar en mi último viaje a Buenos Aires, andan por aquellos territorios intentando hacer las de Caín! Cuando a la población común les llegue el tufo y demás efectos secundarios que generan estas factorías, ya será tarde para evitarlo. Eso sí, tendrán papel para dar y tomar y promover la literatura, o para limpiarse el culo a base de bien ya que, a fin de cuentas, es una de las grandes aplicaciones que proporciona la pasta que fabrican.

Por último, y lo digo con cierto retintín, por si alguien no capta la ironía: ¿Por qué no bautizar al camposanto nuclear que resulte de tanto desatino con el nombre del ilustre precursor? No cabe duda de que si me dejaran decidir pondría un cartel bien grande en la puerta de entrada: "Cementerio de residuos radioactivos don José Filgueira Valverde". No en vano dice el refrán, "al César lo que es del César".


Enero 2010©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España.
fpoza(0)yahoo.es



Comentarios  

 
0#RE: La pelea por la mierda, Fernando Luis Pérez Pozasariña09-12-2010 22:39
Ben,veciño, apoio o teu punto de vista incondicionalmente. Coincido contigo en que Filgueira Valverde é ou era unha vaca sagrada desas que proliferan na nosa terra, coincifdo tamén no castrante do ensino obrigatorio e postobrigatorio, con Filgueira incluído, coincido, como non, na deplorable xestión que se fai dos recursos que temos, indígname a soa idea dun cemiterio nuclear na nosa terra ( a merda deste sistema é unha mala herdanza para a revolución pero haberá que aprender a xestionar o que nós deixamos na era presente)pero, por favor! non des ideas! o de Haití puideches obvialo, o sistema que temos é moi ben quen diso e cousas peores tamén.
Oes, o da celulosa foi unha ben metida. Non é moi exacto iso que dis da literatura e do papel. Pontevedra sacrificou o entorno para, non houbo másis papel para Galicia, nin máis literatura, eses efectos secundarios non redundaron no entorno inmediato, aínda que si nas contas bancarias dos empresarios da desfeita. Non lle poñas nome aínda ao que non é, por moita xenreira que teñas acumulada por Don Xosé.
Déixate ver, que escribes moi ben.
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