Fue un discurso contundente. En 1958 el legendario Edward R. Murrow recogía un premio de la Asociación de Directores de Informativos para Radio y Televisión, y se lo soltó a la cara... sin contemplaciones.
Allí reunidos estaban todos los jefazos y altos cargos de las principales cadenas de radio y telecomunicación y Murrow les lanzó este directo que, cómo siempre, esquivaron sin daño ni reflexión.