El caldero
Barkazas
Un cóctel de locuraHe bebido de todo esta noche. Me he preparado un vodka, con algunos cubos de hielo, jugo de naranja fresca, una porción de cinco gotas de clonazepam,… y todo sigue igual. Busco entre los cajones de un moderno escritorio; encuentro cannabis, de buena calidad, la huelo, y me quedo con su olor, saco de entre las bolsas de mi pantalón de mezclilla, un poco de cocaína, me preparo con toda calma, un “primo”, lo enciendo, y lo inhalo, con un placer inmenso. Me miro un poco en el espejo de mi estudio; estoy lívido, pálido, cualquier persona diría: Es un (de)mente. Bebo con un gusto especial, cada trago de mi elíxir elevador del alma; mientras fumo suave, con calma, mi “cigarro cósmico”. Se escucha una melodía de blues antiguo, rudimentario, elemental, casi… como el sonido del dolor, el intérprete es blanco, y eso lo sé, porque, siempre me ha gustado más la música tocada por anglosajones. No soy racista, sólo es cuestión de gusto estético. Estoy que me devoro a mí mismo, en este momento, ahora, sólo es cuestión de lanzarse al vació, no es doloroso, adelante. Soy pura soledad,… en el sentido semántico de la palabra, “no soy”, aunque exista disfrutando del entorno. El tiempo a transcurrido, sin que me dé cuenta, cuando menos con precisión. Me preparo, como todo un maestro, un poco de mezcal, en un vaso escarchado, le deposito una porción de hongo enmielado, agua gaseosa, y jugo de toronja. Después se escucha: Sehnsucht, que invade todo el espacio, con sus bellas notas. Me siento en un sillón suave, limpio, cómodo, de color negro, mientras pruebo mi cóctel de locura, ¡oh!, está exquisito. No logro estar en mí, o si lo estoy, no lo sé, me siento, al borde del hastío. De pronto percibo una presencia, muy cercana a mi ser, alguien que se allega suave, como gata herida. ¿Quién será…?
--¡Hola, amor!
No pude contestar absolutamente nada.
--¿Cómo estás?
Iba a responder: me estoy muriendo, pero, mejor me quedé callado, como un muerto…
--Te puse música, para que estés alegre y feliz.
No era necesario, pero, es buena idea, pensé en lanzar las palabras, pero no lo hice.
--Te he estado esperando, tengo mucho tiempo aquí en este espacio, tanto, que hasta ya perdí la noción de todo.
--¿Eres la noche?
--No, soy Helena.
--¡Hola, querida!
--Te he estado observando un buen rato, cobijada en la oscuridad, y estás guapísimo. Pareces un ser etéreo, que viene de algún lugar donde sólo hay tristeza y abatimiento.
--Quiero no ser…
--¿Dónde estabas?
--En la metrópoli.
--Enciende un poco la luz.
Ahí está la dama bella; vestida con una bata transparente, blanca, sin corpiño, pero con unas bragas diminutas, de color rojo, medias blancas, y zapatos rojos. Es dueña de unas piernas perfectas, bien torneadas, que al moverlas es como una danza del placer eterno. Sabedora del efecto que me producen sus extremidades inferiores, me las muestra en toda su plenitud, ¿oh?, qué hermosa mujer. Me llevo a mis labios el vaso de cristal, para saborear otro trago del menjurje alucinógeno. Ella, retira de mi boca la “pócima”, y exclama: Dejemos para otro momento, tu bebida explosiva. Me besa suave, con calma, y sensualidad, primero, mis labios, después mi rostro, luego, mi cuello. Me quito la camiseta, es de color negro, hago lo mismo con el pantalón de mezclilla, y me quedo en puro calzón azul. Me lame todo el cuerpo, desde el rostro, hasta llegar al falo, donde se queda hechizada, por largo tiempo. Después se sube sobre mí, hacemos el amor, el coito, la cópula. Nuestros cuerpos son el vaivén mismo, el interminable movimiento, un temblor trepidante, hasta oscilante. Somos dos soledades en búsqueda, y una vez juntas no desean separarse jamás. No hablamos, ninguna palabra sale de nuestras bocas, sólo una magnifica sinfonía de gemidos, invade el todo. Es como llegar al Nirvana, sólo que nuestros vehículos son nuestros cuerpos, sanos, vigorosos, lozanos, llenos de sensualidad, y erotismo. Quedamos exhaustos, complacidos, como en estado de gracia, sólo nos miramos, como si hayamos consumido una droga deliciosa. Mi pareja bien sabe, que ella es mi única y mejor dosis, para elevarme hasta los pechos blancos de la luna.
--¿Te gustó?
--Me encantó.
--Lo sabía.
--¿Por qué?
--Es evidente que lo disfrutaste.
Iba a decir que sí, pero preferí quedarme callado. Además ella bien sabe, que me vuelven loco, desquiciado, sus piernas magnificas.
--Sabes que te amo.
--Lo sé.
Se levanta mi hembra, y elige una canción: Sanjay Mishra, y la música hindú se hace presente. Mientras nos preparamos, para saborear un licor helado, lleno de sabor y locura. –Todavía sigues viendo a la adolescente, de un lunar en la comisura izquierda de los labios, creo… que se llama Nubia. Pienso que contesté en sentido afirmativo, porque, la imagen de la pequeña me invade todo. –No creo que sepa fornicar como yo, ¿o me equivoco? Si es que respondí (no lo recuerdo), dije que no. --¿Entonces porque la sigues visitando? Me volví a servir otro trago de baco, y hacía como que no la escuchaba. –Tengo seis mese contigo, y me fascina estar a tu lado, aunque tengas muchas amantes. Nunca te he visto con una fémina horrible, fea, vulgar, sé que tienes buenos gustos, hasta la exageración. Tomo un cigarrillo blanco, le prendo el cuerpo, y le empiezo a quitar la vida en cada inhalada. No tengo deseos de escuchar a mi amante en turno, bueno no de esos temas… --No te estoy reclamando nada, cuando te conocí, recuerdo que me comentaste: Yo tengo muchas chicas bellas, espero no te moleste. Además ya me habían comentado un poco sobre ti, y sabía perfectamente, como te comportas en la vida. La miré inquisitivamente, y se calló por un momento. Le entrego unas líneas de cocaína, y la invito a saborearlas. Pasó el tiempo, como jinete degollado, dejando en su cabalgar, sólo polvo añejo. Estamos como dos esculturas de mármol, esculpidas sólo por las manos de la orfandad. En ese preciso momento timbran en mi puerta de madera, se escucha como un anhelo, que desea llegar hasta mis huesos. Me extraña que Helena no abra, es más… estoy esperando. –Puedes atender, amor. Me levantó, sin prisa, y el sonido, como un violín desafinado, no deja de llorar. Quitó el seguro, y ¡ahhh!, ahí está ante mis ojos de miel, la entrañable mujercita, de falda corta, ojos tristes, cuerpo perfecto, y esa sonrisa enloquecedora. –Hola mi vida. ¿Cómo estás? La abrazo con mucha sensualidad, mientras le levanto la falda, para mirarle el trasero de ensueño, trae puesta una tanga de color rojo fuego. Le toco con un goce desmedido sus glúteos perfectos, diseñados por la pasión de sus padres. Me besa con todo su amor, y una enorme exaltación sexual. –Es bueno verte, me haces falta, mucha. Tenemos seis días que no hacemos el amor, te requiero, ahora. Le contesté que a mí todas me necesitan, siempre, toda la vida. Después, un sentimiento extraño, me hace sentir muy bien, perfecto, como un psicótico, recibiendo electrochoques. Llega al sillón, (ese cuerpo encantador) donde hace, algunas horas he fornicado, y se sienta, ya está en ropa interior. La desvisto toda, y la contemplo a mi entera satisfacción, ordenándole que asuma diversas posiciones, sólo para mí. La acomodo en forma ideal para iniciar el acto sexual, cuando se aparece Helena, y me explica: --La invité, considero que la necesitas, con urgencia. Siempre me preocupo de ti, bien lo sabes, querido. Inicio con mis actividades sexuales, con mi pequeña, disfruto de todo su lindeza. Ella si habla, suspira, gime, y hasta me rasguña la espalda. Mientras grita: Todas mis amigas te amamos, te deseamos, te admiramos, te adoramos, eres nuestro amor, el mejor de todos. Entretanto, cerca de la cama nos observa mi amada de piernas esplendentes. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos amándonos, lo que nunca se me olvidó fue el placer tan inmenso, de copular con semejante cuerpo. Fue exquisito. Ahora tengo a mi disposición (en este momento) a dos seres hechos para el amor total, y me pertenecen.
--Brindemos.
--¡Claro!, amor, exclamó Nubia.
--¡Salud!, querido, me dijo Helena.
--Las quiero a las dos, son muy hermosas.
--Nosotras somos tuyas, siempre.
Allá afuera; la gente mediana, común, busca cuestiones tan absurdas, como incrementar su haber económico, su posición social, y hasta pierde el tiempo en lastimarse, en odiarse, y en llorar furias.
--Ja, ja, ja. Yo Alejandro, “sumo sacerdote” del hedonismo, me siento feliz, con mis dos lindas y exquisitas feligreses.
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