Para mi capitán, al que dicen Sup y lo es.
Descendiente de linajes arrieros por las dos vertientes --tales fueron mis antepasados--, nací con alma y razón trashumante. Impune, pues las cadenas de ADN me libran de responsabilidad al convertir esa raíz en larga serie de ancestros que, deambulándome la sangre, me habitan cada célula.
En fin, que las combinaciones del ácido desoxi-no-se-qué me imposibilitan ir directamente hacia meta alguna, obligándome a hacerlo con rodeos—de distinta duración y paradas temporales--, por lo que llego tarde a todas partes según mis congéneres y más pronto de lo deseable según yo.
La “ley”, que define a la línea recta como la distancia más corta entre un punto y otro, busca que corramos por pista acotada sin respiro ni tregua. Yo, como todo evasor, me pronuncio por la espiral y transito el caracol con los ojos puestos en el ayer para no equivocarme, no del todo al menos.
De no ser así, apenas nacido habría tomado la recta, sin abandonarla hasta alcanzar mis propios funerales, como si la vida no fuera el mayor de los regalos, conseguido... ¡entre 15 millones de posibilidades! Eso aseguran los científicos.
Aquellos óvulo-espermatozoide que juntaron sus partes arrieras en la oscuridad húmeda del inicio, se hicieron casa de sí mismos—nautilus entre plumas que se desenvuelve serpiente--, hasta que les fue preciso amanecer. ¿Quién podría soportar la soledad completa más de 260 días, aunque sean dos fundidos en uno?
Nacer, salir de las aguas primordiales, es peligroso si el transformado olvida su condición de arriero-milagro, de mundo entre mundos del mismo universo y quiere estacionarse hasta el final en algún pasillo del Hotel Tierra en que irrumpió. No avistará, entonces, otros soles. Atinadamente dirigido por mentores, jefes y autoridades, ha de vivir obedeciendo lo que decidan otros por él. Así, aunque sin sobresaltos, se llega a velocidad sorprendente --!ay, cómo pasa el tiempo!--, al propio entierro, sin coronar la montaña, sin navegar el mar del inicio, ni transitar las sentinas del abismo, la flor de la noche o los arco iris que enlazan a las estrellas.
Sobre todo, uno completa su flor sin haber tropezado con los mil caminos que se extienden reptando por tierra y cielo, por mares y subsuelos, por la conciencia, el inconsciente, el tiempo... Van siempre hacia lo desconocido y resultan tan aterradores y deseables como la tierra prometida, el origen de la palabra, el proceso de los procesos o los cimientos de la Luna.
De entre todos, el del descenso inicial y final previsto—el del pasillo, el de la distancia más corta etc.--, parece único. Pero el verdadero arriero, como convendría a todo escapado de lo increado, lo ignora. Aguza los sentidos hasta intuir otro y tomarlo—o dejarse tomar por él--; elige alguno irregular, lleno de ramificaciones. Caminándolo va de sorpresa en prodigio, de dolor en júbilo, de descubrimiento en rabia y acción y maravilla.
No es tan difícil. Por ejemplo, alguien cree agarrar camino a casa de la Mulata de Córdoba, deslumbrado con su cuerpecito de guitarra fina, pensando estacionarse en un placentero rasgueo de cuerdas sin consecuencias. Pero la caja de resonancia, tañida o no, de la mestiza y compañía, lo lanza rumbo a un gramma, a madera, más allá de la paz, en busca de la mar, a las montañas... ¡Eso sí, con toda la carga que traía en el corazón acrecentada! A veces hasta con caballos de más que ayudan al ánimo, cuando parecen fallar las piernas y sigue estando lejos el siguiente mesón.
O buscando “no se qué...” toma un desvío que lo deja en el poblado de mamá Juanita. Lo reconoce porque otros arrieros hablaron de los “caperuzos” que viven ahí y quienes, en alguna estación lejana en el tiempo, les enseñaron cómo bajar pájaros a cerbatanazos. Se detiene, descarga y entonces se entera que la buena señora no está pero le heredó en vida una inmensa fortuna... ¡complicadísima de obtener! Y para que no tildarse a sí mismo de “sacón”, apechuga: pasa buenos años desenterrando tesoros que no parecían tesoros y memorias disfrazadas de mitos en cuevas, cajas y árboles, en cocinas de fogón encendido y susurros nocturnos, en escondrijos de monte y cursos de ríos que fueron.
Su constancia en premiada: obtiene extrañas y suculentas frutas de un corpulento árbol bailador, auténticos caballos linajudos, palabras tan antiguas como el final del tiempo cuando todavía no existía el tiempo y la seguridad de que, para arrieros como él, la muerte es sólo otra forma de estar vivo. Y aunque lo cargan de encargos a la hora de partir con su riqueza, hay quien lo encamine buen rato o lo acompañe todo el nuevo tramo, para que llegue sin novedad a donde doña Juana sigue asentando su memoria. En ese lugar lo único prohibido es el olvido y, ya para entonces, él nunca olvidará.
O no ocurrió nada así porque él se “rajó”. Salió aprisa del pueblo de mamá Juanita y perdió lo poco de valor que llevaba. Creyó regresar por donde había llegado, pero fue a parar a un sesentón motel otrora lujoso y ahora a punto de desplomarse. Allí consiguió bienvenida de salvador y un cargo ex profeso—acompañado de prebendas, títulos, ayudantes--, y una misión imposible: saquear el pueblo del que huyó y desaparecerlo del mapa, apuntalando así al destartalado motel.
Desgraciadamente, para él claro, no halló vereda de retorno ni cumplió la encomienda. A cada intento aparecieron montones de pueblos como el buscado y tácticas defensivas—que ni en sus más desaforados sueños pudo imaginar—ante las cuales sus estrategias de ataque servirán menos que un mosquetón para ganar la guerra, aunque causaran el desasosiego inherente a cualquier batalla.
Los defraudados, al caérseles encima el techo lo metieron al corralón de los gallos que no cantan la madrugada y, mal estacionado, cayó en la oscuridad de quienes no saben recorrer a galope el hermoso mundo sin usar espuelas para herirlo.
Porque una cosa sí: los caminos mudan su transcurso de un día para otro. Cambian de rumbo, de lugar de aparición, de sitio de llegada. Se desenvuelven en paisajes cambiantes. Cualquier simulador—que no verdadero arriero—creerá haber conquistado el Usumacinta mientras anda a orillas del Bravo; imaginarse vitoreado en la Lacandona cuando está en Washington adquiriendo malas amistades; decirse salvador del orden e inaugurar una nueva desolación.
No estoy hablando de mí. Nunca usé banda de seda terciada en el pecho. Como cualquiera, anduve por un ramal de noviciado que sin parecer despejado cruzaba un bosque de oraciones, sahumerios, horas santas y sesiones de meditación. Llevaba directamente al paraíso, se decía. Debí desconfiar de tal facilidad. A quienes no se desviaron por alguna vereda les dio por apedrearse con “digo que pienso B, creo firmemente B, nunca dejaré B, pero hago cualquier letra menos esa y más seguido la F... para el que se deje”. Con una fuerte descalabradura y dando un salto mortal agarré un camino en contra, que apareció con sus muchos ramales en tiempos de La Ilustración.
¡Horror! Acabé con los sesos metidos en la nueva penitenciaría que el gabinete de Díaz inventó, con ayuda de un tal Lombroso y un pobre zoólogo de apellido Buffon al que le hicieron decir lo que no había dicho. Luego de medirme frente, occipitales, maxilares y resto de mi humanidad, me declararon “especimen degenerado de la especie humana, a causa de la humedad de América” con claras muestras de posible criminalidad.
Di con mis huesos tras las rejas donde imperaba la prohibición de hablar, los trabajos forzados, silencio, soledad, hambre, frío y periódicas visitas a los especialistas que jamás vieron en mí apuntes de regeneración. Esta razón les llevó a condenarme a muerte para...estudiar mi cráneo, huesos largos y tatuajes.
No quiera usted saber cómo escapé: no lo hice solo. Algunos libros cuentan el comienzo de esa fuga masiva que todavía no termina o ha recomenzado.
En la corretiza y cuando paró el fuego graneado y los balazos encontré el el atajo hacia el enorme y arruinado mesón de mi abuela, convertido ahora en gigantesca vecindad.
El Mesón de la Libertad tuvo buenos tiempos. Aquel en que florecía el intercambio y las gentes llevaban bienes de un lado a otro para trocarlos por lo que no producían, ayudándose con el mecapal. Navegaban los caminos-ríos, los caminos-costas, los caminos-tierra adentro trayendo de muy al sur resinas aromáticas, pájaros, plumas, piedra fina y encargos de semillas, de palabras, de historia. Fue erigido tras una triunfante rebelión contra el yugo de los que decían ser primogénitos de los dioses y, por ello, con derecho a ser alimentados, bien cobijados y servidos por los segundones. Nuestros sabios llaman al triunfo de esa rebelión “decadencia de la cultura”.
El mesón se arruinó al regresar los hijos de los dioses pero permaneció en pié y muchos de los hijos y nietos de antiguos huéspedes han hallado descanso en él. Ellos iban y venían por calzadas reales donde carrozas y carros tirados por bueyes perdían ruedas o se les partían los ejes. Arreando sus monturas, por eso ahora se llaman arrieros, transportaban bienes verdaderos—mensajes rezagados, bandos, recados y noticias--, de pueblo a pueblo, de padres a hijos, de resistencia a esperanza.
A través de montes, valles, sierras, los que salían del Caribe arribaban al Pacífico. Tropezándose con pastores nómadas, iban de cima en cima recorriendo las madres sierras. Los había que seguían caprichos fluviales de los ríos del sur y los que andaban costas o rutas centrales de los cuatro puntos cardinales. Se caminaban la noche y el día, el rojo primer amanecer y el negro del Poniente, el blanco de la creación y el amarillo de toda resurrección. Su mejor papel ha sido el de portadores de noticias. Mi propia abuela, entre el fogón, el humo del poom y la cura de espanto, hacía y hace de oficina de correos: reparte esperanzas, sustos y memorias entre los arrieros, cuando les entrega el bastimento, desteje silencios o inventa mundos.
Pero en verdad, el nombre de su mesón no había vuelto a florecer desde que aparecieron hospitales de santos de toda índole, portales de mercaderes y alojamientos de Cortés, virreyes, doñas y dones. Cuando a éstos se les consideró vejestorios, aparecieron las “quintas” destinadas a los pudientes y paraderos para los más. Luego hubo posadas al acecho junto a las relucientes vías cortas del ferrocarril y el Mesón de La Libertad por poco y se muere porque los arrieros se hicieron cada vez menos y más pobres y con recuas desalentadas. Había regresado la esclavitud y en las costas del Caribe se embarcaba otra vez mercancía humana o se la llevaba a las grandes haciendas.
Mi abuela se dejó caer en el coraje. Pidió otra vez caballos a los Chac, a los Tlaloc, y los repartió al viento, disfrazados de calaveras catrinas, de flores, de magones. Fue cuando la gran huída de la penitenciaría, esa que después de un respiro todavía no acaba.
Durante ese descanso en la esperanza, los arrieros se hicieron llamar agentes viajeros, moviéndose en la veloz y pitadora serpiente de fierro. Ya no salían en grupos de pistola al cinto—por si los bandoleros--, ni acompañados de mujeres que inventaban lumbre acogedora en descampado. Cargando petacas llenas de “muestras”, bloques de papel y encargos, trepaban a los vagones al son del silbato del tren.
Cuando los globos se trasmutaron en aviones y alguien inventó el teléfono, la radio y esa televisión que Camarena llenó de colores, los agentes viajeros languidecían de pena, de hambre de cartas, de desamor y el mesón de mi abuela se convirtió en esa enorme vecindad cuyos habitantes siguen esperando la tierra prometida de la siembra, la medicina para curarse de miserias, la dignidad.
Por eso, y aunque ya no nos llamemos así, otra vez estamos aumentando los arrieros. Esa mi abuela nos convenció de agarrar el trabajo. No soporta más su mesón en ruinas y a todos anda pidiendo que le echen una mano. Ya arregló la cocina, donde se yerguen altos braseros, asientos para el descanso y hogares de tres piedras bien apoyados en la tierra. Pero ha dicho que quiere hornillas de gas, de salud, de alegría y respeto, también nacidos de la gran olla la Tierra, laboratorios de convivencia, manteles de tolerancia y muchas cosas más. Se las merece—dice—nomás por estar viva con tantísimo año encima.
-No voy a desaprovechar ningún invento—me confió--, pero lo primero ha de ser la lumbre en la noche, luego la lluvia y, con el sol recién nacido, el maíz y todos aquellos para quienes fue creado... y los que quieran compartir, haciendo su carne con él.
Yo había descargado junto al nuevo fogón y ella se fijó en mi caballo. Le confesé que no sabía desde cuando andábamos juntos.
-Pues es uno de los que solté en los años 50, desde un lugar con olor a madera y... desde otros lados también. Que gusto que traigas uno o más bien, que él te traiga a ti.
Preparó para mí un itacate de palabras y, con él, me regaló una cruz enhuipilada y una piedra tallada por los siglos y por el hombre: son “La Cruz”
-En otros días te hubiera dado una caja con tres piedras vivas, ahora están juntas en una. Dile que te platique. Es un pedazo de mi y, un día, también tú estarás en ella como todos los arrieros. Por eso, aunque no llegues al pueblo de doña Juana, llegarás; aunque te vayas, te quedas; aunque no talles la piedra con tus manos me estarás ayudando, porque noche y día van juntos y tu y yo también.
Desde entonces, que no es tan entonces sino apenas ayer, sigo por los caminos, como los arrieros de antes y como los andadores de más antes, llevo cartas y recados y memorias: en verdad, vivo. Hay muchos caminos que no me va a dar tiempo de caminar, por eso he cambiado mi andar y también reparto cartas y recados por teléfono, fax y hasta internet.
“La cruz” la traigo guardada atrás de la tetilla izquierda. Cuando platicamos voy conociendo muchos soles pero a veces me le quejo, pues aunque me haya quedado al irme todavía no acaba de amanecer y sigo sin aprender el difícil arte de la paciencia.
de Agueda Ruíz
a 6 de Octubre 01
Descendiente de linajes arrieros por las dos vertientes --tales fueron mis antepasados--, nací con alma y razón trashumante. Impune, pues las cadenas de ADN me libran de responsabilidad al convertir esa raíz en larga serie de ancestros que, deambulándome la sangre, me habitan cada célula.
En fin, que las combinaciones del ácido desoxi-no-se-qué me imposibilitan ir directamente hacia meta alguna, obligándome a hacerlo con rodeos—de distinta duración y paradas temporales--, por lo que llego tarde a todas partes según mis congéneres y más pronto de lo deseable según yo.
La “ley”, que define a la línea recta como la distancia más corta entre un punto y otro, busca que corramos por pista acotada sin respiro ni tregua. Yo, como todo evasor, me pronuncio por la espiral y transito el caracol con los ojos puestos en el ayer para no equivocarme, no del todo al menos.
De no ser así, apenas nacido habría tomado la recta, sin abandonarla hasta alcanzar mis propios funerales, como si la vida no fuera el mayor de los regalos, conseguido... ¡entre 15 millones de posibilidades! Eso aseguran los científicos.
Aquellos óvulo-espermatozoide que juntaron sus partes arrieras en la oscuridad húmeda del inicio, se hicieron casa de sí mismos—nautilus entre plumas que se desenvuelve serpiente--, hasta que les fue preciso amanecer. ¿Quién podría soportar la soledad completa más de 260 días, aunque sean dos fundidos en uno?
Nacer, salir de las aguas primordiales, es peligroso si el transformado olvida su condición de arriero-milagro, de mundo entre mundos del mismo universo y quiere estacionarse hasta el final en algún pasillo del Hotel Tierra en que irrumpió. No avistará, entonces, otros soles. Atinadamente dirigido por mentores, jefes y autoridades, ha de vivir obedeciendo lo que decidan otros por él. Así, aunque sin sobresaltos, se llega a velocidad sorprendente --!ay, cómo pasa el tiempo!--, al propio entierro, sin coronar la montaña, sin navegar el mar del inicio, ni transitar las sentinas del abismo, la flor de la noche o los arco iris que enlazan a las estrellas.
Sobre todo, uno completa su flor sin haber tropezado con los mil caminos que se extienden reptando por tierra y cielo, por mares y subsuelos, por la conciencia, el inconsciente, el tiempo... Van siempre hacia lo desconocido y resultan tan aterradores y deseables como la tierra prometida, el origen de la palabra, el proceso de los procesos o los cimientos de la Luna.
De entre todos, el del descenso inicial y final previsto—el del pasillo, el de la distancia más corta etc.--, parece único. Pero el verdadero arriero, como convendría a todo escapado de lo increado, lo ignora. Aguza los sentidos hasta intuir otro y tomarlo—o dejarse tomar por él--; elige alguno irregular, lleno de ramificaciones. Caminándolo va de sorpresa en prodigio, de dolor en júbilo, de descubrimiento en rabia y acción y maravilla.
No es tan difícil. Por ejemplo, alguien cree agarrar camino a casa de la Mulata de Córdoba, deslumbrado con su cuerpecito de guitarra fina, pensando estacionarse en un placentero rasgueo de cuerdas sin consecuencias. Pero la caja de resonancia, tañida o no, de la mestiza y compañía, lo lanza rumbo a un gramma, a madera, más allá de la paz, en busca de la mar, a las montañas... ¡Eso sí, con toda la carga que traía en el corazón acrecentada! A veces hasta con caballos de más que ayudan al ánimo, cuando parecen fallar las piernas y sigue estando lejos el siguiente mesón.
O buscando “no se qué...” toma un desvío que lo deja en el poblado de mamá Juanita. Lo reconoce porque otros arrieros hablaron de los “caperuzos” que viven ahí y quienes, en alguna estación lejana en el tiempo, les enseñaron cómo bajar pájaros a cerbatanazos. Se detiene, descarga y entonces se entera que la buena señora no está pero le heredó en vida una inmensa fortuna... ¡complicadísima de obtener! Y para que no tildarse a sí mismo de “sacón”, apechuga: pasa buenos años desenterrando tesoros que no parecían tesoros y memorias disfrazadas de mitos en cuevas, cajas y árboles, en cocinas de fogón encendido y susurros nocturnos, en escondrijos de monte y cursos de ríos que fueron.
Su constancia en premiada: obtiene extrañas y suculentas frutas de un corpulento árbol bailador, auténticos caballos linajudos, palabras tan antiguas como el final del tiempo cuando todavía no existía el tiempo y la seguridad de que, para arrieros como él, la muerte es sólo otra forma de estar vivo. Y aunque lo cargan de encargos a la hora de partir con su riqueza, hay quien lo encamine buen rato o lo acompañe todo el nuevo tramo, para que llegue sin novedad a donde doña Juana sigue asentando su memoria. En ese lugar lo único prohibido es el olvido y, ya para entonces, él nunca olvidará.
O no ocurrió nada así porque él se “rajó”. Salió aprisa del pueblo de mamá Juanita y perdió lo poco de valor que llevaba. Creyó regresar por donde había llegado, pero fue a parar a un sesentón motel otrora lujoso y ahora a punto de desplomarse. Allí consiguió bienvenida de salvador y un cargo ex profeso—acompañado de prebendas, títulos, ayudantes--, y una misión imposible: saquear el pueblo del que huyó y desaparecerlo del mapa, apuntalando así al destartalado motel.
Desgraciadamente, para él claro, no halló vereda de retorno ni cumplió la encomienda. A cada intento aparecieron montones de pueblos como el buscado y tácticas defensivas—que ni en sus más desaforados sueños pudo imaginar—ante las cuales sus estrategias de ataque servirán menos que un mosquetón para ganar la guerra, aunque causaran el desasosiego inherente a cualquier batalla.
Los defraudados, al caérseles encima el techo lo metieron al corralón de los gallos que no cantan la madrugada y, mal estacionado, cayó en la oscuridad de quienes no saben recorrer a galope el hermoso mundo sin usar espuelas para herirlo.
Porque una cosa sí: los caminos mudan su transcurso de un día para otro. Cambian de rumbo, de lugar de aparición, de sitio de llegada. Se desenvuelven en paisajes cambiantes. Cualquier simulador—que no verdadero arriero—creerá haber conquistado el Usumacinta mientras anda a orillas del Bravo; imaginarse vitoreado en la Lacandona cuando está en Washington adquiriendo malas amistades; decirse salvador del orden e inaugurar una nueva desolación.
No estoy hablando de mí. Nunca usé banda de seda terciada en el pecho. Como cualquiera, anduve por un ramal de noviciado que sin parecer despejado cruzaba un bosque de oraciones, sahumerios, horas santas y sesiones de meditación. Llevaba directamente al paraíso, se decía. Debí desconfiar de tal facilidad. A quienes no se desviaron por alguna vereda les dio por apedrearse con “digo que pienso B, creo firmemente B, nunca dejaré B, pero hago cualquier letra menos esa y más seguido la F... para el que se deje”. Con una fuerte descalabradura y dando un salto mortal agarré un camino en contra, que apareció con sus muchos ramales en tiempos de La Ilustración.
¡Horror! Acabé con los sesos metidos en la nueva penitenciaría que el gabinete de Díaz inventó, con ayuda de un tal Lombroso y un pobre zoólogo de apellido Buffon al que le hicieron decir lo que no había dicho. Luego de medirme frente, occipitales, maxilares y resto de mi humanidad, me declararon “especimen degenerado de la especie humana, a causa de la humedad de América” con claras muestras de posible criminalidad.
Di con mis huesos tras las rejas donde imperaba la prohibición de hablar, los trabajos forzados, silencio, soledad, hambre, frío y periódicas visitas a los especialistas que jamás vieron en mí apuntes de regeneración. Esta razón les llevó a condenarme a muerte para...estudiar mi cráneo, huesos largos y tatuajes.
No quiera usted saber cómo escapé: no lo hice solo. Algunos libros cuentan el comienzo de esa fuga masiva que todavía no termina o ha recomenzado.
En la corretiza y cuando paró el fuego graneado y los balazos encontré el el atajo hacia el enorme y arruinado mesón de mi abuela, convertido ahora en gigantesca vecindad.
El Mesón de la Libertad tuvo buenos tiempos. Aquel en que florecía el intercambio y las gentes llevaban bienes de un lado a otro para trocarlos por lo que no producían, ayudándose con el mecapal. Navegaban los caminos-ríos, los caminos-costas, los caminos-tierra adentro trayendo de muy al sur resinas aromáticas, pájaros, plumas, piedra fina y encargos de semillas, de palabras, de historia. Fue erigido tras una triunfante rebelión contra el yugo de los que decían ser primogénitos de los dioses y, por ello, con derecho a ser alimentados, bien cobijados y servidos por los segundones. Nuestros sabios llaman al triunfo de esa rebelión “decadencia de la cultura”.
El mesón se arruinó al regresar los hijos de los dioses pero permaneció en pié y muchos de los hijos y nietos de antiguos huéspedes han hallado descanso en él. Ellos iban y venían por calzadas reales donde carrozas y carros tirados por bueyes perdían ruedas o se les partían los ejes. Arreando sus monturas, por eso ahora se llaman arrieros, transportaban bienes verdaderos—mensajes rezagados, bandos, recados y noticias--, de pueblo a pueblo, de padres a hijos, de resistencia a esperanza.
A través de montes, valles, sierras, los que salían del Caribe arribaban al Pacífico. Tropezándose con pastores nómadas, iban de cima en cima recorriendo las madres sierras. Los había que seguían caprichos fluviales de los ríos del sur y los que andaban costas o rutas centrales de los cuatro puntos cardinales. Se caminaban la noche y el día, el rojo primer amanecer y el negro del Poniente, el blanco de la creación y el amarillo de toda resurrección. Su mejor papel ha sido el de portadores de noticias. Mi propia abuela, entre el fogón, el humo del poom y la cura de espanto, hacía y hace de oficina de correos: reparte esperanzas, sustos y memorias entre los arrieros, cuando les entrega el bastimento, desteje silencios o inventa mundos.
Pero en verdad, el nombre de su mesón no había vuelto a florecer desde que aparecieron hospitales de santos de toda índole, portales de mercaderes y alojamientos de Cortés, virreyes, doñas y dones. Cuando a éstos se les consideró vejestorios, aparecieron las “quintas” destinadas a los pudientes y paraderos para los más. Luego hubo posadas al acecho junto a las relucientes vías cortas del ferrocarril y el Mesón de La Libertad por poco y se muere porque los arrieros se hicieron cada vez menos y más pobres y con recuas desalentadas. Había regresado la esclavitud y en las costas del Caribe se embarcaba otra vez mercancía humana o se la llevaba a las grandes haciendas.
Mi abuela se dejó caer en el coraje. Pidió otra vez caballos a los Chac, a los Tlaloc, y los repartió al viento, disfrazados de calaveras catrinas, de flores, de magones. Fue cuando la gran huída de la penitenciaría, esa que después de un respiro todavía no acaba.
Durante ese descanso en la esperanza, los arrieros se hicieron llamar agentes viajeros, moviéndose en la veloz y pitadora serpiente de fierro. Ya no salían en grupos de pistola al cinto—por si los bandoleros--, ni acompañados de mujeres que inventaban lumbre acogedora en descampado. Cargando petacas llenas de “muestras”, bloques de papel y encargos, trepaban a los vagones al son del silbato del tren.
Cuando los globos se trasmutaron en aviones y alguien inventó el teléfono, la radio y esa televisión que Camarena llenó de colores, los agentes viajeros languidecían de pena, de hambre de cartas, de desamor y el mesón de mi abuela se convirtió en esa enorme vecindad cuyos habitantes siguen esperando la tierra prometida de la siembra, la medicina para curarse de miserias, la dignidad.
Por eso, y aunque ya no nos llamemos así, otra vez estamos aumentando los arrieros. Esa mi abuela nos convenció de agarrar el trabajo. No soporta más su mesón en ruinas y a todos anda pidiendo que le echen una mano. Ya arregló la cocina, donde se yerguen altos braseros, asientos para el descanso y hogares de tres piedras bien apoyados en la tierra. Pero ha dicho que quiere hornillas de gas, de salud, de alegría y respeto, también nacidos de la gran olla la Tierra, laboratorios de convivencia, manteles de tolerancia y muchas cosas más. Se las merece—dice—nomás por estar viva con tantísimo año encima.
-No voy a desaprovechar ningún invento—me confió--, pero lo primero ha de ser la lumbre en la noche, luego la lluvia y, con el sol recién nacido, el maíz y todos aquellos para quienes fue creado... y los que quieran compartir, haciendo su carne con él.
Yo había descargado junto al nuevo fogón y ella se fijó en mi caballo. Le confesé que no sabía desde cuando andábamos juntos.
-Pues es uno de los que solté en los años 50, desde un lugar con olor a madera y... desde otros lados también. Que gusto que traigas uno o más bien, que él te traiga a ti.
Preparó para mí un itacate de palabras y, con él, me regaló una cruz enhuipilada y una piedra tallada por los siglos y por el hombre: son “La Cruz”
-En otros días te hubiera dado una caja con tres piedras vivas, ahora están juntas en una. Dile que te platique. Es un pedazo de mi y, un día, también tú estarás en ella como todos los arrieros. Por eso, aunque no llegues al pueblo de doña Juana, llegarás; aunque te vayas, te quedas; aunque no talles la piedra con tus manos me estarás ayudando, porque noche y día van juntos y tu y yo también.
Desde entonces, que no es tan entonces sino apenas ayer, sigo por los caminos, como los arrieros de antes y como los andadores de más antes, llevo cartas y recados y memorias: en verdad, vivo. Hay muchos caminos que no me va a dar tiempo de caminar, por eso he cambiado mi andar y también reparto cartas y recados por teléfono, fax y hasta internet.
“La cruz” la traigo guardada atrás de la tetilla izquierda. Cuando platicamos voy conociendo muchos soles pero a veces me le quejo, pues aunque me haya quedado al irme todavía no acaba de amanecer y sigo sin aprender el difícil arte de la paciencia.
de Agueda Ruíz
a 6 de Octubre 01