El caldero
Barkazas
Sofía, de Eterno Sofía ha encendido ya su segundo cigarrillo, camina por la misma calle una y otra vez, al mismo tiempo que con una de sus huesudas y temblorosas manos lleva el cigarrillo a la boca. Con la mano libre se quita el flequillo de su sudorosa frente. Lleva un vestido negro, más bien corto, con un cinturón dorado rodeando su cintura. Parece una puta madura que no consigue ni un puto cliente, con sus ojos inyectados en sangre, parpadeando y con el iris en alguna parte, en alguna parte del mundo, de su mundo.
Sofía no está haciendo la calle ni tampoco es una prostituta venida a menos. Ha puesto su número de teléfono en una de esas páginas webs de contactos en las que pagas 1’50 por sms por comunicarte con otro. Esta desesperada por encontrar a alguien que la folle como es debido, o eso piensa ella, o eso manifiesta en sus sms. “Estoy sola desde hace mucho tiempo y necesito sexo”. Pero después del acto el dolor que querías mitigar es mucho más profundo. Te has desnudado ante un extraño, tú te has corrido y él también. Un pacto de silencio que durará toda la vida. No lo volverás a ver nunca más. Pero sigues igual de mal, el dolor sigue ahí.
Y te estremece, y te vacía, y ahora te das cuenta de que buscabas un poco de cariño, y claro que un buen polvo y un cigarrillo a medias, y una buena conversación. Pero eso ocurre una de cada cien veces, y lo sabes, y aun así lo persigues como si fuera lo único que pueda calmarte. Y te calma hasta que vuelves a hundirte en tus entrañas.
Sofía camina nerviosa, temblorosa, ya no fuma. Busca su móvil en su gran bolso, uno de esos imitación Tous, en el que nunca encuentras lo que deseas a la primera. Ha recibido un sms de su contacto. Ya puede subir a su casa, la mujer de este se ha marchado a trabajar. Él está en paro y piensa que no tiene otra cosa mejor que hacer.
Sin saberlo se han cruzado en la calle, dos mujeres completamente diferentes, una sube a la casa para hacer a su marido lo que ella se niega rotundamente hacer, la otra va rápido sin detenerse ante nada, con las prisas propias de cuando se te pegan las sábanas.
Sofía piensa que quizás con este pueda hablar, conversar, sube rápido a la casa de su contacto para que nadie la vea, con la vista agachada y con la sangre corriéndole por las venas. Con esa especie de adicción a lo secreto, a lo clandestino pero evidentemente no tiene nada de clandestino al menos para el vecindario del cretino al que va a satisfacer. Ni para la mujer de este que aunque lo sabe tampoco tiene demasiado tiempo como para que realmente le importe que su marido sea un auténtico cretino.
La puerta esta entreabierta y una voz le invita a pasar desde una de las habitaciones. Sofía pasa y se encuentra al cretino con el uniforme puesto de su último trabajo. Con la cremallera bajada y la polla fuera.
Sofía huye espantada, igual de temblorosa, igual de nerviosa. Ya en la calle enciende el que se dice que será su último cigarrillo. A Sofía nadie le ha dicho nunca que si no fumará tanto, que si se tranquilizase un poco, que si durmiera como es debido sería realmente hermosa. Nadie se lo ha dicho y aun así sigue siendo hermosa.
Eterno
eterno(0)poesiasalvaje.org
Sofía no está haciendo la calle ni tampoco es una prostituta venida a menos. Ha puesto su número de teléfono en una de esas páginas webs de contactos en las que pagas 1’50 por sms por comunicarte con otro. Esta desesperada por encontrar a alguien que la folle como es debido, o eso piensa ella, o eso manifiesta en sus sms. “Estoy sola desde hace mucho tiempo y necesito sexo”. Pero después del acto el dolor que querías mitigar es mucho más profundo. Te has desnudado ante un extraño, tú te has corrido y él también. Un pacto de silencio que durará toda la vida. No lo volverás a ver nunca más. Pero sigues igual de mal, el dolor sigue ahí.
Y te estremece, y te vacía, y ahora te das cuenta de que buscabas un poco de cariño, y claro que un buen polvo y un cigarrillo a medias, y una buena conversación. Pero eso ocurre una de cada cien veces, y lo sabes, y aun así lo persigues como si fuera lo único que pueda calmarte. Y te calma hasta que vuelves a hundirte en tus entrañas.
Sofía camina nerviosa, temblorosa, ya no fuma. Busca su móvil en su gran bolso, uno de esos imitación Tous, en el que nunca encuentras lo que deseas a la primera. Ha recibido un sms de su contacto. Ya puede subir a su casa, la mujer de este se ha marchado a trabajar. Él está en paro y piensa que no tiene otra cosa mejor que hacer.
Sin saberlo se han cruzado en la calle, dos mujeres completamente diferentes, una sube a la casa para hacer a su marido lo que ella se niega rotundamente hacer, la otra va rápido sin detenerse ante nada, con las prisas propias de cuando se te pegan las sábanas.
Sofía piensa que quizás con este pueda hablar, conversar, sube rápido a la casa de su contacto para que nadie la vea, con la vista agachada y con la sangre corriéndole por las venas. Con esa especie de adicción a lo secreto, a lo clandestino pero evidentemente no tiene nada de clandestino al menos para el vecindario del cretino al que va a satisfacer. Ni para la mujer de este que aunque lo sabe tampoco tiene demasiado tiempo como para que realmente le importe que su marido sea un auténtico cretino.
La puerta esta entreabierta y una voz le invita a pasar desde una de las habitaciones. Sofía pasa y se encuentra al cretino con el uniforme puesto de su último trabajo. Con la cremallera bajada y la polla fuera.
Sofía huye espantada, igual de temblorosa, igual de nerviosa. Ya en la calle enciende el que se dice que será su último cigarrillo. A Sofía nadie le ha dicho nunca que si no fumará tanto, que si se tranquilizase un poco, que si durmiera como es debido sería realmente hermosa. Nadie se lo ha dicho y aun así sigue siendo hermosa.
Eterno
eterno(0)poesiasalvaje.org
