El caldero
Luminaria
La luz oscura, BenjamÃn Lajo Cosido Cuando la vida se me hizo real y comenzó a mostrarme sus diversos
matices de claros y oscuros, empecé a preguntarme dónde estaba y a
dónde iba. Esas fueron mis primeras preguntas. Incógnitas, que me
atormentaban, hasta el punto de hacerme pensar que no me comportaba
como la mayoría de mis semejantes.
Con el paso de los años me di cuenta que esta inquietud me convertía en una rareza que sin pretenderlo tan siquiera fuera consciente.
Mis padres, asustados por esta “diferencia”, lo atribuyeron a un posible síntoma de autismo, seguramente ignorantes de lo que ésta definición significaba; y más cuando me veían afilar con los dedos mi labio superior en una abstracción que les asustaba. La ignorancia, cuando no tiene un motivo lógico, una razón que la respalde, que la justifique, asusta. Algo muy comprensible.
Al ir haciéndome mayor, la complejidad, siempre fue involuntaria, se fue agravando y me llevó a buscar lo que a un muchacho de corta edad (era un adolescente con incipiente acné) en adentrarme a un mundo más espiritual. Quería ser fraile Terciario Capuchino y convencí a mis padres en que me internaran en un colegio de los Padres Amigonianos en Burgos, lugar del que provengo. Una especie de internado que me permitía estar en mi casa todos los fines de semanas y fiestas de guardar. Todo un sacrificio para ellos, pero como era el menor de ocho hermanos, el benjamín de la familia, se me concedió, con la esperanza de que mi capricho llegara a buen puerto. Todo por permitirme tener esas oportunidades que mis otros hermanos no habían podido alcanzar o eso decían (excusas de mal pagador)
Cuando cumplí una edad adecuada para que nadie pudiera pensar que era un explotado infantil al uso y ante mis negativos resultados académicos, diecisiete marzos, entré a formar plantilla en un taller de joyería como aprendiz. Contaba con la edad necesaria para formar eso que se conoce como un operario legal en las listas de la Seguridad Social. Allí pase dos años de mi precoz vida entre elementos que se aprovecharon de mí, empezado por mi jefe; aunque tuve otros tantos compañeros que descargaban su impotencia sobre mí, los muy valientes. Pasados dos años de muy poca ilustración, salvo para ir a por los almuerzos de los oficiales, empecé a comprender en lo que consiste una vida explotada. Se me ocurrió, que la mejor manera de huir de esa vida y de la vida familiar que tan poco me aportaba, me alisté como voluntario en el ejército. Concretamente, en la BRIPAC, Brigada Paracaidista. Tenía dieciocho tiernos y prometedores años que malgasté sin que aquello supusiera un serio reembolso, pues allí comprendí lo estéril e inútil que puede ser la vida militar. Hay mejores formas de invertirla, ya lo creo.
Al licenciarme de tan estúpida inversión, mi querida familia me aseguró un puesto de trabajo en una empresa en mi Burgos natal, con el fin, de que si al menos había desechado la oportunidad, debía ser algo más. Un bocadillo pegado o adherido a mí sobaco a las seis de la mañana el resto de mi vida y formar como ellos una familia de necios en la que acabarían por internarme mis vástagos en un asilo al final de la contienda; abandoné mí predestinado destino, quería ser “otra cosa”.
El caso es que no tragué. Con veintidós años dejé de ser un mandado. Para eso pasé dos años en el ejército “profesional” y no me gustó. Como decía en aquellos años: “La música militar no me la supo levantar”.
Conmigo se fueron dentro del hatillo muchos sueños; me fui como el Cid Campeador, hacia el Levante Peninsular. Desterrado, decepcionado, con la única ilusión de poder demostrar que la vida me reservaba nuevos horizontes que aun debía perseguir y explorar. Atrás se quedaba una costumbre, las tradiciones familiares y una envejecida, trasnochada idea de que la evolución consiste en el inmovilismo. Pues no. La evolución es un constante movimiento que nos empuja a hurgar en lo inexplorado, en lo desconocido.
Con esa inquietud inconformista dejé que todo aquel torrente de voluntad fluyera libre, sin que sólo fuera nada más que un vehículo de su fuerza y rompí las cadenas que asían los tobillos de mi mente. Decidí abandonar la complacencia de lo establecido para retar a los vientos que se obstinaban en dificultar mis propósitos: Los de ser yo mismo.
Con veintidós años dejé Burgos sin saber lo que me deparaba el futuro. Sin más convicción que la que me dictaban, mis sueños. Algo descalabrado, pensarán los que todo lo miden, lo pesan o lo cuentan. No me importaba. Todo era mejor que conformarse con una vida llena de ajustes.
A Valencia llegué sin otra intención que liberarme de esos miedos del pasado. De curar mis decepciones. Pero, como todo el que realmente busca, encuentra, salvo el dios Picasso, que decía no buscar y sí hallar, tuve la inmensa fortuna de cruzarme con una Perla de la Horta Nort: Paca. Una amor que ya conocía como amiga y me acogió con los cálidos brazos de su corazón. Que me introdujo en esta cultura, en su maravillosa familia tan diferente a la mía de la meseta castellana y me hizo partícipe de los suyos, de su Historia, que acabó siendo la mía.
En Valencia tuve las oportunidades que añoran los emigrantes. Encontré un trabajo en sus astilleros, hoy ya historia como saben. Una década plena de satisfacciones personales. Conocí a personas que me aportaron muchos elementos útiles para formarme, tanto profesionalmente como humanamente. Escribí libros, rellené páginas en un importante periódico regional del que siempre guardaré gratos recuerdos que me hicieron sentir emociones que pocos pueden alcanzar, al recuperar bastantes referencias del pasado de esta tierra. Pero como me parieron inconformista con pedigrí, me peleé con aquellos que, probablemente, nunca comprenderán que existimos otros que no aceptamos que nos moldeen ni nos confeccionen trajes morales a su medida. No soporto a quienes creen que puede manipular a los demás por el hecho de ocupar escalones donde divisan el horizonte mejor a base de escalarlos sobre cadáveres morales o son capaces de elevarse aniquilando a quien les molesta, sea o no válido; o incluso un obstáculo para sus perversas pretensiones. Conmigo al menos, ese tipo de personas, nunca mejor expresado, como delgado disconforme; morderán siempre hueso.
Hoy, en este presente tan inestable como cuando abandoné Burgos con veintidós años (tengo cerca de cuarenta y cuatro) sigo buscando un lugar donde mis dudas existenciales hallen acomodo. No espero encontrar respuestas para ellas, solo descanso, y un amor, Déborah, que tiene parecidas dudas y recelos, me acompaña en busca de esa paz o lo más parecido que se le parezca. Puede que jamás encontremos ese paraíso salvo en nuestros corazones, pero no tenemos prisa. Ambos sabemos que lo peor es aceptar que no existe.
Benjamín Lajo Cosido
Con el paso de los años me di cuenta que esta inquietud me convertía en una rareza que sin pretenderlo tan siquiera fuera consciente.
Mis padres, asustados por esta “diferencia”, lo atribuyeron a un posible síntoma de autismo, seguramente ignorantes de lo que ésta definición significaba; y más cuando me veían afilar con los dedos mi labio superior en una abstracción que les asustaba. La ignorancia, cuando no tiene un motivo lógico, una razón que la respalde, que la justifique, asusta. Algo muy comprensible.
Al ir haciéndome mayor, la complejidad, siempre fue involuntaria, se fue agravando y me llevó a buscar lo que a un muchacho de corta edad (era un adolescente con incipiente acné) en adentrarme a un mundo más espiritual. Quería ser fraile Terciario Capuchino y convencí a mis padres en que me internaran en un colegio de los Padres Amigonianos en Burgos, lugar del que provengo. Una especie de internado que me permitía estar en mi casa todos los fines de semanas y fiestas de guardar. Todo un sacrificio para ellos, pero como era el menor de ocho hermanos, el benjamín de la familia, se me concedió, con la esperanza de que mi capricho llegara a buen puerto. Todo por permitirme tener esas oportunidades que mis otros hermanos no habían podido alcanzar o eso decían (excusas de mal pagador)
Cuando cumplí una edad adecuada para que nadie pudiera pensar que era un explotado infantil al uso y ante mis negativos resultados académicos, diecisiete marzos, entré a formar plantilla en un taller de joyería como aprendiz. Contaba con la edad necesaria para formar eso que se conoce como un operario legal en las listas de la Seguridad Social. Allí pase dos años de mi precoz vida entre elementos que se aprovecharon de mí, empezado por mi jefe; aunque tuve otros tantos compañeros que descargaban su impotencia sobre mí, los muy valientes. Pasados dos años de muy poca ilustración, salvo para ir a por los almuerzos de los oficiales, empecé a comprender en lo que consiste una vida explotada. Se me ocurrió, que la mejor manera de huir de esa vida y de la vida familiar que tan poco me aportaba, me alisté como voluntario en el ejército. Concretamente, en la BRIPAC, Brigada Paracaidista. Tenía dieciocho tiernos y prometedores años que malgasté sin que aquello supusiera un serio reembolso, pues allí comprendí lo estéril e inútil que puede ser la vida militar. Hay mejores formas de invertirla, ya lo creo.
Al licenciarme de tan estúpida inversión, mi querida familia me aseguró un puesto de trabajo en una empresa en mi Burgos natal, con el fin, de que si al menos había desechado la oportunidad, debía ser algo más. Un bocadillo pegado o adherido a mí sobaco a las seis de la mañana el resto de mi vida y formar como ellos una familia de necios en la que acabarían por internarme mis vástagos en un asilo al final de la contienda; abandoné mí predestinado destino, quería ser “otra cosa”.
El caso es que no tragué. Con veintidós años dejé de ser un mandado. Para eso pasé dos años en el ejército “profesional” y no me gustó. Como decía en aquellos años: “La música militar no me la supo levantar”.
Conmigo se fueron dentro del hatillo muchos sueños; me fui como el Cid Campeador, hacia el Levante Peninsular. Desterrado, decepcionado, con la única ilusión de poder demostrar que la vida me reservaba nuevos horizontes que aun debía perseguir y explorar. Atrás se quedaba una costumbre, las tradiciones familiares y una envejecida, trasnochada idea de que la evolución consiste en el inmovilismo. Pues no. La evolución es un constante movimiento que nos empuja a hurgar en lo inexplorado, en lo desconocido.
Con esa inquietud inconformista dejé que todo aquel torrente de voluntad fluyera libre, sin que sólo fuera nada más que un vehículo de su fuerza y rompí las cadenas que asían los tobillos de mi mente. Decidí abandonar la complacencia de lo establecido para retar a los vientos que se obstinaban en dificultar mis propósitos: Los de ser yo mismo.
Con veintidós años dejé Burgos sin saber lo que me deparaba el futuro. Sin más convicción que la que me dictaban, mis sueños. Algo descalabrado, pensarán los que todo lo miden, lo pesan o lo cuentan. No me importaba. Todo era mejor que conformarse con una vida llena de ajustes.
A Valencia llegué sin otra intención que liberarme de esos miedos del pasado. De curar mis decepciones. Pero, como todo el que realmente busca, encuentra, salvo el dios Picasso, que decía no buscar y sí hallar, tuve la inmensa fortuna de cruzarme con una Perla de la Horta Nort: Paca. Una amor que ya conocía como amiga y me acogió con los cálidos brazos de su corazón. Que me introdujo en esta cultura, en su maravillosa familia tan diferente a la mía de la meseta castellana y me hizo partícipe de los suyos, de su Historia, que acabó siendo la mía.
En Valencia tuve las oportunidades que añoran los emigrantes. Encontré un trabajo en sus astilleros, hoy ya historia como saben. Una década plena de satisfacciones personales. Conocí a personas que me aportaron muchos elementos útiles para formarme, tanto profesionalmente como humanamente. Escribí libros, rellené páginas en un importante periódico regional del que siempre guardaré gratos recuerdos que me hicieron sentir emociones que pocos pueden alcanzar, al recuperar bastantes referencias del pasado de esta tierra. Pero como me parieron inconformista con pedigrí, me peleé con aquellos que, probablemente, nunca comprenderán que existimos otros que no aceptamos que nos moldeen ni nos confeccionen trajes morales a su medida. No soporto a quienes creen que puede manipular a los demás por el hecho de ocupar escalones donde divisan el horizonte mejor a base de escalarlos sobre cadáveres morales o son capaces de elevarse aniquilando a quien les molesta, sea o no válido; o incluso un obstáculo para sus perversas pretensiones. Conmigo al menos, ese tipo de personas, nunca mejor expresado, como delgado disconforme; morderán siempre hueso.
Hoy, en este presente tan inestable como cuando abandoné Burgos con veintidós años (tengo cerca de cuarenta y cuatro) sigo buscando un lugar donde mis dudas existenciales hallen acomodo. No espero encontrar respuestas para ellas, solo descanso, y un amor, Déborah, que tiene parecidas dudas y recelos, me acompaña en busca de esa paz o lo más parecido que se le parezca. Puede que jamás encontremos ese paraíso salvo en nuestros corazones, pero no tenemos prisa. Ambos sabemos que lo peor es aceptar que no existe.
Benjamín Lajo Cosido

Comentarios
Gracias por tus estimuladoras palabras. No es fácil expresar lo que realmente se " cuece" dentro de uno, pero hay momentos en la vida que hacerlo re reconforta, y si además, a otras personas le llegan tus aullidos de lobo pweriférico al que muchas decspciones le han ido curtiendo, a pesar de perder mucha energÃa por ello, vale la pena el ejercicio de compartir tis sentimientos.
Hasta siempre.
BenjamÃn Lajo
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