El caldero
Barkazas
Un instante, de José Luis Carretero Miramar Sus dedos se rozaron un breve instante. Un contacto nítido en una
milésima de segundo. Una descarga eléctrica entre dos polos opuestos.
El se ruborizó. No sabía donde colocar las manos, apoyando la espalda contra la puerta. Miró a la nada, dejó la mano muerta colgar a su lado como un fardo pesado. Clavó los ojos en el techo metálico del vagón.
Ella se ruborizó también: su mano estaba suelta, independiente a su voluntad, moviéndose al ritmo del vagón en un pequeño radio de centímetros. Miró la nuca del gordo calvo que llevaba delante. Una nuca sudorosa que brillaba como un semáforo en ámbar. Con aliento entrecortado, aprehendió la presencia de él a pocos centímetros de su cuerpo, el aura rotunda de sus hombros. Tensó los músculos de las piernas para no repetir el roce.
Pero el roce volvió a repetirse. Fue sólo un instante. Una descarga eléctrica marchita en un monte oscuro.
La atmósfera era sofocante. Los dos creían mascar ladrillo al respirar. Sus corazones- ah, pero ellos no lo sabían- latían al unísono acelerados. Y sus cerebros destilaban imágenes de sexo y campos verdes, pero también de ridículo, vergüenza y culpa. Las yemas de sus dedos palpitaban adivinando el siguiente encuentro, atesorando la textura de la piel apenas rozada, anhelando temblorosos el calor deseado.
El tercer roce llegó pronto, aún más nítido. Pero también más rápido.
Se miraron un instante, con rapidez, con voracidad y ternura, con azoramiento y sorpresa. Apartaron la mirada sonrojados. Volvieron a la nuca del calvo y el techo metálico, cada uno pensando en su propia huida.
Pasaron segundos de fuego arrastrándose como caracoles.
Volvieron a mirarse. Esta vez más largamente. Con mayor ternura. Se encontraron el uno frente al otro, en los labios del otro, en sus ensoñaciones. Abrieron sus más secretos laberintos y los desnudaron ante el vendaval, se acariciaron mutuamente las pupilas con los párpados mucho más allá de miles de años de conceptos.
Sólo duró un instante.
La puerta se abrió y ella salió. Era su parada.
Y él no volvió a coger nunca aquella línea de metro.
José Luis Carretero Miramar.
El se ruborizó. No sabía donde colocar las manos, apoyando la espalda contra la puerta. Miró a la nada, dejó la mano muerta colgar a su lado como un fardo pesado. Clavó los ojos en el techo metálico del vagón.
Ella se ruborizó también: su mano estaba suelta, independiente a su voluntad, moviéndose al ritmo del vagón en un pequeño radio de centímetros. Miró la nuca del gordo calvo que llevaba delante. Una nuca sudorosa que brillaba como un semáforo en ámbar. Con aliento entrecortado, aprehendió la presencia de él a pocos centímetros de su cuerpo, el aura rotunda de sus hombros. Tensó los músculos de las piernas para no repetir el roce.
Pero el roce volvió a repetirse. Fue sólo un instante. Una descarga eléctrica marchita en un monte oscuro.
La atmósfera era sofocante. Los dos creían mascar ladrillo al respirar. Sus corazones- ah, pero ellos no lo sabían- latían al unísono acelerados. Y sus cerebros destilaban imágenes de sexo y campos verdes, pero también de ridículo, vergüenza y culpa. Las yemas de sus dedos palpitaban adivinando el siguiente encuentro, atesorando la textura de la piel apenas rozada, anhelando temblorosos el calor deseado.
El tercer roce llegó pronto, aún más nítido. Pero también más rápido.
Se miraron un instante, con rapidez, con voracidad y ternura, con azoramiento y sorpresa. Apartaron la mirada sonrojados. Volvieron a la nuca del calvo y el techo metálico, cada uno pensando en su propia huida.
Pasaron segundos de fuego arrastrándose como caracoles.
Volvieron a mirarse. Esta vez más largamente. Con mayor ternura. Se encontraron el uno frente al otro, en los labios del otro, en sus ensoñaciones. Abrieron sus más secretos laberintos y los desnudaron ante el vendaval, se acariciaron mutuamente las pupilas con los párpados mucho más allá de miles de años de conceptos.
Sólo duró un instante.
La puerta se abrió y ella salió. Era su parada.
Y él no volvió a coger nunca aquella línea de metro.
José Luis Carretero Miramar.

Comentarios
Es hermoso pero triste.
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