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LunesMayo21 ,2012
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Rumbo al sur, Rodolfo Carmona

Rumbo al sur, Rodolfo Carmona



 
 
 


Ha salido el sol en los mares del sur. Clarea el alba las semillas y la arena, la palmera y el beso de anoche. Inunda el azul los cocoteros, las esmeraldas, la aleta de un tiburón, el horizonte. London y Conrad conversan con Lowry en la cubierta del Nellie a orillas del Támesis antes de emprender viaje hacia Samoa. Mucho antes de descubrir que Ulises no sueña casi nunca.

Los mares del sur son el mar donde dejabas dormir las madrugadas, donde la página de un libro eran las puertas de La Habana, Benarés, Sumatra, Paris, Moscú o Palmira. Era el mar donde cabía una selva completa, una amistad, el honor, las viejas lianas y las serpientes de piedra. Era el mar dispuesto a la puerta de tu casa, la leyenda, la capa y la espada, la ensenada, la taberna, la isla del tesoro, la galerna, la ola gigantesca, la luz de San Telmo, la otro cara del hombre. Era el hogar donde anido tu fantasía al calor de un galope, una dosis de valor y una abadía.

Las lecturas reclaman su pago en especie, su billete de ida y vuelta al fin del mundo, su habitación dispuesta en la posada de Aramis. El futuro era un barco a la deriva, una travesía submarina, los brazos calientes de una haitiana, un capitán de quince años, un viaje a la luna, la libertad por todos lados. Las lecturas de ayer plantean el combate, disponen sus cañones a babor, queda a estribor la cobardía.

Querías ser un viejo explorador, descubridor de cordilleras, arqueólogo en el mundo perdido, correo del zar, temido mosquetero, marino curtido en mil espumas, arponero, pirata. Querías ser, sobre todo, tu nombre completo.
Tom Sowyer escapa de la cueva y mira divertido tus cuadernos. Ivanhoe y los tres mosqueteros cabalgan en la noche, les espera una espada, un arco, una aventura. Zalacaín traspasa cementerios mientras Sandokán se le va de las manos a Salgari.

Los personajes que vistieron tus ropas juveniles llevan en peso las ruedas de tu rostro, el fardo de deudas no pagadas, el sueño de un oso polar y un espejismo, la carta naútica para dejar atrás el Cabo de Hornos.
El conde de Montecristo y el capitan Acab guardan silencio. Como si no hicieran falta las palabras para saber donde emergerá de nuevo Moby Dick, donde buscará Buck su refugio, la llamada salvaje de su espíritu. Marco Polo entra en la ciudad de Coigangiú, al tiempo que Miguel Strogof cruza Siberia con los ojos vendados.

Guillermo Tell atraviesa la manzana. Aulla el lobo en las tierras heladas.
Las cosas se torcieron. Comprendiste tarde y mal el significado de la soga al cuello, la línea de la sombra, el corazón de las tinieblas, la flecha negra, la dama de las camelias, el rutinario sudor de una bahía.

Se inundaron las bodegas, no hubo forma de rehuir el temporal. Entró el agua en las amuras. La brea escribió en la madera el paso de los días. En alguna cantina una borrachera de ron, un hombre al agua, el barómetro a cero.
Bajo el volcán de Cuernavaca se recrea el mito del minotauro, el laberinto donde acabamos construyendo nuestra geografía. Los sueños de ayer han despertado y tu millón de dólares le importan un carajo.

Ahora miras el reloj en la pared, las dos y media, los cuadros de Esteban, la pequeña biblioteca, el televisor, la lavadora, las fotos, la tortuga del salón, la hora del trabajo. Ahora lo sabes. Quedaron atrás los últimos paraísos. Pero sonries. Aún respira en ti un temporal de poniente, un levante peleón, un bote salvavidas, un bergantín aguantando las penas del desguace, una mesa libre en la cubierta del Pequod.

Contemplas el espejo, la brújula enloquecida, el mar de los Sargazos, la salma que lastra tus deseos. Adivinas el velamen desplegado, la tripulación a pie de cabo, la proa esquivando los bajíos, un puerto a cuatro millas...
No se pierden por completo los ensueños, no. Permanecen vestidos de memoria, agarrados en algún recodo de la costa, soterrados en el capítulo diez de una novela que reeles cada vez que cumples quince años.

El ruido de la pólvora, las canciones de amor de las indígenas, el siroco, la próxima nevada, la rosa de los vientos, el fulgor del oleaje, la muerte encapuchada, el color de las heridas. El puzzle se completa. La luz del faro soterra los temores, la intensa sensación de desamparo de las noches oscuras.
Finalmente gritas: Rumbo al sur
 
 
 

 
 

de Rodolfo Carmona

a 6 de Enero 03 del tiempo de atrás de poesiasalvaje

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