El caldero
Los rios
El concierto de la crisis o el discipulazgo se revierte, LucÃa Cánobra Pompei
Llana, quieta y lúgubre, no me pueden ver porque no existo, y sin
embargo soy, entre mármoles exiguos permanezco, en el borde sin igual
del trazo fresco, en cada pétalo de rosa, en cada piedra, en cada
lívida inquietud…
La fe
Montserrat desde lo alto busca el fuego. Todo ha de regresar alguna vez, pienso entre paréntesis. Esconde en precipicios una llave enmohecida, impreciso ungüento de una era trágica. Llamas, dioses incendiándose, malogrando el cuerpo de otros, latigándose en placer prohibido. Como el sabio antiguo, ciego cándido, entregado a muslo incrédulo de las cenizas. La mirada embrutecida, mientras ríos de estribor, conducen la canícula viviente: Habré de ver el flujo de mis piernas, fruto brujo de pasión sublime. Entrega lega de heredades malolientes, de entremezclas despreciables. La humedad deviene mácula. De la mácula, erosión. La erosión transforma en duda, y ésta en pánico y violencia. El fuego avanza, material incandescente. Arrúllame en tus manos, ambicióname sin vicios ni pecados. Soy mortal, molígera, cantábrica; que amo lo que se me entrega, y me entrego al ser amado, sin desdichas ni mezquinos límites o atisbos. Con las manos en la espada, estremezco el canto de las piedras y animales que revierten lo salvaje de sus sombras y sus babas. Con mis lágrimas de muerte, gobierno el frente de una guerra en el pasado. La sangre, los caídos, las cruces en las manos llenas de reseca sangre. Mis manos me conducen, guiadas por un ser que está muy cerca. El umbral permite una abertura; atisbo tiernamente al otro lado.
Ya no voy sino que vuelvo, hacia el centro de la mínima existencia: Dios, los hombres y la fe de los que mienten.
El ermitaño
Ermitaño, tiempo cruz. Rezo eterno, caminatas sobre el fuego, gritos sin origen, la tormenta empieza. Logro recordar escenas truncas, fragmentadas por la huida, el viento o el horror. De mi mano, a veces, arremeten los demonios, la vida triste, el final rojo, traspasado a cuchilladas; sin embargo vuelco el hambre. Vuelo, vuelvo… Me trituro en pensamiento, hace ya mucho. Bajo pergaminos y otros símbolos de adoración. No. No. Espero, me sumerjo en aguas secas. Recibo las caricias de hace décadas, años, días. El recuerdo sucio de una representación vacía. Habla en letanías, cumple fieles compromisos, pero no me lleva, ni a mí ni a nadie. Esperamos tristemente que el fuego arrase la abadía, desde catres, sábanas y piedras, hasta yesos, reflexión y fe. Nada queda por hacer. Sólo comprender al misterioso guía que revela nuestra senda en dispersión. Pasan años que retrasan, o adelantan a ellos mismos. Regreso, voy y permanezco. A mi mano asido un cartílago de pez. A mi piel ajada el sol, los años de vivir en el desierto, la desaparición. Y, a pesar de todo, comienzo a comprender. El conocimiento actúa, aglutinante. En la dispersión me desvanezco, como una hoja seca en la tormenta, como una vida que repite, permanentemente, cada acción pasada.
Epílogo
Cuando el tiempo no termina, es el tiempo asido de las manos, afirmado o retenido por la culpa. No es espacio ni lugar. No es sentido ni tampoco pensamiento. Es el tiempo que termina y no termina, realizando bruscos gestos de locura y crueldad sobre mi cuerpo. Ya no busco entendimiento ni razón. Sólo veo el símbolo mayor, postrado entre las nubes, los pilares, los pasillos tenebrosos, humeantes, cansados... Aquel símbolo llamado amor acá, ficción allá, vacío o reflexión profunda. Simplemente acallo nuestras voces, las silencio por el bien de una raíz, de mi raíz, que tiembla o pudre bajo las intensas lluvias de placer, pecado y duda. No me veo reflejada en el estanque, no siento el quebradizo paso tras los vidrios; la catedral ha sido clausurada y sigo sola, deambulando entre las celdas, los secretos y las tumbas. Lo demás se ha desvanecido, el calor de las visitas, el jardín de las delicias, la pileta y los deseos, los rezos del amanecer.
Llana, quieta y lúgubre, no me pueden ver porque no existo, y sin embargo soy, entre mármoles exiguos permanezco, en el borde sin igual del trazo fresco, en cada pétalo de rosa, en cada piedra, en cada lívida inquietud…
Les escribo desde el inicio del desierto de Atacama, en Chile. Vivo en La Serena y escribo poesía desde hace tiempo.
Visito vuestra página con frecuencia, y me gustaría participar con poemas que les envío ahora. Son tres y corresponden al texto inédito El concierto de la crisis, que espero publicar a fines de este año.
Ojalá sean de vuestro agrado,
lucia.canobra(0)gmail.com
Breve biografía
Lucía Cánobra Pompei nació en Algeciras, España, el 9 de septiembre de 1979. Tras un breve paso por Argentina y Uruguay, actualmente vive en La Serena, Chile. Es Intérprete superior en Piano y dirige un Taller de poesía llamado “Al sur del sur”. Sus poemas han sido ganadores o finalistas en concursos en España, México, Argentina y Chile. Desembarcos, su primer libro, fue editado el 2008 por el sello "Prometeo". Los presentes poemas pertenecen al texto inédito: El concierto de la crisis, que espera publicar a finales del 2009.
La fe
…ojo de luz
en el centro de un mundo terrible y alegre.
Georges Bataille
en el centro de un mundo terrible y alegre.
Georges Bataille
Montserrat desde lo alto busca el fuego. Todo ha de regresar alguna vez, pienso entre paréntesis. Esconde en precipicios una llave enmohecida, impreciso ungüento de una era trágica. Llamas, dioses incendiándose, malogrando el cuerpo de otros, latigándose en placer prohibido. Como el sabio antiguo, ciego cándido, entregado a muslo incrédulo de las cenizas. La mirada embrutecida, mientras ríos de estribor, conducen la canícula viviente: Habré de ver el flujo de mis piernas, fruto brujo de pasión sublime. Entrega lega de heredades malolientes, de entremezclas despreciables. La humedad deviene mácula. De la mácula, erosión. La erosión transforma en duda, y ésta en pánico y violencia. El fuego avanza, material incandescente. Arrúllame en tus manos, ambicióname sin vicios ni pecados. Soy mortal, molígera, cantábrica; que amo lo que se me entrega, y me entrego al ser amado, sin desdichas ni mezquinos límites o atisbos. Con las manos en la espada, estremezco el canto de las piedras y animales que revierten lo salvaje de sus sombras y sus babas. Con mis lágrimas de muerte, gobierno el frente de una guerra en el pasado. La sangre, los caídos, las cruces en las manos llenas de reseca sangre. Mis manos me conducen, guiadas por un ser que está muy cerca. El umbral permite una abertura; atisbo tiernamente al otro lado.
Ya no voy sino que vuelvo, hacia el centro de la mínima existencia: Dios, los hombres y la fe de los que mienten.
El ermitaño
Ermitaño, tiempo cruz. Rezo eterno, caminatas sobre el fuego, gritos sin origen, la tormenta empieza. Logro recordar escenas truncas, fragmentadas por la huida, el viento o el horror. De mi mano, a veces, arremeten los demonios, la vida triste, el final rojo, traspasado a cuchilladas; sin embargo vuelco el hambre. Vuelo, vuelvo… Me trituro en pensamiento, hace ya mucho. Bajo pergaminos y otros símbolos de adoración. No. No. Espero, me sumerjo en aguas secas. Recibo las caricias de hace décadas, años, días. El recuerdo sucio de una representación vacía. Habla en letanías, cumple fieles compromisos, pero no me lleva, ni a mí ni a nadie. Esperamos tristemente que el fuego arrase la abadía, desde catres, sábanas y piedras, hasta yesos, reflexión y fe. Nada queda por hacer. Sólo comprender al misterioso guía que revela nuestra senda en dispersión. Pasan años que retrasan, o adelantan a ellos mismos. Regreso, voy y permanezco. A mi mano asido un cartílago de pez. A mi piel ajada el sol, los años de vivir en el desierto, la desaparición. Y, a pesar de todo, comienzo a comprender. El conocimiento actúa, aglutinante. En la dispersión me desvanezco, como una hoja seca en la tormenta, como una vida que repite, permanentemente, cada acción pasada.
Epílogo
Cuando el tiempo no termina, es el tiempo asido de las manos, afirmado o retenido por la culpa. No es espacio ni lugar. No es sentido ni tampoco pensamiento. Es el tiempo que termina y no termina, realizando bruscos gestos de locura y crueldad sobre mi cuerpo. Ya no busco entendimiento ni razón. Sólo veo el símbolo mayor, postrado entre las nubes, los pilares, los pasillos tenebrosos, humeantes, cansados... Aquel símbolo llamado amor acá, ficción allá, vacío o reflexión profunda. Simplemente acallo nuestras voces, las silencio por el bien de una raíz, de mi raíz, que tiembla o pudre bajo las intensas lluvias de placer, pecado y duda. No me veo reflejada en el estanque, no siento el quebradizo paso tras los vidrios; la catedral ha sido clausurada y sigo sola, deambulando entre las celdas, los secretos y las tumbas. Lo demás se ha desvanecido, el calor de las visitas, el jardín de las delicias, la pileta y los deseos, los rezos del amanecer.
Llana, quieta y lúgubre, no me pueden ver porque no existo, y sin embargo soy, entre mármoles exiguos permanezco, en el borde sin igual del trazo fresco, en cada pétalo de rosa, en cada piedra, en cada lívida inquietud…
Les escribo desde el inicio del desierto de Atacama, en Chile. Vivo en La Serena y escribo poesía desde hace tiempo.
Visito vuestra página con frecuencia, y me gustaría participar con poemas que les envío ahora. Son tres y corresponden al texto inédito El concierto de la crisis, que espero publicar a fines de este año.
Ojalá sean de vuestro agrado,
lucia.canobra(0)gmail.com
Breve biografía
Lucía Cánobra Pompei nació en Algeciras, España, el 9 de septiembre de 1979. Tras un breve paso por Argentina y Uruguay, actualmente vive en La Serena, Chile. Es Intérprete superior en Piano y dirige un Taller de poesía llamado “Al sur del sur”. Sus poemas han sido ganadores o finalistas en concursos en España, México, Argentina y Chile. Desembarcos, su primer libro, fue editado el 2008 por el sello "Prometeo". Los presentes poemas pertenecen al texto inédito: El concierto de la crisis, que espera publicar a finales del 2009.

