El caldero
Luminaria
París–Nueva York: abstracción y guerra fría Higinio Polo. Hace algo más de medio siglo, Pollock, De Kooning, Rothko, Gottlieb, Gorky y Kline se convirtieron en los protagonistas del triunfo del arte moderno. Esos artistas tenían patrones poderosos, y su ascenso en el panorama artístico de hace cincuenta años ha sido el hilo conductor de la reciente exposición organizada por el Macba barcelonés con el título de Bajo la bomba. El jazz de la guerra de imágenes transatlántica. 1946-1956. En esos diez años de lucha desigual, la capitalidad mundial del arte basculó de París a Nueva York, y se transformó la concepción misma del arte, la valoración de las obras, y se consolidó el papel del mercado y del mercader en el control de los criterios artísticos y del valor de cambio de la pintura. Hasta ese momento, la pintura norteamericana había pasado casi desapercibida, sin conseguir especial relevancia en el arte internacional, y, de pronto, cuando Washington exhibía su musculatura atómica ante el mundo en los primeros años de la posguerra, su eficaz y masiva propaganda decretó que la modernidad estaba con ellos. Cuando eso sucedió, el gobierno Truman gastaba millones de dólares en imponer el imaginario de la “vida americana” frente al socialismo soviético y frente a la decadente Europa, aún destruida, donde los soldados norteamericanos acantonados mostraban la pujanza y el bienestar de los Estados Unidos, aunque, de hecho, esa imagen que proyectaban era casi un espejismo, puesto que el país procedía de la miseria y del hambre de la gran depresión, que hacía pocos años que había atenazado a su población, aunque los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo de una economía que bebía de la guerra, hubiesen hecho olvidar las penurias. Continua
