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LunesMayo21 ,2012
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Anatomía del tiempo, Martín Monreal

PAISAJE

Mientras repetían las noticias por televisión
pensaba que
entre las confusas generaciones de especies extinguidas
del estercolero terrestre
la nuestra es
una partícula incierta de historia
en cierta forma no tan distinta
de la vida que alimentaremos
abajo de los caracoles
donde el cuerpo será paisaje en el despliegue
de una existencia milimétrica y ajena
(digamos, mejor, "incomprensible para nosotros",
pero no mucho más que ésta desde la que hablamos),
completa
con sus amores, comercios, mezquindades
revoluciones, disoluciones, asambleas
y póstumas batallas, iguales o más encarnizadas
que las que ahora ocurren
en el tumulto de nuestros pensamientos.

Persistiremos ¿por qué no?—
una entrada en un diccionario,
una raza casi imaginaria

perdida entre hule y humareda,
hojeada por moscas reptiles pájaros hormigas
o quién sabe qué pezuñas curiosas

y a la que sólo los perros concederán
un gesto vago de reconocimiento





ANATOMÍA DEL TIEMPO, Martín Monreal



PATIO

Vine solo a buscarte. No estás en casa, pero alguien
que desconozco y conoce mi nombre me dejó pasar.
Dijo que no tardarías. Después calló y sonriendo
se deshizo en los cuartos de luz — sombra sin rostro,
sombra apresurada hacia sus cosas.     
Ya no lo veo.

Pasé por las habitaciones

                      (tu cama está apenas deshecha —tu cuerpo
          es liviano y la forma de las sábanas se
          y            le parece. El frasco donde guardabas piedras
          en verano no está más. Ahora hay otro,
          lleno de estampillas y postales)

me senté a esperarte en la sala junto al patio.

La suave luz del día llena el aire.
El hielo se derrite. Un hilo de agua
brilla sobre el muro tibio,
entre la hiedra.   

En el suelo, algunas islas de nieve
duran todavía, calmas lámparas diurnas
disolviéndose en miles de ríos   
invisibles y constantes.       

Ya hay brotes nuevos entre el pasto seco.
A través de su corteza transparente
avanza el día
poco a poco.

                                        Los años pasaron para ambos. No hay reproches.
                                        La juventud fue rápida y corta, aunque cuánto más
                                        sabemos de las cosas, no puedo decirte — salvo
                   que se hace más difícil encontrarnos.

Un ruido de motores hace vibrar los vidrios
y desaparece.

El viento mueve los cables eléctricos.

                    En la pared el reloj adelanta una hora exactamente.
Sólo quitándole atención al resto podrías distinguir
                    su diminuto rugido. El tiempo es pesado de a ratos,
de a ratos liviano como
          un   tramado      
       de  
                   sombras










TROVADOR

He venido a cantarte mi amor.

Tengo:
setenta centavos en monedas de uno,
los pies acalambrados y un puñado de tallos
mordidos en el bolsillo (octavo día en el camino).

Crucé medio país para olvidarme tu nombre.
De todo lo que traía no ha quedado nada:
el guardia del tren huyó con mi equipaje
y las notas para los poemas se arrugaron con la lluvia.

Así que, dale:
amada mía, mujer,
¿por qué no habríamos de ser felices?
con la plata de la fábrica que nos dejará tu padre
y el sudor atormentado de mi pluma. 

Viví de un pozo a otro, entre los pastos,
en los pasillos desalumbrados de los ministerios,
en los desaguaderos, siempre llevando tu beso
como un sello en mi lengua.
Ahora no me dejés dando vueltas,
no me tirés el huesito de tu pena.

Dejaremos atrás la vida miserable y trabajosa
y las limosnas de aquellos
que dicen que es mejor haber vivido que vivir.

Será una casa donde la lluvia no caiga,
y el estuco no caiga, y las piedras
y los clavos y los gritos no caigan,
abierta como un jardín, donde podremos ver juntarse
los pedazos del mundo, y barrerlos
de cuando en cuando, y salir de la mano
en busca del pan y del diario, 
y hacerte la cama y echarte a mi lado,

y en esta soledad desordenada
hablarte claramente a los ojos,
engastándoles mis muecas y mi dulce aliento,
deshojando en el transcurso el temblor
de tus tobillos, mientras se abre
la boca de tu rosa.





NOTA DE VIAJE

Milán, 15 de junio

Ayer caminamos hasta la casa
donde vivió Montale.
El mediodía caía a pico sobre las tejas
y el techo entero brillaba
como un mar suspendido en el aire.
En el primer piso las cortinas estaban cerradas.

Mientras bajábamos por Via Bigli
recordé que
entrando por atrás de la estación
(esto ya es en Buenos Aires y en enero),
pasando el áspero jardín y una hamaca solitaria
manchada por las moras,
está la sala para esperar los trenes,
(ahora abandonada porque
quién espera nada hoy en día...)

En la tarde alargada de provincia
la luz muestra los registros       
dejados por la herrumbre en las paredes
y las goteras que miden

el paso del día  sobre las baldosas.

Ahí, en el estante de hierro
pegado a la ventana,
solía haber un mirlo.
La jaula está, el pájaro se fue,
(quién sabe si en coche
o a pie
o con las patas hacia el cielo).
Ahora los ratones practican
furtivas expediciones
a ese museo de aire.

No podría asegurar que, en esos momentos,
los breves visitantes lleguen a creer
que tienen alas
o que saben cantar,
o si este mecanismo,
esta trampa inocente y abierta
(obra de un gracioso desocupado
o un benefactor accidental)
simplemente les permite
ver el mundo
desde otra jaula
mientras nosotros miramos desde abajo—













EN LA COSTA  (INTERRUPCIONES)

Arriba se sostiene la luz, duran los cables del mediodía, la arquitectura que, sobre mis hombros, mantiene en pequeñas escenas el tragaluz de la memoria, la basura incrustada en la arena, las escamas de los peces, las costras afiladas de los caracoles golpeando en la marea que sube, y también en el recuerdo   
       de             escenas               pasadas

                                       las 
                                                                  últimas
                                                                                              ausencias
                                       del
                                                                                                                             verano

Poco a poco la mañana se fue ahogando
de voces, de ruidos, de opiniones—
y en las risas reunidas
de los que pasan       
                                      fumando

Los pechos de las chicas aguantan el cielo
y en la tierra
y en todo lo que queda acá
desde hace tiempo,
hay un hervidero
de reliquias        
                                      de plástico
No sé, hoy hasta las notebooks parecen antiguas
Los barcos en el horizonte son los mismos de ayer,
a la espera de un viento favorable
en los motores, acostados
en  el  piso   del   Atlántico

No niego nada, no afirmo nada
Puede ser una locura, el rumor del mar
en mis entrañas, una corriente de voces,
de tardes, de guadañas
una radio  
estática

Ruido oxidado del sol que gira
Ahora estás        más       
lejos

Resulta curiosa la retirada
de los cangrejos: se llevan la costa,
                                         mar adentro

En un minuto voy a robarle
la tabla al pibe al lado,
voy a fondear en una isla desierta,
poner una tranquera y mearme de la risa
de no volver más
(Porque a veces las cosas son así,
a veces pasa que las cosas son así
y hay que irse)

Y bañarme en el
sol chorreante de las estaciones,
sentarme a la tarde sobre la arena tibia
y recordar cómo era cuando te ibas
y recordar cómo era cuando te quedabas

(Las células tejen destejen la piel de los años,
del cuerpo,
                                                       la anatomía del tiempo)

Y habrá palmeras
y cocos en el suelo
y un banco hecho de troncos, de árboles caídos,
y te escribiré un email
cuando los años pasen
y quedemos sólo yo y tu recuerdo
así                                                   desconectado
sin el peso
                          de las cosas
del

mundo













EMAIL

Hoy no vengas. Sería mejor que no vinieses.   
No sé si podré explicarlo.
Tengo mucho que hacer y también creo que
miraré por la ventana, como ayer,
como cuando encontré los huecos
de la tarde en la tarde, o cuando hay
alguien que viene y calla y no oye
lo que digo,
lo que pienso,
lo que callo.

Ah, y  algo más:
dentro de mi pena crecen las paredes,
los pisos, los platos a lavar,
la arenilla sucia, desterrada, del cansancio,
el que hay que barrer para que la casa
siga siendo el lugar donde pisar
y no las astillas del pasado.

Duran todavía mis articulaciones
y en la mesa sumergida donde espero
hay un diario y un taza y un cajón vacío,
y todos los días y las noches
leo ese montón de nombres 
de amigos que hace tiempo conocimos
y ahora ya no.

Pasan
como pasaron
las horas en mi cuarto,
como va a pasar la pena también, sin ruido.
Los años se te pegan pero el resto pasa.

Cosas nos andan por el exilio, detrás de la puerta.
Escribimos cartas que bajan con la lluvia,
que quedan en el vidrio con tierra de las ventanas.
¿Me harías un favor? Escribiles por mí.
Contales lo que quieras. Deciles la verdad:
que no pasa nada, que todo está bien, que todo está muy bien.












ANOCHECER EN UN LUGAR CUALQUIERA

Llovizna. Ya se vaciaron
las salas de las estaciones.
Un tren tardío gravita en los rieles eléctricos.

Atrás de los galpones los faroles
fueron congregando la luz de la tarde.

Pronto va a ser invierno.
Habrá que dejar prendidas las hornallas,
las camas estarán frías.

Y pensar que en el país hacia el que volaste
está amaneciendo, y empiezan a escasear
los sobretodos.







LÁMPARA

La luz de la lámpara separa esta noche
de otra, más serena, que se apoya               
en mi espalda, donde duerme

la mujer

que me arrulla de día, abarquillada
en el marco de su cuerpo.

Ay, si pudiera soplar en su frente           
y poblarla de mejores recuerdos.













GHOSTS

Fui hojeado por seis de ellos esta noche    
viejos compañeros de camino
con un pie y una voz en mi cabeza.

El primero llamaba y en la puerta
no había nadie: ni en los patios,
ni en las mesas, ni en los pajonales
que el sol golpeaba con su ánimo de buey,
de pezuñas partidas.
Y nadie lo oía.

El segundo habría sido un cazador
en un tiempo de hierro, apoyado
en su mastín y su derecho;   
pero fue él el cazado, el perseguido,
iluminado en el suelo rodeado de noche:
y de su cuerpo florecieron
                   los ciervos de la pena.

Seis de ellos me anduvieron esta noche
viejos compañeros de camino
con un pie y una voz en mi costado.


El tercero fue un pájaro rojo,
roto contra el dique y su corriente—
su cuerpo es de escamas ahora y palpita
desordenado en mis dedos.

El cuarto se apiadó de mi desvelo,
ofreció sus manos. Su voz tenía
la aspereza de la soga. Permitime, dijo,
y tendrás descanso para siempre.

Seis de ellos me anduvieron a esta hora
con un pie y una voz en mi garganta.

El quinto anduvo revolviendo en los cajones.
Salió al jardín entre las plantas,
se sentó bajo el techo del aire.
Ahora calienta sobras en el horno de las culpas
mientras su cráneo se llena                                 de hojas
de viento.       

El sexto descansó sobre una piedra,
dejó su mandíbula a un costado.
Todo es prestado, dijo. El cansancio,
el alambre calentándose en la lámpara, 
la hebilla guardada en una caja, el polen
en el vidrio del espejo y en las ventanas.
Seis de ellos me anduvieron esta noche
Me gritan sus historias y es en vano
esta noche es en vano.

Ceniza sin fuego
dolor sin golpe
fruto sin flor.

Seis de ellos me anduvieron,
quedándose hasta el último momento








VALLEJO

Tu sombra a veces me acompaña si la noche es triste.
Digo triste como podría decir húmeda, fría, en cuatro patas—
las generaciones de los hombres
encerrados en cuartos en países lejanos,
exiliados del amor y del tiempo,
pero no de las penas del amor y del tiempo.

Yo también tengo mis huesos contados;
se sacuden en el barro cada vez que se levantan
para hacerme andar. Andan todo el tiempo cansados,
doloridos, sin querer moverse, sin querer seguir.
Yo los obligo. No tienen reposo.
Gimen en los charcos podridos de la carne,
en los huecos del deseo.




PAISAJE

Mientras repetían las noticias por televisión
pensaba que
entre las confusas generaciones de especies extinguidas
del estercolero terrestre
la nuestra es
una partícula incierta de historia
en cierta forma no tan distinta
de la vida que alimentaremos
abajo de los caracoles
donde el cuerpo será paisaje en el despliegue
de una existencia milimétrica y ajena
(digamos, mejor, "incomprensible para nosotros",
pero no mucho más que ésta desde la que hablamos),
completa
con sus amores, comercios, mezquindades
revoluciones, disoluciones, asambleas
y póstumas batallas, iguales o más encarnizadas
que las que ahora ocurren
en el tumulto de nuestros pensamientos.

Persistiremos ¿por qué no?—
una entrada en un diccionario,
una raza casi imaginaria

perdida entre hule y humareda,
hojeada por moscas reptiles pájaros hormigas
o quién sabe qué pezuñas curiosas

y a la que sólo los perros concederán
un gesto vago de reconocimiento



Martín Monreal <martobaldo(0)hotmail.com>


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